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XENOFOBIA, CENSURA, INTOLERANCIA, VIOLENCIA Y ODIO EN LA CATALUÑA INDEPENDENTISTA

Celebrar los Princesa de Gerona en Barcelona y en un ‘búnker’ es una vergonzosa claudicación

Periodista Digital 05 Nov 2019 - 08:22 CET
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Xavier Ros-Otón, el matemático que se puso lazo indepe para saludar a la Princesa Leonor, recibe premios españoles pero tributa en Suiza

Resulta del todo punto inconcebible que la ceremonia de entrega de los premios de la Fundación Princesa de Gerona no se haya celebrado en Gerona, sino en Barcelona, por la presión independentista y el sectarismo recalcitrante de un Consistorio en manos del separatismo golpista.

Es como si los premios Princesa de Asturias tuvieran que celebrarse fuera del Principado o, ya fuera de nuestras fronteras, que los Oscar no se celebraran en Hollywood. Delirante.

Si el Estado no es capaz de encontrar un espacio en Gerona donde celebrar con la solemnidad que merece un acto como ese, habrá que convenir que la normalidad institucional, de la que tanto habla y presume el ministro de Interior, Fernando Grande-Marlaska, es una entelequia o un sarcasmo.

La prueba de que la normalidad institucional  brilla por su ausencia es que Doña Leonor ha tenido que pronunciar su primer discurso como Princesa de Gerona fuera de la ciudad cuyo título ostenta en su condición de heredera de la Corona. Un dislate que es consecuencia de una errónea estrategia de apaciguamiento para no soliviantar los ánimos del independentismo, una claudicación que provoca sonrojo.

El matemático ‘indepe’ Xavier Ros Oton, recibiendo el galardón de los Princesa de Gerona, con un lacito amarillo en la solapa.

La fortaleza del Estado no puede doblegarse ante el chantaje y la extorsión permanente de los golpistas catalanes. España es una democracia y las democracias no se pliegan jamás ante la actitud totalitaria de los golpistas.

Lo vivido ayer en Barcelona –que no en Gerona– fue sencillamente bochornoso: los invitados fueron increpados y acosados a su entrada al acto, sometidos a un paseíllo infame por parte de centenares de independentistas que quemaron fotos del Rey en una actitud desafiante que refleja el talante antidemocrático de quienes presumen  de tolerancia –gente de paz, se dicen– y  solo destilan odio.

No puede hablarse de normalidad institucional cuando un Ayuntamiento como el de Gerona veta al jefe del Estado y le impone su traslado a otra ciudad.

¿Es que el Gobierno no es capaz garantizar la presencia del Rey de España en cualquier lugar de España?  Por lo visto, no. De vergüenza.

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