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Después de más de veintisiete años de resistencia, de sacrificios acumulados, de cárceles injustas, persecuciones, exilios forzados y familias separadas por la violencia política, los venezolanos tenemos derecho a hacernos una pregunta íntima y sincera: ¿valió la pena luchar tanto tiempo? No quiero responder con consignas ni con frases grandilocuentes. Prefiero hacerlo mirando serenamente lo que está ocurriendo ante nuestros ojos y dejando que los hechos hablen por sí mismos. Me refiero a certezas, no a suposiciones que se reducen a efímeras especulaciones.
Hace no mucho tiempo parecía imposible imaginar que quienes concentraban todo el poder del Estado terminarían enfrentando la justicia. No faltaba el que se refería con desplantes a los mensajes de María Corina Machado atreviéndose a calificarlos de “potes de humo”, o sea banalizando el esfuerzo adelantado de manera conjunta con Edmundo Gonzalez Urrutia. Sin embargo, hoy vemos a Nicolás Maduro y a Cilia Flores pasando de los palacios del poder a la condición de reclusos. Quien se creyó dueño del país durante años ha terminado reducido a la realidad que tantas veces impuso a otros. Ese hecho, por sí solo, marca un giro histórico que muchos venezolanos soñaron durante décadas. Lo recoge con cifras determinantes la más reciente encuesta de Mercanalisis, en la que los ciudadanos abrumadoramente avalan la captura del dictador.
Al mismo tiempo, cientos de presos políticos han comenzado a recuperar su libertad. Más de seiscientos compatriotas, según datos aportados por el Foro Penal, han salido de las celdas donde el autoritarismo los confinó por pensar distinto. Cada liberación no es solo un número: es una familia que vuelve a abrazarse, es una voz que regresa al debate público, es un liderazgo que se reincorpora a la tarea de reconstruir la nación. Desde luego que la lucha por la libertad de todos sigue incólume, faltan los militares, los policías y los hermanos Guevara.
Entre esos liberados hay figuras que nunca dejaron de representar esperanza. Hombres y mujeres que, pese al encierro, mantuvieron intacta su convicción democrática y que ahora regresan al escenario nacional con la fuerza moral de quienes resistieron lo peor del abuso. Por ejemplo, celebre junto a Mitzy, con inmensa emoción, el retorno de Henry Alviarez a su natal Barquisimeto.
También hemos visto algo que hace poco parecía inimaginable: la aprobación de una ley de amnistía. Nadie pretende ocultar que es una farsa y por lo tanto insuficiente y que aún quedan heridas abiertas. Pero conviene recordar que hace apenas unos meses ni siquiera se hablaba de esa posibilidad. La sola existencia de ese instrumento refleja que el muro de la impunidad comienza a mostrar grietas. Incluso dentro de la estructura del poder se perciben movimientos que revelan un sistema agotado. Cambios que antes parecían imposibles empiezan a producirse en instituciones que durante años funcionaron como engranajes del aparato represivo. El desmontaje de esa estructura criminal no se ha producido en los términos que deseamos los venezolanos, pero es evidente que se van desmoronando piezas como ese enclave perverso que operaba desde la desprestigiada Fiscalía General de la República.
A esto se suma un entorno internacional distinto al que vivimos durante tanto tiempo. Altos representantes del gobierno de Estados Unidos han estado en Venezuela, y se ha restablecido presencia diplomática en Caracas. Desde distintas tribunas se habla abiertamente de la necesidad de que el proceso venezolano desemboque en elecciones libres. El senador Marco Rubio lo ha dicho con claridad en varias ocasiones: el destino de Venezuela debe resolverse en las urnas. Ese mensaje desmonta la narrativa según la cual el mundo democrático no estaría interesado en que los venezolanos decidamos nuestro futuro mediante el voto.
Mientras tanto, quienes durante años se presentaron como desafiantes frente a la comunidad internacional ahora se mueven con cautela, corrigiendo declaraciones, borrando comunicados y ajustando su discurso a una realidad que ya no controlan como antes. La arrogancia de otros tiempos ha dado paso a una evidente incomodidad.
Incluso en el terreno de la comunicación pública se perciben cambios sutiles pero significativos. Algunos medios que durante años evitaron dar espacio a voces críticas empiezan nuevamente a abrir micrófonos a dirigentes de la oposición. Puede parecer un gesto pequeño, pero en un país donde la censura fue convertida en política de Estado, tiene un valor simbólico importante. Llegará el día en que desaparezcan leyes oprobiosas como esa “Ley del Odio” o la guillotina de los medios de comunicación conocida como “Ley Resorte”.
Frente a todo esto, cada venezolano puede hacerse su propia pregunta: ¿estamos exactamente en el mismo lugar que hace unos meses? ¿O estamos viendo cómo se acumulan señales de cambio que hace poco parecían impensables? Yo tengo mi propia respuesta.
Nada de lo que está ocurriendo nació de la nada. Es el resultado de una resistencia persistente que comenzó hace más de dos décadas. Estudiantes que desafiaron el miedo en las calles, trabajadores que defendieron sus derechos, periodistas que siguieron informando pese a la censura, dirigentes que soportaron persecuciones y cárceles, y millones de venezolanos que dentro y fuera del país se negaron a aceptar la resignación. Cada protesta, cada voto, cada denuncia internacional, cada sacrificio personal fue construyendo el camino que hoy empezamos a recorrer.
Todavía falta mucho por hacer. Nadie sensato puede caer en triunfalismos prematuros. La transición exige prudencia, firmeza y una enorme responsabilidad histórica. Pero tampoco debemos ignorar lo evidente: el sistema que parecía indestructible hoy enfrenta su momento más frágil. Bien lo han resumido constantemente en sus prédicas María Corina y Edmundo Gonzalez: “La lucha de los venezolanos no fue inútil. Los sacrificios no fueron en vano”. Después de tantos años de oscuridad, lo que estamos viendo no es un milagro repentino. Es el fruto de una perseverancia colectiva que nunca se rindió.
Y por eso, cuando observo todo lo que está ocurriendo, no puedo evitar pensar que quizá —solo quizá— estamos presenciando el momento que tantas generaciones esperaron. El momento en que Venezuela comienza, por fin, a llegar al final de su larga noche.
Antonioledezma.net Premio Sajarov (Parlamento Europeo), Premio Defensa DDHH (Congreso de los EEUU), Premio Human Rights and Democracy, Ginebra., Premio Cortes de Cádiz. Premio Foro España Cívica.
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