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El colapso de la frontera sur ha convertido a España en portada mundial como el eslabón débil de Schengen; pero la coincidencia del asalto con la Fiesta del Trono marroquí y el silencio de Rabat apuntan a algo más que un simple desborde migratorio.
Las impactantes imágenes de miles de personas cruzando hacia Ceuta han convertido esta frontera sur española en el centro de atención de los informativos de todo el mundo.
España proyecta al mundo la imagen de un país menor, incapaz de proteger sus fronteras, una lectura que comparten portadas internacionales que presentan a un socio europeo colapsado y políticamente dividido, tal como han reseñado El Mundo y otros medios del continente. Se está tejiendo, en definitiva, una narrativa que sitúa a la España de Pedro Sánchez como el punto débil del perímetro migratorio de la Unión Europea.
No es solo la crisis de Ceuta la que alimenta esa percepción. Hay un contexto previo que se le suma: regímenes de regularización masiva, un discurso sobre «fronteras flexibles», el aislamiento de España en el debate migratorio europeo y el desmantelamiento, apenas dos semanas antes, de la frontera de Gibraltar, mientras Ceuta se siente abandonada a su suerte.
Todos estos factores han convertido la política migratoria del Gobierno en el prisma a través del cual se mide hoy la fiabilidad de España como socio en materia de seguridad y control fronterizo.
El marido de Begoña, que alaba titubeante a Marruecos, ha anunciado que instalarán boyas en el espigón para crear una «barrera de contención» que servirá para cumplir con esa sentencia del Supremo según la cual no se puede devolver a aquellos que entren por mar.
Si todo era tan sencillo como colocar unas boyas, ¿por qué no se hizo antes?
Abascal: «Pedro Sánchez es un traidor a la nación» https://t.co/N9oXxGgwDY
— Alfonso Rojo López (@AlfonsoRojoPD) August 1, 2026
Lo que Mohamed VI no dice
Hay algo inconfesable que Mohamed VI sabe y maneja, porque resulta inexplicable que Sánchez siga ensalzando la cooperación con Marruecos cuando ese mismo país ha facilitado, con su pasividad —cuando no su aliento—, la invasión de una ciudad de 84.000 habitantes por 49.000 personas en situación ilegal en menos de 48 horas. El propio monarca alauí lo ha dejado bastante claro al hacer coincidir el grueso del asalto con la Fiesta del Trono, la celebración del 27.º aniversario de su coronación: mientras Mohamed VI presidía los actos oficiales en la prefectura de M’diq-Fnideq —la misma demarcación desde la que partieron miles de personas hacia el espigón del Tarajal— y la prensa marroquí dedicaba su portada íntegra al monarca, España veía cómo se desbordaba una de sus fronteras exteriores con la Unión Europea. La coincidencia no demuestra, por sí sola, una orden expresa desde Rabat, pero sí resulta, cuando menos, una demostración de fuerza: un ensayo de invasión en toda regla sobre una ciudad tan española como Logroño o Tarragona, bajo soberanía ibérica ininterrumpida desde 1415 —primero portuguesa, española desde 1668—, mucho antes de que el Marruecos independiente y unificado que hoy conocemos existiera como el Estado que hoy reclama Ceuta. El alarde marroquí, con técnicas propias de la llamada «guerra híbrida» —presión migratoria como arma de negociación diplomática—, burla además una frontera exterior de la UE que el Gobierno español ha protegido, a todas luces, de forma pésima.
Ceuta, el asalto que dispara todas las alertas
La llegada de decenas de miles de inmigrantes en situación ilegal en las últimas horas a Ceuta —las cifras oficiales hablan de cerca de 49.000 entradas en 48 horas, frente a los algo más de 84.000 habitantes registrados de la ciudad autónoma, el equivalente a casi el 60 % de su población— ha sido calificada por el propio Sánchez de «violación» y «ataque a la integridad territorial de España». En respuesta, el Gobierno ha movilizado vehículos blindados, ha reforzado la presencia policial y ha anunciado la colocación de boyas para establecer una «frontera física» en el mar del Tarajal que permita ejecutar expulsiones con cobertura legal.
Los medios internacionales que han seguido el asalto han destacado tres aspectos clave:
- La saturación de los dispositivos de control y la evidente falta de previsión.
- La interpretación política de la sentencia del Tribunal Supremo que impide las devoluciones en caliente ante llegadas a nado sin una frontera física definida.
- El efecto llamada asociado a las políticas de regularización y al discurso «abierto y humano» que promueve el propio Sánchez.
El resultado inmediato ha sido una crisis de reputación: no solo se cuestionan las capacidades de control fronterizo de España, sino que se pone en duda si el país actúa conforme a la estrategia común de la UE para limitar las llegadas irregulares, acelerar repatriaciones y desmantelar mafias.
Una política migratoria a contracorriente de Europa
Mientras varios gobiernos europeos, incluidos algunos de izquierda, endurecen sus criterios de acceso y cierran rutas irregulares, España parece ir en sentido contrario. El decreto de regularización extraordinaria aprobado este año prevé otorgar permisos de residencia y trabajo a entre medio millón y, según informes policiales, hasta 1,25 millones de personas en situación irregular. Bruselas ha expresado su inquietud ante el temor de que otros países refuercen sus controles internos en respuesta al «coladero» español.
- Regularización masiva frente a repatriación acelerada: la UE impulsa trámites más ágiles para devolver a los irregulares a terceros países, y España es el único socio que se opone abiertamente a algunas de esas medidas.
- Centros de deportación en países seguros, rechazados por España, que prefiere apostar por mecanismos de integración interna.
- Fronteras simbólicas frente a fronteras físicas: el discurso de Sánchez sobre Gibraltar —donde el 15 de julio celebró la caída de la Verja como el «cierre de una herida de tres siglos» y «el último muro de Europa continental»— contrasta con la urgencia repentina de blindar Ceuta y Melilla.
Esta posición singular alimenta la idea de que la España de Sánchez se ha convertido en una excepción dentro del consenso europeo, un país que asume riesgos propios con impacto directo sobre el conjunto del espacio Schengen.
El efecto llamada y los números que inquietan
Las estadísticas de los últimos años no respaldan la narrativa de control de fronteras. Los datos de Frontex revelan que el 79 % de todas las detecciones de cruces ilegales hacia España desde 2009 se concentran a partir de junio de 2018, justo cuando Sánchez asumió la presidencia del Gobierno. Se estima que entre 2018 y 2024 más de 330.000 personas entraron de forma irregular en el país, con 2024 marcando un año récord y un giro notable en las rutas migratorias, desplazadas desde el Mediterráneo central hacia España.
El propio Gobierno admite, en su Informe de Seguridad Nacional, que los flujos migratorios irregulares constituyen la tercera mayor amenaza para la seguridad nacional. Pese a ello, la estrategia se ha centrado en:
- Ayudas millonarias a países emisores: más de 164 millones de euros desde 2018.
- Traslados masivos desde Canarias hacia la península.
- Alojamiento en hoteles y una ausencia casi total de mecanismos efectivos de devolución.
A favor del Gobierno juega que las llegadas irregulares habrían disminuido notablemente en 2025 respecto a 2024, con proyecciones de cierre de entre 35.000 y 40.000 entradas —una caída del 40-45 %—. Pero ese descenso, por significativo que sea, llega después de un pico histórico y no logra deshacer la percepción de que el modelo actual ha convertido a España en el «eslabón más débil» de la frontera exterior de Europa: la crisis de Ceuta, con sus 49.000 entradas en dos días, lo ha demostrado con crudeza.
Cómo nos ve el mundo
La crisis de Ceuta ha desatado un interés mediático internacional que ya tenía la mirada puesta en España. Distintos análisis extranjeros han llegado a describir al país como uno de los peores gestores de fronteras de Europa, señalando fronteras laxas, una postura de aislamiento diplomático frente al resto de la UE y la tensión con aliados occidentales como factores que dañan la credibilidad exterior de Sánchez. En Francia, diversos análisis presentan al presidente español como un líder «solo contra todos» en materia migratoria dentro de la Unión.
- La regularización masiva por decreto, considerada una ruptura del consenso europeo y un experimento de alto riesgo.
- El rechazo español a aumentar las expulsiones y la negativa a establecer centros de deportación en terceros países.
- El desmantelamiento de la Verja de Gibraltar, interpretado por sus críticos como una señal de apuesta por fronteras más permeables, justo cuando otros puntos críticos del perímetro exterior seguían sin el refuerzo necesario.
La cobertura de la avalancha en Ceuta por parte de la BBC, France 24 o distintas cadenas latinoamericanas ha subrayado el contraste entre el relato de firmeza del Gobierno y la evidente sensación de desbordamiento operativo sobre el terreno. En Washington y Roma, según El Mundo, las imágenes de miles de personas cruzando a nado han reabierto el debate sobre el cierre de Schengen y sobre la responsabilidad compartida en el control de la frontera sur de Europa.
Consecuencias políticas internas: oposición en tromba y relato de responsabilidad
En España, la oposición ha encontrado en Ceuta un argumento contundente contra el modelo migratorio de Sánchez. Portadas y editoriales señalan al Gobierno como responsable de haber generado un «efecto llamada» mediante sus políticas de regularización, su negativa a endurecer las devoluciones y su discurso sobre fronteras abiertas. Se acusa al Ejecutivo de:
- Haber debilitado la capacidad disuasoria de la política migratoria.
- Haber ignorado las advertencias de la UE y los informes policiales sobre el aumento de entradas ilegales.
- Haber priorizado un relato humanitario frente a una lógica de seguridad y control.
La respuesta oficial, en cambio, reitera que España defiende un modelo «legal, seguro y ordenado, pero también abierto y humano». Sánchez habla de un ataque orquestado por mafias, agradece la colaboración de Marruecos —la misma cuyo silencio institucional durante el asalto sigue sin explicación convincente— y promete repatriaciones «lo antes posible». Ese choque de narrativas, efecto llamada frente a humanismo responsable, definirá sin duda la agenda política y mediática de las próximas semanas.
Curiosidades y paradojas de esta España en primera línea
- Mientras se desmantela una verja histórica en Gibraltar y se celebra la libre circulación como símbolo de reconciliación europea, se evalúa colocar boyas para definir una nueva frontera flotante en Ceuta.
- España invierte más que nunca en la lucha contra la inmigración ilegal en terceros países y, aun así, se enfrenta a cifras récord de entradas irregulares y se convierte en referente crítico de la prensa internacional.
- El mismo Gobierno que se siente solo en Bruselas al rechazar el endurecimiento de las expulsiones se ve obligado a hablar de «violación de la integridad territorial» en su propia frontera.
Es la fotografía de un país que en unos discursos defiende las fronteras como cicatrices de la historia que hay que borrar, y en otros se ve obligado a improvisar boyas para redefinirlas a toda prisa, mientras medio mundo observa y se pregunta, con Mohamed VI guardando un silencio que dice más que cualquier comunicado oficial, si la España de Sánchez es hoy un socio fiable o simplemente un experimento arriesgado en la frontera sur de Europa.
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