Queridos Reyes Magos, Melchor, Gaspar y Baltasar:
Aunque ya hace muchísimos años que no os escribo mi carta en estas fechas, como sois «magos», sabéis de sobra quien soy. Soy el mismo «Pedrín», ese que cuando era pequeño os escribía mi carta desde ese pueblecito de la provincia de Ávila, de apenas ochocientos habitantes y llamado Martiherrero y se la daba a mi tío Manolo, para que –cuando bajase a Ávila, cada mañana, a repartir la leche a sus parroquianos montado en su caballo y con cuatro grandes cántaros de leche de vaca recién ordeñada– pudiera echarla en aquel «buzón especial» que habíais colocado en los vetustos y regios soportales de la Plaza del «Mercado Grande, una de las principales plazas de la ciudad de Ávila, con la Iglesia de San Pedro como principal elemento– porque se decía que las cartas depositadas en ese real y mágico buzón no se perdían nunca y llegaban siempre mucho antes a vuestro palacio de Oriente que las otras, las que se echaban en los buzones normales de Correos, pues un paje especial se encargaba de recogerlas y de entregárlas en persona a sus «Majestades», los Reyes Magos de Oriente, o sea, a vosotros.
Espero que –aunque ya hayan pasado más de setenta años desde entonces– no me hayáis olvidado y os porteis conmigo tan bien como antaño siempre hicisteis en esa mágica «noche de Reyes» en la que visitáis todos los hogares del mundo para que ningún niño –con independencia de su raza,religión y lugar de residencia– se quede sin su regalo, en recuerdo de aquellos tres presentes: «oro», en señal de su realeza,»incienso», en memoria de su divinidad y «mirra», en señal de su humanidad, que le ofrecisteis al Niño Jesús recién nacido en aquel derruido y humilde establo –en el que una mula y un buey estaban junto a los pesebres refugiándose del frío de aquella ya histórica noche– al que os guió esa estrella y que os acompañó durante todo vuestro largo viaje, desde que en Oriente abandonasteis vuestros reinos allende de los mares.
Desde esa fantástica noche, todos –generación tras generación– hemos convenido, por unanimidad, llamar al «establo» y a la «estrella» respectivamente: el «Portal» y la «Estrella» de Belén,por estar ubicadas en esa pequeña aldea de Judea –llamada Belén– y a unos escasos kilómetros de la ciudad santa de Jerusalén.
Queridos «reyes», «astrólogos» «magos», «esteleros» o todo a la vez — da igual lo que seáis o cómo os llamemos– ya que en esta noche sois los únicos y principales protagonistas en todas las ciudades, pueblos y aldeas del mundo, donde miles de millones y millones de niños esperan con gran ansiedad e impaciencia, apenas contenida, vuestra obligada visita cargada de regalos, juguetes, de caramelos y sobretodo de grandes ilusiones y buenos deseos.
Tal vez por todo esto, esta noche suelen hacerle caso a sus padres para cenar e irse a la cama muy, muy pronto, no sin antes haber dejado los zapatos bien limpios colocados en el alféizar de la ventana junto a una bandeja con mazapanes, turrón, mantecados y refrescos varios, para que recuperéis las fuerzas y, sin olvidarse de dejar también unos recipientes con agua, paja y heno abundantes para vuestras reales caballos y camellos.
Aún recuerdo aquellas lejanas noches de «reyes» de mi casi ya olvidada infancia con mucho cariño, e incluso, con muchisima nostalgia,no solo por vosotros y por los regalos que esa noche me dejabais a los pies de mi cama, si no también, porque disfrutaba del cariño, del amor, de la protección, de la compañía y de la presencia continua de mis queridos e inolvidables padres y abuelos.
Aún recuerdo –como si hubiera sido la pasada noche– como a la mañana siguiente, cuando me despertaba muy temprano, veía a los pies de la cama la caja de 24 lápices de colores «Alpino», varios cuadernos de dibujos para colorear, un pequeño tren de madera con una locomotora y dos vagones, una bolsa de caramelos con algún que otro bombón, que por despiste y sin saber cómo se había colado en la bolsa…
Todo esto a mí –con cinco años– me parecían los mejores regalos que los Reyes Magos podían dejarle a un niño en ese pequeño pueblo de agricultores y ganaderos de Castilla la Vieja y, mucho más por tratarse de la década de los años cincuenta y durante la dura y férrea «etapa autárquica», bajo el mandato de Franco.
Ese periodo se caracterizó por una gran crisis y permanente depresión económica que conllevó un grave deterioro de las condiciones de vida de los ciudadanos, el crecimiento de la miseria, el mercado negro y que supuso el retroceso más grave en los niveles de bienestar social y laboral de la población española en los últimos 200 años de nuestra historia. Y todo pese al histórico y fanfarrón «Plan Marshall»–que no fue ni plan, ni generoso ni eficaz y mucho menos desinteresado– ya que consistió en que los Estados Unidos de América, al ver en Franco a un muy útil y ventajoso aliado para su internacional cruzada contra el Comunismo que asolaba a Europa, negoció la obtención de diversas «bases militares» en la península a cambio de una ayuda económica de 800 millones de dólares. Ese fue el inicio de la salida de ese rigido y duro «periodo autárquico».
Mucho tiempo después –siendo ya adulto– comprendí que a pesar de las intolerables y serias dificultades socioeconómicas de aquellos años, los Reyes Magos nunca faltaron a su cita anual ni dejaron un solo año de venir esa noche a visitarme.
Por eso este año, queridos Melchor, Gaspar y Baltasar, hoy os he vuelto a escribir mi carta, –como cuando era «Pedrín», el niño que vivía en Martiherrero y, no «Pedro Manuel», el médico jubilado y ex senador (como soy ahora) para pediros: a parte de, un Gobierno para España auténticamente libre, justo y democrático, que se acaben las guerras en el mundo –que Putin declare un alto el fuego definitivo en Ucrania, que el entendimiento, la paz y la convivencia entre todos sea la nueva moneda entre el Estado de Israel y el Pueblo Palestino y, que ningún país se crea con más derechos que los demás– que se respeten, de una vez y para siempre, los derechos humanos fundamentales y también los constitucionales de todos los pueblos; que la paz, la unidad, la solidaridad y la libertad, junto con el desarrollo económico y social, sean los únicos objetivos de cualquier gobierno del mundo, con independencia de la ideología de quien gobierne; que la educación,el bienestar social y el respeto por nuestras tradiciones históricas, culturales y religiosas sean reconocidas aunque sean diferentes; que la «vida humana» vuelva a ser valorada como el mejor y más preciado de los dones recibidos aunque para ello se tengan que abolir las criminales leyes del Aborto y de la Eutanasia; que el «hambre» con sus ya famosas «colas» –incluso en los países de la Unión Europea– sean, de una vez por todas, eliminada de todos los países del mundo y que la «salud» y la «educación» no sea un privilegio exclusivo de los países ricos, si no que formen parte esencial de esos derechos universalmente reconocidos e irrenunciables y que las nuevas «pandemias» –como la del Covid-19 y sus múltiples variantes– y los devastadores desastres naturales (erupciones volcánicas, inundaciones, Danas, incendios, etc…) dejen de visitarnos y, si lo hicieran… que las respuestas y las ayudas de los respectivos gobiernos no tarden tanto en llegar como ha ocurrido con la erupción del volcán de la Palma y la Dana de Valencia.
Sé que lo que os pido es, quizás, muy ambicioso por mi parte y muy difícil de que me lo traigáis, pero como sois «magos» y muy pocas cosas se escapan a vuestro regio poder, es por lo que todavía hoy –a mis 76 años recién cumplidos– sigo, pese a todo, creyendo y confiando en vosotros y en vuestro poder…
Todo el mundo nos dice –al hacernos mayores– que los «Reyes Magos» no existen y que son nuestros «padres»…Los que afirman esto, se equivocan, ya que, muchos años después y, quizás demasiado tarde, descubrí que aunque los Reyes Magos eran los «padres»…los «padres» eran sin duda «EL MEJOR REGALO» que todos los años nos traían los Reyes Magos…
Por eso, hoy yo os quiero pedir también –aparte de todo lo demás– lo mismo que Gloria Fuertes, nuestra entrañable poetisa,os pide en su cariñosa carta:
[…] «Yo no deseo un regalo / que se compre con dinero. / He de pedirle a los Reyes / algo que aquí yo no tengo: pido dones de alegría / y la canción de un jilguero/ y la flor de la esperanza / y una fe que venza el miedo. / Pido un corazón muy grande / para amar al mundo entero./ Yo pido a los Reyes Magos/ las cosas que hay en el cielo: un vestido de ternura/ una cascada de besos / la hermosura de los ángeles/ sus villancicos y versos/ y una sonrisa del Niño / es el regalo que quiero…»
Pedro Manuel Hernández López, médico jubilado, Lcdo. en Periodismo y ex senador autonómico del PP por Murcia.