Hoy día parece estar de moda, quizás porque es políticamente correcto, que algunos intelectuales de cierto nivel celebren la diversidad de nuestro país, “reconocida y amparada tanto por las leyes como por un mayoritario consenso social”, tal como escribe Eduardo Manzano Moreno, prestigioso historiador de la España Omeya en su reciente libro “La España diversa”.
Este autor llega incluso a decir, “nadie con un mínimo de conocimiento histórico puede negar que el actual marco constitucional permite asumir la diversidad de España de una forma que no ha sido frecuente en el pasado. Los redactores de la Constitución de 1978 no sólo tenían un conocimiento muy profundo de las constituciones previas, sino también una clara conciencia del pasado diverso de este país. Ello les permitió resolver con un admirable equilibrio cuestiones que llevaban siglos enquistadas, desplegando con ello un encomiable respeto hacia las peculiaridades de cada territorio”.
Pero la realidad es lo contrario. No parece que conocieran bien el pasado y si lo conocían, lo olvidaron. No han resuelto las cuestiones enquistadas durante siglos, sino que las han potenciado. El fracaso es enorme y no queda casi nada de la modélica y pacifica Transición que los españoles hicieron e hicimos tras la muerte de Franco en 1975.
Para colmo, esa diversidad que se incorporó al modelo territorial se ha convertido en un caos de tal calibre, debido a la ambición de poder de Pedro Sanchez, que hoy día nadie sabe dónde estamos y a donde vamos.
El desmadre existente no hubiera sido posible si los Padres de la Patria hubieran tenido en cuenta, cómo dice Henry Kamen, en su “Brevísima Historia de España”, que nuestro país ha sido un gran imperio, pero nunca una nación unida. “Los Reyes Católicos no dieron paso alguno hacia la unificación de los diversos reinos que gobernaban. Una de las consecuencias desdichadas del éxito general de las armas cristianas, fue la disolución de las relaciones de las distintas comunidades en España”. Las Taifas musulmanas generaron Taifas cristianas, podíamos decir. Sus gobernantes eran con frecuencia personajes ambiciosos y sin escrúpulos, mezquinos gatos que ansiaban ser leones depredadores, así solían calificarlos algunos lúcidos escritores andalusíes. Los Puigdemont, los Junqueras y los Otegis son hoy día los gatos, los rufianes que quieren exprimir al poder central y ante los que se humilla Pedro Sanchez. En el fondo los necesita, empeñado como está en recuperar lo peor del pasado para afrontar un futuro cada vez más complicado.
«La voluntad de vivir juntos»
Otro gallo nos cantaría si en vez de haber potenciado la diversidad, hubiéramos primado la unidad, las fuerzas centrípetas en vez de las centrifugas, imitando a nuestro país vecino Francia, que siempre optó por lo contrario de lo que hemos hecho los españoles en el ámbito territorial.
Merece la pena leer lo que escribe Jack Lang, antiguo ministro de cultura francés, en su libro “Francisco I. El sueño de Italia”: en el reinado de este monarca busco comprender la alquimia gracias a la cual Francia es una nación tan fuerte como para trabar personas y provincias tan dispares. ¿Qué hay por ejemplo de común, a priori, entre un lorenés como yo y los habitantes de Blois? Anticipo una respuesta: la voluntad de vivir juntos.
Esta voluntad es el resultado del trabajo y el esfuerzo realizado durante generaciones. Al principio era, pues, el Estado y en su cima se encontraban los Reyes. Permítaseme al republicano que soy, la siguiente confesión: Francia se construyó desde arriba. Sin la voluntad organizadora del primero y sin el apoyo de muchos ciudadanos, es más que probable que estas tierras del Este donde nací no se hubieran integrado en el seno de Francia. Fue necesario mucha audacia en los reyes para subordinar la geografía a la historia, también mucha tenacidad en los ministros para imponer una sola lengua, una fiscalidad y un derecho común”.
En definitiva, crearon un orden igualitario para todas las provincias, todas las regiones y todos los ciudadanos. La parte de la Cataluña y el País Vasco francés no han recibido nunca privilegio alguno, ni sus ciudadanos tampoco. No se puede decir, ni siquiera que sean las regiones más ricas de Francia como lo son en España, gracias precisamente a la riqueza del imperio español. Debido a esa política del gobierno francés de no hacer concesión ninguna, tampoco son un problema para la unidad nacional. Han evitado un cáncer, el separatismo, en su país, que en España nos corroe.
Los franceses no olvidaron nunca su historia ni lo que dijo su gran pensador Ernest Renan en el siglo XIX, en su opúsculo “Qué es una Nación”. Consideraba que cualquier país puede hacerse y deshacerse hasta el extremo de llegar a ser “un grupo de personas unidas por una visión equivocada del pasado y el odio a sus vecinos”.
La conclusión es evidente: Solo permanecen aquellos países cuyos habitantes quieren vivir juntos. No estaba nada claro que los separatistas vascos y catalanes quisieran formar parte de la nación española. Su único objetivo, desde los inicios de la Transición era deshacerla y ser independientes, aprovechando todas las posibilidades y los vericuetos que les permitía el modelo autonómico para conseguir su objetivo. Dos personajes nefastos, Arzallus y Pujol, lideraron esta deriva destructiva desde el principio. Todavía más. Muchos de los separatistas vascos y catalanes nos despreciaban y se sentían y se sienten superiores al resto de los españoles.
Richard Ford, el gran erudito inglés que escribió un magnífico libro “Manual para viajeros por España y lectores en casa”, que nos conocía profundamente, dijo sobre Cataluña: “No hay provincia del mal unido manojo que constituye la monarquía convencional de España, que cuelgue menos firmemente de la Corona que Cataluña, siempre dispuesta a emprender el vuelo: rebeldes y republicanos. Tanto ellos como su región son la maldición y la debilidad de España y una perpetua dificultad para los gobiernos. Cataluña es el niño mimado de la familia peninsular, al que, a pesar de ser el más díscolo e ingobernable, se sacrifica al resto de la prole. Los catalanes, tremendamente egoístas, tienen muy poca consideración para con las demás provincias”.
Y sobre El País Vasco: Es ultra-localista y raras veces se va siquiera de su parroquia, y por lo tanto sobrevalora su propia ignorancia tanto como menosprecia la inteligencia de los otros. Si el castellano ve doble a favor de sí mismo, el vasco ve cuádruple. Su capacidad de visión es aguda en todo lo que se refiere a sí mismo y a sus intereses, porque, en su ámbito limitado, él mismo constituye el primer término y la principal característica de su pequeño mundo.
Con estos mimbres y estos antecedentes era difícil que un modelo autonómico que no estuviera controlado por el gobierno central pudiera funcionar. Fue una pena que Felipe Gonzalez y Jose María Aznar, unidos los dos partidos que ellos lideraban, no cambiaran la Constitución y la Ley Electoral de 1985, para evitar un final que pudiera acabar con los grandes sueños de la Transición.
No lo hicieron y desafortunadamente la vieja guardia del PSOE, antaño la columna vertebral de España, permitió que llegaran al poder dos iluminados jefes de gobierno, Jose Luis Rodriguez Zapatero y Pedro Sanchez, que han actuado de pirómanos del sistema para mantenerse en el poder.
Ellos han hecho que germinen las semillas de la destrucción que antaño inconscientemente creamos. Cómo dijo Maquiavelo ante la decadencia de su amada Florencia, “pero el mal que no podían hacerle las fuerzas de fuera, se lo hicieron las de dentro. Vivían los ciudadanos llenos de indignación viendo por tierra la grandeza del Estado, malparado el orden, anuladas las leyes, corrompido el honrado vivir y desaparecida toda civil moderación”.
Es una pena. Conviene que el pueblo español reaccione, y se pueda conseguir en el futuro una nueva España, unida en su diversidad, solidaria e igualitaria.
Si no fuera así, siempre nos queda Quevedo con aquellos tristes versos:
“Miré los muros de la patria mía,
si un tiempo fuertes, ya desmoronados,
De la carrera de la edad cansados,
Por quien caduca ya su valentía…….
Y también la ilusión de que superamos épocas más difíciles que la actual. Y quizás seamos capaces de volver a hacerlo. Ojalá.