OPINIÓN

Manuel del Rosal: «Vivimos asentados en las falacias»

Manuel del Rosal: "Vivimos asentados en las falacias"

“Se afirma por quienes viven de ella y por quienes, estúpidamente  se dejan llevar de ella, que la democracia es la última esperanza de libertad. Se equivocan o lo dicen intencionadamente por intereses particulares. Y esto es así porque parten de un supuesto falso, ya la democracia es es una falacia en sí misma”

La palabra falacia viene del latín fallacia que significa engaño. Falacia es un argumento que nos parece válido, pero no lo es. Las falacias son muy empleadas en política y en periodismo porque son un instrumento muy válido para manipular a los demás; mucho más sabiendo que la mayoría de los ciudadanos ni saben lo que es una falacia, ni mucho menos distinguirla. El mundo entero vive asentado en las falacias.

Las falacias se dan en todos los órdenes de la vida. Un empresario usa las falacias para convencer en los negocios, un hombre y una mujer en los escarceos amorosos y en medio, toda relación del tipo que sea en la que uno de los dos o los dos no reparan en argumentar falsamente para obtener lo que se proponen.

Las falacias se han empleado siempre desde que el hombre puso sus pies en este planeta. Son condición natural del ser humano. Pero jamás la falacia alcanzó el ser la norma entre las relaciones a cualquier nivel como hoy y desde hace unos años  ha alcanzado. Hemos pasado de usarlas esporádicamente a hacer de ella uso generalizado en todo tipo de relaciones humanas para, intencionadamente, persuadir y manipular. Hace cientos de años, al menos en España, la falacia estaba muy mal vista e imperaba la frase proverbial “al pan, pan y al vino, vino” frase que tiene un mensaje claro y diáfano: condenar el uso de rodeos, medias tintas, subterfugios, indirectas, hipocresía y mentira promoviendo la honestidad y la claridad en la comunicación interpersonal para evitar la alteración de los significados.

Falacias hay muchas, tantas como puede imaginar la tormentosa mente del hombre de hoy, que ha encontrado en las nuevas tecnologías una herramienta perfecta para maquinarlas. Entre ellas hay una que ha alcanzado relevancia en los últimos años, años en los que la política y el periodismo han pasado de ser un servicio público a pervertir la realidad buscando obtener réditos políticos y económicos. Esta falacia es conocida como “falacia ad hominem”. Las falacias ad hominem no atacan las posiciones y afirmaciones del interlocutor, atacan al interlocutor mismo.

Entre la maraña de falacias voy a destacar algunas:

Ad ignorancia que consiste en mantener una proposición argumentando que no hay prueba en lo contrario. Ad nauseam que consiste en incitar una discusión superflua para escapar de razonamientos que no se pueden contrarrestar. Ad novitatem que es la falacia que sostiene que una idea es correcta o mejor simplemente por ser más moderna o más nueva. Falacia de la verdad a medias que consiste en presentar un argumento en el hay algo de verdad, pero no toda la verdad, lo que induce un engaño por omisión.

En definitiva, existen falacias para aburrir. Han ido creciendo al compás de los avances tecnológicos, sociales, políticos, de comunicación, y lo han hecho de tal forma que podemos decir que en el 80% de las relaciones entre personas de cualquier posición socioeconómica, estas transcurren apoyadas en las falacias. Y en muchos casos los interlocutores saben que presentan argumentos falaces y que reciben argumentos falaces sin importarles lo más mínimo porque la solución al asunto del que tratan es lo que menos les importa. Si quieren comprobarlo basta que veáis en la televisión un debate o una tertulia; ni que decir si asisten a una sesión en el Congreso.

MAROGA

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