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Washington aprieta el cerco energético sobre La Habana

Trump juega su última carta para hacer caer al régimen comunista de Díaz-Canel

La nueva amenaza de aranceles a países que abastezcan de petróleo a Cuba podría hundir definitivamente a un sistema ya contra las cuerdas, y abrir la puerta al colapso del castrismo más profundo.

Paul Monzón 01 Feb 2026 - 03:43 CET
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Pocas veces en las últimas décadas el gobierno cubano se había encontrado tan cerca del borde del abismo. Con una economía exhausta, un pueblo sometido a apagones de veinte horas y un aparato estatal que hace tiempo dejó de funcionar con eficacia, la ofensiva de Donald Trump parece tener un objetivo claro: empujar a Cuba hacia el punto de quietud del que quizás ya no pueda regresar.

Cuando el presidente estadounidense firmó la orden ejecutiva que amenaza con imponer aranceles a los países que aún se atreven a enviar petróleo a la isla, no solo reafirmó su vieja política de “máxima presión”. También envió un mensaje inequívoco: Cuba podría ser la próxima ficha en caer tras la intervención en Venezuela.

El petróleo, ese elemento vital para mantener en pie el sistema eléctrico, el transporte y los hospitales, se ha convertido en un arma geopolítica. Desde hace meses, la isla depende casi exclusivamente del suministro mexicano —unos 12.000 barriles diarios—, un hilo delgado que Trump ahora busca cortar. Si México cede ante la amenaza, el apagón que ya asfixia a millones podría hacerse total.

Sin combustible, el país no solo se paralizaría; también se enfrentaría a una crisis humanitaria sin precedentes

El escenario no podría ser más sombrío. Los expertos calculan que las reservas de crudo apenas alcanzan para 15 o 20 días más. Sin combustible, el país no solo se paralizaría; también se enfrentaría a una crisis humanitaria sin precedentes. Escuelas sin luz, hospitales sin refrigeración, transporte detenido y calles donde la desesperación podría estallar con fuerza.

En este contexto, la retórica encendida de Díaz-Canel —acusando a Trump de “fascista” y “genocida”— suena más a una defensa desesperada que a un discurso de resistencia. Lo cierto es que el enemigo exterior ya no necesita invadir ni bombardear: basta con cerrar las válvulas del petróleo.

Desde su primer mandato, Trump ha mostrado una fijación casi personal con el destino del régimen cubano. Revocó las medidas de apertura de la era Obama, reimpuso sanciones y frenó el flujo de remesas y turistas. Pero esta vez va más allá: vincula la situación energética cubana con la seguridad nacional de Estados Unidos.

Bajo ese pretexto, busca llegar a todos los socios que reinan del gobierno de La Habana, entre ellos Rusia, China, Irán… y ahora México. La jugada es arriesgada, pero para la Casa Blanca tiene un efecto colateral deseado: asfixiar económicamente a la isla hasta el límite de lo soportable.

En el fondo, no se trata solo de una guerra comercial. Es una estrategia de desgaste, una apuesta a que el propio pueblo cubano se rebele ante un Estado que ya no puede garantizar ni luz, ni pan, ni esperanza. Si la presión energética se mantiene, el sistema podría desmoronarse más pronto que tarde.

La historia podría repetirse con ironía: así como la caída de la Unión Soviética dejó a Cuba sin oxígeno en los años 90, hoy la ofensiva de Washington amenaza con provocar el “segundo Período Especial” —uno quizás definitivo.

Detrás de los gestos diplomáticos y las declaraciones morales se asoma un hecho incuestionable: la supervivencia del castrismo pende del combustible extranjero. Y si Trump logra cortar el último tubo de petróleo que llega a la isla, Cuba podría entrar en su noche más larga.
La pregunta, entonces, ya no es si la presión estadounidense tiene efectos, sino cuánto tiempo más podrá resistir un régimen agotado frente a un enemigo que parece decidido a ver su último suspiro.

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