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En La Retaguardia de este miércoles 3 de septiembre, Eurico Campano analiza con Víctor Sánchez del Real y Pedro Lasuén la penúltima cesión del Gobierno de Pedro Sánchez a los delincuentes golpistas: que el presidente de la Generalidad de Cataluña se reúna con el fugado de la justicia Carles Puigdemont. Además, el escenario de la reunión parecía pensado para una tragicomedia política: Puigdemont, sonriente y desafiante, recibía en la delegación catalana de Bruselas a Salvador Illa, el flamante presidente socialista que había cruzado media Europa para, según se comenta en los pasillos de la política, “salvar la legislatura de Sánchez” y, de paso, regalar al líder de Junts la instantánea que tanto ansiaba. A día de hoy, 3 de septiembre de 2025, la imagen de ambos dándose la mano bajo la incipiente lluvia belga ha recorrido España con velocidad de meme.
No era una cita cualquiera. Era el primer cara a cara entre ambos desde que Illa tomó las riendas de la Generalidad, y llegaba tras el aval del Tribunal Constitucional a la ley de amnistía, aunque la aplicación efectiva sobre el golpista fugado sigue en suspense. La atmósfera, sin banderas ni declaraciones conjuntas, transmitía todo menos normalidad institucional: Puigdemont, aún “huido” y convertido en símbolo de la resistencia independentista, no perdió la ocasión de recordar que esta reunión debería haberse celebrado “hace meses y en Barcelona, no en Bruselas”, una manera elegante de subrayar que la política española gira, por ahora, a su alrededor.
El mensaje de fondo: de Waterloo a Moncloa pasando por Illa
Más allá de la cortesía, la cita tenía un trasfondo evidente. El PSOE necesita los votos de Junts para aprobar los Presupuestos y mantener a flote la legislatura de Pedro Sánchez. Y el delincuente Puigdemont, que ya no se conforma con rodilleras ajenas, exige pruebas reales de sumisión antes de prestar su apoyo. La reunión, planificada con precisión suiza, era la forma de dejar claro quién manda en el tablero catalán y, por extensión, quién tiene la llave de la gobernabilidad en Madrid.
El equipo de Illa intentó enmarcar el encuentro como un gesto de diálogo y normalización, insistiendo en que era parte de una ronda con los expresidentes regionales catalanes. Sin embargo, ni Junts ni el propio Puigdemont ocultaron su desdén. El líder independentista agradeció la “amabilidad y la conversación”, pero remató con un dardo: “Hoy volvió a quedar claro que no vivimos en situación de normalidad”. Mientras tanto, desde Junts se criticaba la “obediencia” de Illa y se advertía que la reunión llegaba tarde y mal.
Las consecuencias: oxígeno para Junts, presión para Sánchez
La reunión no ha resuelto nada, pero ha dejado patente lo mucho que hay en juego:
- Puigdemont sale reforzado en su papel de árbitro de la política española, capaz de sentar al presidente catalán en Waterloo y marcar la agenda a Moncloa.
- Illa cumple el encargo incómodo de Sánchez, exhibiendo voluntad de diálogo pero arriesgando su imagen ante un independentismo que sigue considerando “títere” al PSC.
- Sánchez ve cómo su margen de maniobra se estrecha: la legislatura depende de las exigencias de Junts y del humor de un Puigdemont que no parece dispuesto a regalar nada gratis.
Como era de esperar ante este esperpento, el Partido Popular no ha perdido la ocasión para cargar contra el Gobierno, tachando la escena de “sumisión” y recordando que Sánchez ha pasado de prometer la detención de Puigdemont a enviarle un “telonero” para su rehabilitación política.
Curiosidades y datos de una jornada para el recuerdo
- La reunión duró hora y media, y ambos protagonistas evitaron comparecer juntos ante la prensa. Sólo se permitió el acceso a los fotógrafos para inmortalizar el apretón de manos, en una sala blanca y aséptica, sin símbolos oficiales.
- Illa asistió después a la inauguración de una exposición sobre el milenario del monasterio de Montserrat en el Parlamento Europeo, como si nada hubiese pasado, aunque todos sabían que la verdadera noticia estaba en la cita previa.
- Puigdemont sigue esperando que el Tribunal Supremo aplique la amnistía, mientras permanece fugado en Waterloo y convoca a la cúpula de Junts para analizar la jugada.
- La expectación mediática fue tal que, a la llegada del prófugo, una espontánea le dedicó algún improperio, demostrando que mucha gente recuerda aún quien es el personaje.
- Y, en un giro irónico, ambos partidos insisten en que la política catalana busca la “normalización”, aunque lo único normal en estos días es que cada paso se negocia a golpe de ultimátum y fotografía calculada.
En definitiva, la partida sigue abierta y, por ahora, el tablero lo sigue moviendo desde Bruselas un expresident al que ni Illa ni Sánchez han conseguido todavía ponerle las rodilleras… al menos, no del todo.
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