No me refiero aquí al espectáculo de la antigua Roma con aquellos feroces gladiadores en busca de pulgares amables si la pelea les iba mal; también trabajaban en él leones merendándose cristianos; mayormente, aunque tampoco le hacían ascos a otro tipo de proteínas poco simpáticas al César de turno.
No. Hoy voy a hablarles del circo de siempre, el de verdad; con sus payasos, sus domadores, sus equilibristas…
Se pasaban la vida viajando; enormes caravanas, si eran de los poderosos, o algún que otro carromato medio desvencijado, en el caso de los más modestos. Llegados a cada destino, siempre provisional, montaban la carpa, daban sus funciones, más o menos funciones, según la población de cada lugar y, después, liaban el petate camino de la siguiente parada.
Cuando a los niños de entonces nos llevaban al circo, era día de Fiesta grande. Recalco lo de “nos llevaban”, porque al circo no “íbamos”. Es éste un matiz importante, como en seguida se verá.
Madrid y supongo que muchas otras grandes ciudades, hasta tenía una pista permanente: el famoso “Circo Price”. No recuerdo si daba funciones todos los días o sólo cuando pasaba por la Capital alguna de esas caravanas.
Pues bien, entre la televisión e Internet, han acabado con él.
Son cosas de la modernidad; que también las tiene buenas, no quiero pillarme los dedos.
Los más jóvenes pueden hacerse una idea a través de algunas películas antiguas en las que sale mucho. Pero no es lo mismo.
Los mayores, los que lo conocimos en persona, no precisamos de nada que nos lo recuerde.
Pues bien, de un tiempo a esta parte, la clase política ha tenido la feliz idea de intentar resucitarlo.
A su modo, claro: torcidamente, como suele hacer casi todo: o sea, una verdadera chapuza; pero al menos, lo están intentando; eso hay que reconocérselo.
No guardo en mi memoria la imagen de una sola mujer payaso. Desde luego, en eso hemos avanzado. Como debe ser. Hoy la proporción de personas que hacen el payaso en la tele guarda, casi matemáticamente, la necesaria igualdad entre los sexos propia de todo país civilizado. No creo que sea preciso darles nombres. Ustedes pongan la televisión, sea el canal que sea, y verán lo que tarda en aparecer alguno. Están por todas partes.
No tienen mucha gracia, los pobres; pero, eso sí, entusiasmo ponen todo el del mundo.
Se me pasó decirles, aunque seguro que ustedes habrán subsanado mi olvido, que por clase política debemos entender, también, muchos periodistas, numerosas personas habituales en las tertulias y alguno más, sin oficio conocido, que consigue colarse en la pista.
Domadores también tenemos muchos; aunque los de hoy no se enfrentan a feroces tigres. Cosas de la modernidad, ya saben. Las víctimas de sus gritos y sus látigos son ahora lo más parecido a conejillos… o a gallinas, que hemos de seguir respetando las obligatorias proporciones, no vayamos a liarla.
Eso sí, domar, lo que se dice domar, doman muchísimo, ésa es la verdad. A cada cuál, lo suyo.
De equilibristas… ¡para qué hablar! Tomen una noticia, una cualquiera y verán la cantidad de piruetas que esa gente es capaz de hacer con ella para que parezca otra cosa. Generalmente, la contraria. ¡Qué maña se dan!
En ocasiones se les caen los artilugios al suelo, pero muy pocos se dan cuenta. Probablemente, ni siquiera los propios “artistas”.
En fin, que “nos llevan” al circo a todas horas. ¿Recuerdan lo importante de este matiz?
Ahora bien, hay un género en el que, de verdad, han rizado el rizo, hasta llevar el espectáculo a niveles tales de pobreza y engaño que, miren por dónde, hasta consiguen hacernos reír a veces.
Me refiero a los llamados debates electorales; que ni son debates, ni parece que influyan mucho en los resultados finales en las urnas.
Tal parece que lo que de verdad temen es que allí se hable de algo que no quieren ver ni en pintura; eso será, seguramente, porque, si no, no se explica.
Se trata también aquí, o eso creen ellos, de revivir el circo, aunque lo que en realidad les sale es muy poquita cosa.
Mañana hablaremos de debates, que en ese asunto hay mucha tela que cortar.
Los protagonistas del espectáculo, líderes políticos, o eso se creen ellos, dan verdadera pena.
Pero, eso sí, están todos en su salsa.
Juegan a ser payasos, domadores o equilibristas, según toque en cada momento. O las tres cosas a la vez, que esa es otra.
Me parece que deben de ser muy pocos los espectadores que se tomen en serio ese penoso espectáculo.
Alguno puede que haya, porque, si no, no le veo la punta a la cosa.
¡Ay, el circo!
¡Ay, si lo grandes de entonces levantaran la cabeza!
¡Que buenos políticos hubieran sido!