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No tiene la mejor concepción de él.
Y es normal porque Antonio Caño dejó de ser director de ‘El País‘ después de que Pedro Sánchez volviese a ser secretario general del PSOE.
El periodista, en artículo escrito en ‘The Objective‘ este 17 de junio de 2024, reflexiona sobre las intenciones del presidente del Gobierno socialcomunista de intentar redifinir la democracia.
Comienza preguntándose el propio Caño sobre si estamos viviendo en una democracia plena:
La situación política en España obliga a plantearse si vivimos todavía en una democracia plena, como la que heredamos de la Transición, o estamos en riesgo de perderla o transformarla en un producto diferente, en una democracia deficiente.
Estamos asistiendo, tal vez, a un proceso insólito de evolución de un sistema político hacia otro muy diferente dentro del mismo marco constitucional. Ignoro cómo se denomina eso. No me atrevo a dar la razón a quienes avizoran un próximo régimen autoritario. Pero es preocupante la constante degradación democrática y podemos estar ante el riesgo de poner fin a la democracia a secas que hemos disfrutado hasta ahora para retornar a una democracia con apellido.
Recuerda que son los socios del Ejecutivo sanchista los que llevan tiempo con la matraca del déficit democrático:
Muchos de los socios del Gobierno llevan ya tiempo diciendo que la nuestra no era una democracia verdadera y que se necesitaba añadirle algo para que lo fuese, hacerla más social, para interponerse en el desarrollo de la economía capitalista, o convertirla en una democracia de los pueblos de España, para que atienda a la voluntad independentista de algunas minorías.
Ya puestos, apunta Caño, sugiere ponerle un apelativo a la democracia deseada por Pedro Sánchez:
Pero, puestos a ponerle apellido a nuestra democracia, el más justo sería el de democracia sanchista, puesto que nada de lo que está ocurriendo responde, en realidad, al ímpetu transformador de unas fuerzas políticas o unas ideas -por mucho que fuesen equivocadas-, sino a la necesidad de un sólo hombre. No es tan grave el estrés que soportan nuestras instituciones y la división que sufre la sociedad como la razón por la que eso ocurre. Al fin y al cabo, los países atraviesan de forma natural por tensiones políticas y desavenencias que, en última instancia, pueden llegar a ser constructivas. Nuestra democracia ya es mayor de edad y sería lógico el surgimiento de movimientos para mejorarla o hacerla evolucionar.
Pero, desgraciadamente, no es ese el caso. Nos hemos metido en este embrollo sólo porque Pedro Sánchez necesitaba meternos en él para conservar el poder. Así de cruel es la realidad. No es de extrañar, por tanto, el temor de muchos a que acabe poniéndole apellido a la democracia. El suyo, faltaría más.
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