El auge de Elon Musk como hombre fuerte de Donald Trump en el Gobierno de los Estados Unidos tiene a la progresía española desatada.
Ahora todo es anunciar que se marchan de la red social X, conocida antes como Twitter, porque denuncian esos exponentes de la más rancia izquierda que no existe libertad en ese espacio.
Manuel Llamas, director de ‘La Trinchera’ (esRadio), propinó un repaso colosal a todos esos progres de salón en un editorial bárbaro:
Vosotros sois muy jóvenes y no os acordaréis, pero hubo un tiempo, no hace mucho, donde los progres del planeta estaban felices con las redes sociales, chapoteando como niños en Twitter, en Facebook, en Instagram. Felices porque, entonces, estas redes, en manos de grandes tecnológicas norteamericanas, se habían plegado a la presión de los gobiernos y el wokismo imperante para censurar sin compasión todas las opiniones que se desviaran del discurso políticamente correcto. Los críticos eran perseguidos y sancionados, hasta el punto de que Twitter le llegó a cerrar la cuenta a Donald Trump, siendo presidente de Estados Unidos, mientras dictadores y terroristas campaban a sus anchas en la web con total impunidad, pese a soltar todo tipo de barbaridades.
Señaló las tácticas de la izquierda para silenciar a los críticos en las redes sociales:
Una vez más, no es el qué, sino el quién, y el objetivo de la izquierda dominante, a uno y otro lado del charco, consistía en silenciar a la derecha. Punto. Sin embargo, todo esto cambió cuando el dueño de Tesla, Elon Musk, compró Twitter en 2022, hace apenas tres años, por una cifra astronómica, unos 44.000 millones de dólares. Y no, no lo hizo para ganar dinero, lo hizo a sabiendas de que iba a perder un pastizal, al menos inicialmente.
El peligro no es Elon Musk, el peligro es Pedro Sánchezpic.twitter.com/7O8p4DbfY3
— manuel llamas (@manuel_llamas) January 26, 2025
Subrayó cuál fue la motivación del dueño de Tesla para adquirir Twitter:
Musk compró Twitter porque veía que la libertad de expresión estaba seriamente amenazada bajo la dirección de una panda de pijiprogres, millonarios, pero también comunistoides, que habían abrazado con entusiasmo la cultura de la cancelación. Y sabiendo, como sabía, que las redes sociales son y serán los grandes medios de comunicación, Musk se rascó el bolsillo hasta el fondo para tratar de salvar la libertad de expresión en Occidente, uno de los derechos sagrados de todo individuo y de toda democracia. La cuestión es que funcionó.
Y destacó el hecho de que sus medidas a favor la libertad de expresión empiezan a ser tenidas en cuenta en otras redes sociales:
Musk despidió a toda la cúpula directiva llena de rojos, junto al 80% de la plantilla, e implantó un sistema de verificación consistente en que los propios usuarios de esta red social, hoy conocida como X, se encargasen de corregir informaciones falsas o engañosas mediante notas de la comunidad, sin necesidad de que ningún comisario político decidiera qué se puede publicar o qué no. El éxito ha sido de tal calibre que hace pocas semanas Mark Zuckerberg, el dueño de Meta, anunció que sustituiría el actual sistema de censores que existe en Facebook e Instagram por uno similar al que ha puesto en marcha Elon Musk. Se acabó la censura política en las redes.