La declaración de Donald Trump ha resonado en las cancillerías y barrios de La Habana durante días: “Cuba caerá… es la guinda del pastel”. Este mensaje trasciende la mera retórica. Washington ha situado a Cuba en el núcleo de una estrategia de máxima presión que mezcla asfixia energética, amenazas políticas y un discurso que revive el espectro de una intervención.
Mientras tanto, los gobiernos vecinos ajustan discretamente sus protocolos de emergencia y preparan escenarios de evacuación ante un posible deterioro acelerado de la situación en la isla. La población cubana enfrenta apagones, largas colas y una incertidumbre que evoca los peores momentos del Período Especial.
Del expediente Venezuela al expediente Cuba
Este cambio no surge en un vacío. Después de la operación militar que resultó en la captura de Nicolás Maduro en enero, junto con el apoyo manifiesto de Washington sobre el petróleo venezolano, la Casa Blanca ha puesto su atención sobre La Habana. Trump vincula sin ambages el futuro de Cuba al de Caracas: cortar el suministro venezolano es forzar el agotamiento del modelo cubano.
En las últimas semanas, la Casa Blanca ha tomado varias medidas:
- Ha declarado que la situación en Cuba representa “una amenaza inusual y extraordinaria” para la seguridad nacional estadounidense.
- Ha firmado una orden ejecutiva que permite imponer aranceles a cualquier país que envíe petróleo a la isla.
- Ha incrementado las sanciones financieras y comerciales, limitando las posibilidades para créditos y compras a terceros países.
La lógica es sencilla pero contundente: sin combustible externo, la economía cubana se apaga. Según datos mencionados por el Financial Times, si se interrumpen los envíos clave desde México, la isla podría tener reservas de crudo suficientes para apenas 15 a 20 días al ritmo actual de consumo. En un sistema ya tensionado, ese margen podría llevar a un colapso inminente.
La asfixia energética y el día a día en la isla
La presión es palpable en las calles. Apagones que superan las 20 horas en algunas regiones, colas interminables para conseguir combustible y alimentos, junto con un sistema eléctrico al borde del colapso, configuran el nuevo paisaje cubano.
Un estudio mencionado por economistas cubanos presenta un panorama preocupante:
- Una reducción del 30 % en la disponibilidad de combustible podría acarrear:
- Un descenso del 27 % del PIB.
- Un incremento del 60 % en los precios de los alimentos.
- Un aumento del 75 % en los costes del transporte.
- Una caída del 30 % en el consumo familiar.
Con Venezuela bajo control estadounidense y México sometido a intensa presión durante este año revisado del T-MEC, las alternativas para La Habana se van cerrando. Cada barco que llega a la isla se convierte en un gesto político cargado de consecuencias.
Desde el Gobierno cubano, tanto Miguel Díaz-Canel como el canciller Bruno Rodríguez describen esto como un “brutal acto de agresión” y hablan de una “camarilla fascista y criminal” en Washington. A pesar de ello, insisten en estar dispuestos al diálogo. Sin embargo, esas afirmaciones contrastan con una realidad económica que se vuelve más crítica cada día.
Trump, la caída “muy pronto” y el uso de la justicia internacional
La novedad reciente no radica solo en las sanciones, sino también en el tono del discurso. Trump ha reiterado que el Gobierno cubano “caerá muy pronto” y que Cuba está “desesperada” por llegar a un acuerdo. En entrevistas telefónicas con medios estadounidenses, ha presentado esta caída como parte esencial de su legado político exterior.
En este marco, Washington evalúa distintas estrategias para:
- Ampliar sanciones personales contra líderes cubanos.
- Coordinar órdenes de captura por violaciones a derechos humanos, lavado de dinero y apoyo a organizaciones catalogadas como terroristas.
- Explorar caminos legales para procesar a altos funcionarios del Partido Comunista ante tribunales estadounidenses o aliados, utilizando precedentes extraterritoriales aplicados contra funcionarios venezolanos e iraníes.
Aunque no hay anuncios formales sobre mandatos de arresto contra líderes cubanos, el lenguaje relacionado con “llevarlos ante la justicia” y lo sucedido recientemente en Venezuela marcan claramente la dirección tomada. La línea entre presión judicial y deseo por un cambio de régimen se vuelve difusa.
El fantasma de la intervención y los planes de evacuación
Al endurecer su discurso, Trump también evoca recuerdos históricos del Caribe como escenario para operaciones militares: desde Bahía de Cochinos hasta Granada o Panamá. A pesar de que el secretario de Estado Marco Rubio niega públicamente cualquier intención por parte de Washington para forzar un cambio gubernamental, la combinación entre sanciones severas, amenazas e historia reciente alimenta las percepciones sobre una posible intervención militar.
Frente a esta eventualidad, varios países vecinos han comenzado a revisar sus planes:
- Estados caribeños y centroamericanos reactivan estrategias para:
- Acoger rápidamente refugiados por mar.
- Reforzar guardacostas ante posibles aumentos repentinos en salidas desde Cuba.
- Coordinar con agencias de la ONU para brindar asistencia humanitaria urgente.
- Estados con grandes comunidades cubanas ajustan sus protocolos consulares y planes evacuación para residentes y turistas ante cualquier escalada o colapso súbito.
En La Habana, ante la posibilidad real del deterioro rápido, se prepara una respuesta más discreta:
- Familias organizan reservas estratégicas de agua, alimento y medicinas.
- Los vecinos establecen puntos seguros y rutas alternativas frente a cortes imprevistos.
- Aquellos con familiares fuera reactivan redes para enviar remesas y apoyo logístico.
La mezcla entre escasez crónica, presión externa constante y rumores sobre “movimientos inminentes” crea un ambiente tenso. La frontera entre una crisis económica profunda y una emergencia social potencial puede desdibujarse fácilmente.
¿Hacia qué desenlace?
Trump espera que esta combinación letal entre sanciones petroleras, aislamiento financiero y miedo ante una posible intervención lleve a La Habana a negociar desde su debilidad. En este escenario ideado por él mismo, sería Marco Rubio quien asumiría un papel central para rediseñar tanto lo político como lo económico. Así plantean ofrecer alivios graduales a cambio de reformas significativas.
Por su parte, el Gobierno cubano intenta ganar tiempo: apela a solidaridad internacional mientras busca nuevos proveedores. Combina discursos sobre resistencia con guiños hacia el diálogo. Sin embargo, su margen se estrecha cada vez más: si no llega energía suficiente y los ciudadanos sienten que su futuro se desmorona, la presión podría provenir no solo desde Washington sino también desde las calles cubanas.
Entre estos dos extremos, los países vecinos preparan sus propios planes alternativos. Porque en un Caribe donde resurgen términos como “caída”, “emergencia nacional” o “guindas del pastel”, nadie quiere verse sorprendido cuando llegue ese próximo movimiento.
Más en PD América
CONTRIBUYE CON PERIODISTA DIGITAL
QUEREMOS SEGUIR SIENDO UN MEDIO DE COMUNICACIÓN LIBRE
Buscamos personas comprometidas que nos apoyen
CONTRIBUYE
Home