Arthur Miller, en su obra Las brujas de Salem; ¡Colgadlos bien alto sobre el pueblo! Quién llora por ellos, llora por la corrupción.
Lo último en salir a la luz han sido los expedientes y órdenes de pago enviados por el hoy ministro Torres a Koldo García, evidencia que Torres se apresurará a tachar de bulo tal como ordena el libro de estilo del PSOE diseñado por Sánchez.
Según lo visto, leído y oído en las últimas semanas sobre los casos de corrupción del entorno más cercano de Sánchez, uno no puede menos que pensar que, en el libre de estilo del PSOE, figura como premisa fundamental el jurar en arameo que todo lo que de malo se dice, se escribe y se presenta en formato fotográfico o de vídeo sobre las corruptelas, malversaciones, puterías y demás miserias morales de los señalados en los distintos casos, son bulos y que se mantienen en negarlo todo incluidas las evidencias tal como el conde Lozano en las mocedades del Cid.
Puede que los militantes del PSOE llevan esa tara de la corrupción genéticamente impresa en su ADN. En ese caso nada se puede hacer. Puede que no sea la genética lo que impregne de corrupción a esos políticos que presumen de adelantar por la izquierda, sino que, conforme avanzan en el ejercicio de su profesión al servicio de Sánchez, el légamo pestilente de las corruptelas les valla impregnando tal como la lluvia suave te va calando poquito a poco y sin que te des cuenta. Si es así, deberían ir a que se lo viera un médico especialista en la deriva de la mente humana.
Procuren acertarla señores políticos que forman el gobierno. Procúrenlo por el bien general, aunque ya sabemos que el bien general va muy retrasado con respecto a su bien particular y el de su partido. Procuren acertarla y si no la aciertan – como casi siempre – tengan la gallardía de aceptar que se han equivocado y afrontar los resultados de sus malas praxis, de sus malas gestiones, de sus movimientos orientados tan solo a mantenerse en el poder y a mantener, si no aumentar, sus privilegios. Ya, ya sé que pedir esto a los políticos que nos gobiernan es una utopía más utópica que el país de la abeja Maya, lo sé. No obstante, permítanme apuntar que los gobiernos son elegidos libremente en las democracias y que quien los elige es el pueblo, y que si el pueblo elige y mantiene con su voto un gobierno corrupto, es cómplice de la corrupción.
MAROGA