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“es imposible convencer a quien no se quiere dejar convencer”

Alex Navajas: «La parábola de los frailes incorregibles»

Y el viajero prosiguió su camino apenado

Alex Navajas 30 Nov 2021 - 07:18 CET
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Les contó otra parábola: “Había una pequeña ciudad ubicada en un valle rodeado de montañas. En ella se encontraba una célebre abadía, donde sus frailes eran tenidos por fieles y observantes. A pesar de gozar de las simpatías de gran parte del pueblo, la comunidad solía pasar estrecheces y penurias, y con frecuencia debían acudir a personas próximas y a bienhechores para solicitar su ayuda y aliviar así su pobreza. El señor del lugar, además, no sentía ningún aprecio por los monjes, e incluso trataba de expulsarles de sus dominios.

Llegó un viajero a aquella ciudad y decidió permanecer una temporada. Tuvo noticia de los monjes y de sus privaciones, y decidió acercarse a conocerles. En la puerta del monasterio le recibió fray Diógenes, que era quien manejaba los exiguos dineros en aquel cenobio. El fraile, tras entablar conversación con el viajero, le hizo partícipe de sus necesidades. Tras escucharle, el visitante señaló a un campo yermo cercano:

El fraile observó al viajero con cierto desdén y respondió secamente:

El viajero le contestó:

Fray Diógenes observó al viajero con mayor desdén aún y le espetó:

Y, dando media vuelta, se alejó.

Pasados unos días, el viajero tuvo noticia de que el granero donde los monjes almacenaban el grano solía ser visitado todas las noches por los ratones, que se encargaban de menguar la cantidad allí recogida. De nuevo se encontró con fray Diógenes, con quien trató de intercambiar unas amables palabras. El viajero, que con sincero corazón trataba de ayudar a los frailes en sus necesidades, le propuso elevar el granero sobre unas pilastras, de modo que los ratones no pudieran acceder a él.

Y dando media vuelta, se marchó.

Muchas tardes, los frailes se acercaban a la pequeña ciudad para pedir limosna, y volvían contentos a la abadía con el dinerillo obtenido, dando las gracias a la Providencia. Pero, mientras tanto, el campo seguía yermo y los ratones continuaban mermando las reservas de grano de los monjes sin que nadie pusiera remedio.

Disponía la abadía de un gran almacén donde se guardaban todo tipo de cachivaches y trebejos inservibles y apolillados. Nadie sabía a ciencia cierta qué había allí, pero año tras año, los montones de utensilios y objetos crecían y crecían. Fray Diógenes mandaba almacenar y almacenar, como solía repetir, “por si acaso”. El caso es que en el almacén no paraban de entrar cosas, pero rara vez salían, y se terminaban por pudrir y por echarse a perder.

Un día, próximo ya a su partida, el viajero se encontró al abad del monasterio dando un paseo por el campo. Era éste un hombre afable, bueno y sabio. El monje entabló conversación con él, porque le constaba que el viajero había tratado infructuosamente de aconsejar al fraile ecónomo, pero se limitó a decirle que él no sabía apenas nada de dineros y que ese tema lo tenía delegado en fray Diógenes, porque lo suyo eran los pergaminos y las bibliotecas.

El viajero vio que no tenía mucho sentido tratar de persuadir a esos monjes, porque no se querían dejar corregir, y había escuchado muchas veces aquella cita de los clásicos de que “es imposible convencer a quien no se quiere dejar convencer”.

Y el viajero prosiguió su camino apenado, porque había visto muchas posibilidades desperdiciadas en aquel valle”.

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