Brutal artículo de Arcadi Espada en ‘El Mundo‘.
El periodista aprovechó la presentación en el Congreso de los Diputados del plan de ‘regeneración democrática’ para poner a Pedro Sánchez de vuelta y media.
El columnista del diario de Unidad Editorial alucina con el hecho de que el inquilino de La Moncloa, un mentiroso impenitente, ahora se haya atrevido a presentar un proyecto para combatir las mismas:
La característica diferencial de Sánchez es que ha presentado un plan contra las mentiras, imprudencia ontológica que a ningún presidente se le habría ocurrido. Solo hay una razón posible, y es que ninguno de ellos mintió con la obstinación y profesionalidad con que Sánchez miente.
Espada lanza un reto a su propio periódico, que disponga un contador de los embustes del líder socialista:
Su contador de mentiras es puramente trumpiano y no entiendo cómo este diario –al modo del Post– no lo ha puesto en marcha. Por si se decide, debería haber una breve introducción sobre su conducta respecto a la verdad, a partir de dos ejemplos fundamentales.
El que también fuera uno de los impulsores de Ciudadanos explica la evolución y el cambio de criterio sanchista respecto a la intentona golpista en Cataluña y cómo había que tratar a sus máximos responsables:
El primero abarca el Proceso independentista. Sánchez es el hombre que dijo 1) que no indultaría a políticos, 2) que los indultó, 3) que no habría amnistía, 4) que los amnistió, 5) el que aseguró que los hechos de 2017 eran ejemplo de rebelión y sedición y 6) el que dejó el Código Penal inerme ante cualquier intento de sedición venidero. En efecto: cambió de opinión; pero no porque cambiaran sus convicciones, sino, justamente, por no tenerlas.
Como segundo botón de muestra, Espada recuerda el bochornoso episodio de la famosa carta a la ciudadanía y su retiro por cinco días para sopesar si dejaría el cargo de presidente del Gobierno:
El segundo ejemplo es su carta a la ciudadanía, en la que dijo que iba a meditar sobre la conveniencia de seguir en La Moncloa. Con la indescriptible ayuda del periodismo femenino –lo que ya es puro pleonasmo–, puso a España en un grotesco trance sentimental. Pocos días después, en una entrevista en TVE, y por su misma boca, los ciudadanos supieron que el presidente nunca tuvo la intención de dejar el cargo y que su retiro claustral había sido una meticulosa farsa. Aún más que el mentiroso, en este episodio deslumbró el agente de la posverdad.
A modo de conclusión, el autor cree que la mejor lección que se le podría dar a Sánchez es la de colocar al revés todas sus declaraciones, pero al mismo está convencido de que el dirigente socialcomunista ni siquiera notaría la diferencia por su afición a mentir sin inmutarse:
La verdad para el mentiroso es lo mismo que la ley para el gángster: un cierto respeto y un ansia turbadora por violarla. Para Sánchez solo es una indiferencia. He pensado muchas veces en la mejor lección que darle, y que sería poner del revés en el periódico todas y cada una de sus declaraciones. Pero quia: ni lo notaría.