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El filósofo británico Herbert Spencer, casi cien años antes de que surgieran los primeros movimientos de indignados, escribió: «Se da por supuesto que el ciudadano dio conformidad a todo lo que su representante pueda hacer cuando lo votó.
Pero supongamos que no le votó; que por el contrario hizo todo lo que estuvo en su poder para que fuese electo alguien que sostenía un punto de vista opuesto… ¿entonces qué?
La respuesta probablemente sea que, al tomar parte en tal votación, ha accedido tácitamente a plegarse a la decisión de la mayoría. ¿Y si no votó en absoluto?
Entonces no puede quejarse legítimamente de ningún impuesto, dado que no protestó contra su imposición.
Así, curiosamente, parece que dio su consentimiento hiciera lo que hiciese: ¡tanto si dijo que sí, como sí dijo que no, o si se mantuvo neutral! Una doctrina francamente peculiar, ésta.»
Y digo yo: ¿Entonces, qué podemos hacer? ¿Gritar? ¿Protestar…?
Es lo que hay y lo peor del caso es que los únicos que podrían cambiar las cosas, la casta política, no lo va a hacer, al haber convertido ´el sistema´ no solo en su ´modus vivendi´, sino también en el de sus familias ´amiguetes y peña´.
Herbert Spencer definió este estado de cosas como “UNA DOCTRINA FRANCAMENTE PECULIAR, ÉSTA”. Un servidor, que de niño no meó en alfombras, ni es tan elegante como el filósofo inglés, diría: «UNA DOCTRINA JODIDAMENTE PERVERSA, ÉSTA”.
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