NOS TOMAN POR IMBÉCILES

“Europa ya no canta”

Luis XIII… y medio

“Europa ya no canta”

Europa, a menos; la traición, a más;

ni Europea, ni Unión, ni buena gente,

es hoy un moribundo Continente.

Sigue “avanzando”, sí. ¡Pero hacia atrás!

 

Aquello empezó muy bien: en el año 1957, un Tratado firmado en Roma, creaba la Comunidad Económica Europea, en la que se integraron seis países para colaborar estrechamente: Alemania Occidental, Francia, Italia, Bélgica, Países Bajos y Luxemburgo. Con políticos y Gobiernos, entonces honrados y competentes, pronto se demostró que esa colaboración beneficiaba cada vez más a todos los socios.

Fue creciendo, también en número hasta los veintisiete  países que actualmente componen la que  pasó a llamarse Unión Europea.

Demos un salto en el tiempo; exactamente hasta la actualidad. Hoy, ese armatoste es todo un engendro, dominado por una burocracia, corrupta hasta la médula, que está destrozando, sistemáticamente, a todas y cada una de las naciones del Grupo. Al servicio de no se sabe muy bien qué extraños intereses; pero que son el enemigo, de eso no nos cabe la menor duda.

Para entender este lamentable salto hacia atrás, voy a recurrir a una contundente metáfora: el Festival de la Canción de Eurovisión.

En 1956, un año antes de firmarse el Tratado de Roma, se celebró la primera edición. España no participó hasta la sexta, 1961, en la que Conchita Bautista defendió la canción “Estando contigo” que logró un no muy destacado lugar: noveno entre los trece participantes.

Todas estos Festivales, desde el primero hasta el de este mismo año, pueden encontrarse en Internet. Comparar los de la primera época con los actuales nos da una idea muy clara de cómo ha evolucionado ese certamen musical; más bien debería decir cómo ha ido degenerando. No puede ser casualidad: exactamente al mismo ritmo que, desde un nivel más que aceptable y prometedor,  hasta la actual impresentable y progresiva chapuza en la que se ha ido hundiendo paralelamente la  Unión Europea.

Vayamos por partes: durante los primeros años, animosos artistas interpretaban canciones, cada uno de ellos representando a su país. Actualmente no sé si llamarlos artistas será blasfemia, pero, desde luego, aceptar que lo que en los últimos tiempos se perpetra allí son canciones, no sólo sería un grave atentado contra la música; también contra el Diccionario y, si me apuran, hasta contra el Código penal.

La realización, entonces, era impecable: se nos ofrecían, correctamente alternados, planos de los presentadores, de la Orquesta, del público y, por supuesto, de los intérpretes. Siempre con el criterio que debe presidir este tipo de trabajos: sacar siempre al aire el plano que contenga más información.

Actualmente, para empezar, la cámara no permanece quieta un solo instante. Los responsables de tamaño desmán tal pareciera que no hubieran visto una película de las de verdad. ¡Qué poco se mueve la cámara en aquellas obras maestras! ¡Si la gracia está, precisamente, en que el público se olvide de que allí hay una cámara! Para mayor despropósito dudo que uno solo de los planos que nos ofrecían durase más de medio segundo. Lamentable.

Al principio, cada país votaba a través de un jurado. Demasiado heterogéneo para mi gusto, pues lo formaban, en general, personajes populares; aunque, eso sí, siempre contaban también con un músico profesional que, es de suponer, terminaría imponiendo su muy superior criterio. También es cierto que había alguna que otra trampa; por ejemplo, nosotros, indefectiblemente, otorgábamos algún punto a la canción de Portugal y nuestros vecinos, en justa correspondencia, también nos tenían en cuenta.

Hoy, el voto de los jurados apenas cuenta. ¡Decide el público! Cuando estaba toda Europa afectada por el ataque ruso a Ucrania… ¿adivinan cual fue la canción ganadora? ¡Exacto! La gente se volcó en masa a favor de aquel pobre país. Ya me contarán la relación que puede haber entre la calidad de una canción y la indudable simpatía que pueda ofrecernos una nación que está sufriendo injustamente.

Lo del público también se las trae: en los buenos tiempos, las butacas del salón en el que se celebraba el acto, estaban ocupadas por señoras vestidas de señoras y caballeros, de caballeros. En respetuoso y educado silencio escuchaban las diversas canciones y, al finalizar cada una de ellas, como corresponde, gratificaban a los intérpretes con un amable aplauso.

Hoy, casi todos, si no todos los espectadores, son jóvenes; con vestimentas estrafalarias las más de las veces, no dejan de saltar y dar gritos; tal parece que lo que menos les interesara fuera la canción que en cada momento se estuviera interpretando. En su descargo debo decir que no me extraña lo más mínimo.

Por último, hagamos con la imaginación, un sencillo experimento. Supongamos que en una de las primeras ediciones, preferiblemente de las muchas que no se celebraron en España,  un audaz reportero, micrófono en ristre, preguntara a cada uno de los espectadores quién fue Cervantes. Como mínimo demostrarían conocerle, con toda seguridad, más del ochenta por ciento de los asistentes. Y, probablemente, me quede muy corto.

Repitamos hoy la misma encuesta. Saldría, más o menos, un porcentaje del cero coma algo… si es que hubiera algo que añadir tras la coma.

No cabe dudarlo: la gente es, estadísticamente, igual de inteligente ahora que hace cincuenta años.

La pregunta, la terrible pregunta no es cómo ha podido degenerar el buen gusto hasta convertirse en algo que no hay por dónde cogerlo.

No, lo peor de todo, la pregunta más descorazonadora es “¿Quién, cómo y para qué, ha manipulado perversamente a una considerable parte de nuestra juventud, hasta llevarla al ínfimo nivel que el Festival de la Canción de Eurovisión nos muestra años tras año… y cada año pero aún? Ínfimo nivel en descenso que comparte con el de la impresentable Unión Europea.

Estoy seguro de que todos ustedes han lamentado hasta la nausea este nauseabundo y claro paralelismo.

 

Luis XIII… y medio

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