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Todo lo que huele a Pedro Sánchez acaba mal.
La vicepresidenta primera del Gobierno, ministra de Hacienda y fiel escudera de Pedro Sánchez, María Jesús Montero, inicia su particular vía crucis electoral en Andalucía. Con las elecciones autonómicas a la vuelta de la esquina –previsiblemente en junio–, la candidata del PSOE arranca su campaña envuelta en el hedor inconfundible del sanchismo más rancio: amnistías, pactos con separatistas, subidas de impuestos y una gestión económica que los andaluces pagan cada día en la cesta de la compra y en la nómina.
Lejos de ilusionar, la proclamación de Montero como cabeza de cartel socialista ha sido recibida con un clamoroso silencio en las bases andaluzas y con sonrisas irónicas en las filas del PP de Juanma Moreno Bonilla. El propio secretario general del PP, Miguel Tellado, no ha dudado en augurarle un destino funesto: «Está con las maletas ya en las puertas del ministerio rumbo al matadero electoral de Andalucía». Y no le falta razón.
Los últimos sondeos internos y externos pintan un panorama desolador para el PSOE: peores resultados incluso que los obtenidos por Juan Espadas en 2022, cuando el socialismo andaluz tocó fondo tras décadas de hegemonía.
Montero, que abandonará el Gobierno central en cuanto se convoquen los comicios –aunque conservará su escaño en el Congreso–, llega a esta contienda con la mochila cargada de lastres sanchistas. La presión fiscal asfixiante que impone desde Hacienda, las promesas incumplidas sobre el AVE andaluz –eternamente retrasado y ahora convertido en munición electoral–, y el aroma a corrupción que rodea al entorno más cercano de Sánchez no ayudan precisamente a reconectar con unos andaluces hartos de experimentos progresistas.
El PP andaluz no pierde ocasión de recordarle su pasado: la etapa en la que, como consejera de Hacienda en la Junta, participó de un modelo clientelar que dejó a Andalucía a la cola de España en empleo, educación y oportunidades. Ahora, convertida en la candidata oficial del sanchismo en su tierra, Montero pretende vendernos el regreso al «peor pasado de Andalucía», pero con el agravante de un Pedro Sánchez que antepone el sillón a cualquier atisbo de decencia política.
Mientras Juanma Moreno consolida una gestión moderada, reformista y alejada de radicalismos –con menos paro, más inversión y una sanidad que, pese a las críticas interesadas, funciona mejor que en la era socialista–, Montero llega rodeada de fieles sanchistas dispuestos a repetir en Andalucía la misma receta que ha hundido la credibilidad del PSOE a nivel nacional.
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