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Europa ya no es el centro de casi nada

Vamos cuesta abajo y sin frenos hacia la irrelevancia

En unos años, China será la fábrica; la India, la oficina; Estados Unidos, el laboratorio y el cuartel, y Europa, la residencia de la tercera edad

12 Jul 2011 - 11:38 CET
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Vamos cuesta abajo y sin frenos. Lo hemos visto la noche del 11 de julio de 2011, en Bruselas, donde los supuestos líderes económicos de los paises de la UE fueron incapaces de liderar nada o de llegar a un acuerdo.

Lo comprobamos cada vez que se pone sobre el tapete la guerra de Afganistán y los sentimos a diario, cuando escuchamos las bobadas que sueltan nuestros dirigentes o tenemos que lidiar con piratas de medio pelo.

Tal como evolucionan las cosas, en unos años, China será la fábrica; la India, la oficina; Estados Unidos, el laboratorio y el cuartel, y Europa, la residencia de la tercera edad.

Y ni siquiera está claro que en ese lujoso asilo vaya a corresponder a España la terraza más soleada, porque hasta nuestro antaño insuperable atractivo como destino turístico y refugio dorado de jubilados está en quiebra.

Hablar de decadencia de Europa, de un proceso irreversible, quizá sea prematuro, pero resulta indudable que el Viejo Continente está en declive.

Desde 2005, cuando según el FMI superó a la de EEUU, la economía de la Unión Europea es la más grande del planeta, pero el brillo de las cifras oculta una triste realidad.

Europa ya no es el centro de casi nada. Las grandes promesas de unidad política, se han quedado en letra muerta.

A diferencia de lo que ocurre al otro lado del Atlántico, las relaciones entre la empresa y la universidad apenas existen.

No se han realizado las reformas y las inversiones necesarias, por lo que seguimos con los problemas estructurales de hace tres décadas.

Hemos retrocedido comparativamente en investigación y desarrollo.

La revolución de las tecnologías de la información se está consumando a nuestras espaldas. Nuestra población envejece y carecemos de un plan firme o de criterios claros para asimilar las olas de emigrantes.

Y la lenta -o veloz si tenemos en cuenta los últimos datos de deduda, paro, bonos y deficit- marcha hacia el ocaso se conjuga con un problema moral de fondo: No sabemos qué hacer ni dónde ir, tendemos a la claudicación y nuestros dirigentes se dejan llevar por el viento.

 

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