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Cataluña y Moncloa, enredados en el pulso independentista

Puigdemont impone su guión a Illa y pone a prueba la paciencia de Sánchez

El encuentro entre el fugitivo Puigdemont y el presidente de la Generalidad catalana en Bruselas escenifica el chantaje permanente de un delincuente al Gobierno de Pedro Sánchez

Periodista Digital 03 Sep 2025 - 09:55 CET
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En La Retaguardia de este miércoles 3 de septiembre, Eurico Campano analiza con Víctor Sánchez del Real y Pedro Lasuén la penúltima cesión del Gobierno de Pedro Sánchez a los delincuentes golpistas: que el presidente de la Generalidad de Cataluña se reúna con el fugado de la justicia Carles Puigdemont. Además, el escenario de la reunión parecía pensado para una tragicomedia política: Puigdemont, sonriente y desafiante, recibía en la delegación catalana de Bruselas a Salvador Illa, el flamante presidente socialista que había cruzado media Europa para, según se comenta en los pasillos de la política, “salvar la legislatura de Sánchez” y, de paso, regalar al líder de Junts la instantánea que tanto ansiaba. A día de hoy, 3 de septiembre de 2025, la imagen de ambos dándose la mano bajo la incipiente lluvia belga ha recorrido España con velocidad de meme.

No era una cita cualquiera. Era el primer cara a cara entre ambos desde que Illa tomó las riendas de la Generalidad, y llegaba tras el aval del Tribunal Constitucional a la ley de amnistía, aunque la aplicación efectiva sobre el golpista fugado sigue en suspense. La atmósfera, sin banderas ni declaraciones conjuntas, transmitía todo menos normalidad institucional: Puigdemont, aún “huido” y convertido en símbolo de la resistencia independentista, no perdió la ocasión de recordar que esta reunión debería haberse celebrado “hace meses y en Barcelona, no en Bruselas”, una manera elegante de subrayar que la política española gira, por ahora, a su alrededor.

El mensaje de fondo: de Waterloo a Moncloa pasando por Illa

Más allá de la cortesía, la cita tenía un trasfondo evidente. El PSOE necesita los votos de Junts para aprobar los Presupuestos y mantener a flote la legislatura de Pedro Sánchez. Y el delincuente Puigdemont, que ya no se conforma con rodilleras ajenas, exige pruebas reales de sumisión antes de prestar su apoyo. La reunión, planificada con precisión suiza, era la forma de dejar claro quién manda en el tablero catalán y, por extensión, quién tiene la llave de la gobernabilidad en Madrid.

El equipo de Illa intentó enmarcar el encuentro como un gesto de diálogo y normalización, insistiendo en que era parte de una ronda con los expresidentes regionales catalanes. Sin embargo, ni Junts ni el propio Puigdemont ocultaron su desdén. El líder independentista agradeció la “amabilidad y la conversación”, pero remató con un dardo: “Hoy volvió a quedar claro que no vivimos en situación de normalidad”. Mientras tanto, desde Junts se criticaba la “obediencia” de Illa y se advertía que la reunión llegaba tarde y mal.

Las consecuencias: oxígeno para Junts, presión para Sánchez

La reunión no ha resuelto nada, pero ha dejado patente lo mucho que hay en juego:

Como era de esperar ante este esperpento, el Partido Popular no ha perdido la ocasión para cargar contra el Gobierno, tachando la escena de “sumisión” y recordando que Sánchez ha pasado de prometer la detención de Puigdemont a enviarle un “telonero” para su rehabilitación política.

Curiosidades y datos de una jornada para el recuerdo

En definitiva, la partida sigue abierta y, por ahora, el tablero lo sigue moviendo desde Bruselas un expresident al que ni Illa ni Sánchez han conseguido todavía ponerle las rodilleras… al menos, no del todo.

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