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Carlos Marx

De tal palo, tales astillas

Antonio Gil-Terrón Puchades 21 Feb 2022 - 07:49 CET
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Helene ´Lenchen´ Demuth fue la sirvienta de la familia Marx, en cuya casa pasó toda su vida trabajando como ´criada´, a cambio de techo, cama, y las sobras de la comida de sus señores.

Una historia muy triste como otras muchas de aquella época, pero que en el caso de Lenchen fue más hiriente si cabe, al tener que, además de fregar y barrer, satisfacer la lujuria y concupiscencia del señor de la casa, un tal Carlos Marx. ¿Les suena el nombre?

Fruto de esas penetraciones sistemáticas, nació un niño al que se le puso el nombre de Henry Frederick Demuth; inscrito en el registro civil como hijo de padre desconocido.

Pero la bajeza moral y ética de Carlos Marx no paró ahí. Para que su esposa no sospechara, y Lenchen pudiese dedicarse plenamente a sus tareas y obligaciones domésticas, le obligó a dar al bebé en adopción.

Todo un “señor” don Carlos Marx, pijo progre decimonónico, que primero vivió de sus padres, luego de su mujer y, finalmente, ´sableando´ su amigo Engels.

De trabajador, poco, ya que lo más cerca que estuvo, en su vida, de una hoz y un martillo, o un pico y una pala, fue viéndolos en el escaparate de una ferretería. Porque lo bien cierto es que la experiencia laboral del autor de “EL CAPITAL” fue… ¿cómo diría yo?… ¿virtual?

Aunque, pensándolo bien, el trabajo intelectual también es trabajo, creo yo… Pero claro, cuando medimos en millones de muertos, la cuenta de resultados del trabajo intelectual de un personaje, podemos llegar a la conclusión de que, en determinados individuos, la pereza deja de ser vicio, para convertirse en virtud.

Para concluir este capítulo de “Vidas poco ejemplares”, veamos lo que escribió sobre este ´pájaro´ alguien que lo conoció personalmente:

«Si su corazón fuese tan fuerte como su intelecto yo lo seguiría a través del fuego. Pero le falta nobleza de espíritu. Estoy convencido de que una peligrosa ambición personal devoró todo lo que había de bueno en él. La adquisición de poder personal es el objetivo de todas sus acciones». Mijaíl Aleksándrovich Bakunin.

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