Tontolabia era un país reciente y artificial construído sobre un reino de más de cinco siglos por un príncipe que compraba armas a los enemigos para defenderse sólo él y su castillo.
Para comprar escudos, corazas y catapultas reunió el mayor número de juglares y bufones sin oficio conocido y con una patada hacia arriba aupó a una gentuza sin nobleza para pagarles servicios prestados o hacerlos callar. Bastaba ver a quienes hacía escuderos el príncipe de tontolabia para medir su categoría y la sumisión y mediocridad de sus esbirros.
Después de sacar a los presos más peligrosos a la calle, comprar el poder a bandoleros huídos y asesinos y no hacer nada para reparar las tragedias por él causadas, mientras conducía sin remedio hacia el abismo el príncipe de Tontolabia se vió de pronto acorralado por sus escándalos y los de su familia, un grupo de caraduras a los que les faltaba un hervor.
Rodeado de acusaciones y frentes abiertos por su propia tontuna, el príncipe de Tontolabia ya no podía gobernar, pero quería seguir mandando con decretos tutifrutti para comprar súbditos y coartadas y tratar de eliminar el perfume de putrefacción que se extendía por todas partes.
Entre tanto, los siervos de Tontolabia, divididos y sojuzgados por las subvenciones del príncipe, muy cerca de la indignidad, no preguntaban adonde iban a parar sus impuestos. Y pese a los atropellos y abusos continuos del príncipe, creían que ejercía su poder por delegación de Dios y por eso no iban al Palacio del príncipe a exigirle cuentas de sus dineros ni a exigir su renuncia, ni hacían huelga general, ni nada, por lo que su comportamiento ovejuno no parecía merecer mejor suerte.
Parecían ignorar que unas cuantas organizaciones denostadas por políticos inútiles, un puñado de abogados y profesionales, unos cuantos fiscales y unos cuantos jueces valientes les estaban sacando las castañas del fuego. Pero pasado el tiempo llegaron a la conclusión de que para dejar de ser siervos tenían que dejar de ser súbditos si querían celebrar algún día con algarabía, el fin de tanta mentira, tanta chulería, tanta arrogancia y tanto desprecio y la caída del reino de cartón piedra construído sobre su nación por el príncipe de Tontolabia.
Victor Entrialgo de Castro