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El espectáculo dantesco de la tarde de este viernes 23 de enero fue solo uno más. El ministro Óscar Puente no va a dimitir ni a tiros, como buen socialista de este Gobierno de mangantes.
Nos fijamos en la columna de Carlos Dávila en esta misma jornada con una inquietante reflexión sobre los límites de la generosidad política: El PP no puede ser bondadoso con Adamuz.
Y es que aborda la misma línea que Alfonso Rojo, director de Periodista Digital, días atrás: «Hay que politizar el dolor y mandar a la cárcel a Sánchez, Puente y estos canallas».
El analista de The Objective explora este dilema que va más allá de la simple gestión de una crisis: se trata de la tensión entre la responsabilidad institucional como oposición y la tentación de actuar con benevolencia estratégica cuando los desastres azotan el país. Ahora, esto último, no toca.
El accidente ferroviario ocurrido en Adamuz, en Córdoba, ha servido como un espejo que refleja las profundas fracturas del sistema político español. Mientras las familias afectadas aún trataban de sobrellevar el dolor, los políticos se enredaron en una lucha por atribuir culpas que, lejos de solucionar algo, intensificó la sensación de abandono institucional. Dávila argumenta que, en este contexto, la postura del Partido Popular de construir puentes y buscar acuerdos no solo es ingenua, sino que podría resultar perjudicial para su propia credibilidad.
El párrafo más concreto de Dávila llega al final de su columna:
“La derecha española, una vez que, como es menester, tenga bien llorados a los muertos de Adamuz, debe, llegados a este momento terrible, despedazar políticamente a quienes, de una forma u otra, han sido culpables de este enorme drama español. Ellos se van a revolver lanzando basura sobre los demás; pues bien: que, como un bumerán, tanto desperdicio se vuelva, por una vez, contra ellos. El PP no tiene por qué ser bueno ni bondadoso, tampoco en esta ocasión. Para eso ya tenemos al Padre Ángel”.
Y es que durante varios párrafos el columnista construye su argumento alrededor de su idea central: «El PP no puede ser bondadoso con Adamuz… y devolver el bien por mal». Esta afirmación resume la paradoja a la que se enfrenta Alberto Núñez Feijóo y su partido. La gestión del Gobierno en relación a las infraestructuras ferroviarias ha sido objeto de numerosas críticas. Los datos sobre el estado actual de la red, los retrasos en mantenimiento y las deficiencias en seguridad son evidentes y están documentados. Sin embargo, el PP ha elegido una estrategia que busca la colaboración institucional que, aunque moralmente correcta en teoría, puede interpretarse como una falta de exigencia para que se asuman responsabilidades claras.
Dávila enfatiza que «la crisis ferroviaria sigue cobrando víctimas» y señala que el modelo vigente, liderado por Renfe, ha sido calificado como «deficiente, inseguro e impredecible». Estas no son meras opiniones políticas; son diagnósticos provenientes de análisis técnicos y testimonios expertas. El columnista se pregunta si esta búsqueda incesante de consenso no termina por diluir las responsabilidades políticas en un entorno donde nadie parece dispuesto a asumir las consecuencias de sus decisiones.
La tensión se intensifica al considerar el escenario electoral. Feijóo enfrenta un delicado equilibrio: debe demostrar su capacidad para gobernar sin tener todavía el poder, mantener cohesionada a su formación mientras lidia con presiones internas y navegar entre las expectativas de sus votantes, quienes demandan cuestionamientos al Gobierno y el impulso hacia una magnanimidad institucional. «El papel del Partido Popular no puede ser el del pagafantas político de los compromisos internacionales de Sánchez», apunta el análisis, sugiriendo que la benevolencia tiene sus límites cuando está en juego la credibilidad como alternativa política.
Lo que Dávila plantea es, al final, una cuestión sobre la esencia misma de la oposición en democracia. ¿Debería el PP comportarse como un partido responsable que busca soluciones compartidas o actuar como un vigilante severo ante la gestión gubernamental? La respuesta no es sencilla; sin embargo, el columnista insinúa que en situaciones como las vividas en Adamuz, donde hay vidas perdidas y responsabilidades evidentes, la benevolencia puede transformarse en complicidad silenciosa. La generosidad tiene su lugar en el ámbito político, pero no cuando se convierte en un pretexto para evadir la exigencia de rendición de cuentas. En democracia, una oposición que no cuestiona es aquella que ha renunciado a su función esencial.
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