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La decisión de Donald Trump de invitar a Delcy Rodríguez a Washington implica mucho más que una foto bilateral: es la señal más clara de que la Casa Blanca ha optado por gestionar directamente la transición venezolana que ella encabeza.
El hecho de que la visita aún no tiene fecha —“nada ha sido agendado”, insiste Washington— muestra que se trata de una invitación con valor político inmediato, incluso sin agenda cerrada.
De sancionada a interlocutora clave
Rodríguez pasó de ser una figura sancionada a convertirse en interlocutora central de la principal potencia que ayudó a derribar a Nicolás Maduro.
Esta mutación revela un patrón recurrente en la política exterior estadounidense: primero castigo y aislamiento, luego reapertura selectiva hacia aquellos actores que garantizan gobernabilidad y cumplimiento de condiciones estratégicas, en este caso acceso al sector petrolero y compromiso con cierta “estabilización” interna.
El petróleo como columna vertebral
El discurso de Trump sobre Venezuela está atravesado por un eje económico muy claro: el petróleo.
Los acuerdos que ya permiten a Estados Unidos comercializar crudo venezolano y gestionar ingresos por cientos de millones de dólares, antes de transferirlos a Caracas, evidencian una arquitectura de control financiero que convierte la cooperación energética en instrumento de tutela política.
Inclusión de la oposición: equilibrio o cooptación
En paralelo al respaldo de Rodríguez, Trump habla abiertamente de “involucrar” a María Corina Machado, líder de la oposición y premio Nobel de la Paz, en el futuro esquema de poder.
Esa apertura retórica hacia Machado funciona como contrapeso simbólico al protagonismo de Rodríguez: envía un mensaje de pluralismo a la audiencia internacional, pero también mantiene a la oposición bajo una relación de dependencia respecto a los tiempos y condiciones fijadas desde Washington.
Lectura regional: mensaje al resto de América Latina
La eventual llegada de Rodríguez a la capital estadounidense, primera visita de un jefe de Estado venezolano en décadas fuera del marco de la ONU, también es leída en clave regional.
El mensaje es doble: Estados Unidos está dispuesto a dialogar incluso con figuras antes estigmatizadas, siempre que se alineen con sus prioridades estratégicas, y utilizará la combinación de presión militar previa, sanciones selectivas y apertura económica como modelo exportable a otros escenarios latinoamericanos en disputa.
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