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Juan Pérez de Mungía: «Ceuta: Estallido de una guerra larvada»

Juan Pérez de Mungía 14 Sep 2026 - 12:04 CET
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No es una crisis migratoria. No es la pobreza cruzando a nado. Móviles en el agua, antenas wifi para dar servicio al relato. Entre el 30 y el 31 de julio de 2026, decenas de miles de personas atravesaron la frontera de Ceuta mientras la gendarmería marroquí no impidió el flujo sino que lo alentó, lo gestionó y lo encauzó. El Gobierno lo llama crisis humanitaria. Quien habla de un asalto a la frontera en estos términos está contribuyendo a un destino manifiesto: la reconstrucción de Al Andalus.

NO es solo que Pedro Sánchez sea un agente encubierto de Rabat. Es más grave y más banal que ser un operador: un programa de huida política disfrazado de prudencia. El coste visible de defender Ceuta se considera inasumible; el coste invisible de no defenderla —miedo familiar, hostigamiento cotidiano, maquillaje de cifras, espera de una repatriación que no llega— un coste tolerable. Es lo que ha hecho siempre, se paga un precio menor con el débil que con el fuerte. Es el vaciamiento. Las familias que pueden sacar a sus hijos lo hacen. Quienes no pueden se quedan a defender lo que el Estado ya ha empezado a entregar reconociendo su debilidad.

El centro de gravedad no es Gaza, ni Putin, ni la ultraderecha, ni el flotador de un menor. El centro es un asalto masivo a una ciudad española, con riesgo cierto de ocupación de hecho por saturación humana, y con un vecino que no oculta su reivindicación. Sánchez formuló en público la versión blanda de esa amenaza: diferencias de renta a uno y otro lado de la “valla”, inestabilidad que se reproducirá. Traducido: el episodio no es excepcional; es el régimen de frontera que Rabat puede reabrir cuando le convenga. Mohamed VI no necesita tomar Madrid. Le basta con que Ceuta deje de ser habitable para quienes la sostienen como ciudad española.

Esa es la estrategia del Gran Marruecos. Gastó dinero para convertir la conquista del Sahara en identidad, legitimidad y profundidad estratégica. Las ciudades españolas ocupan el siguiente escalón. El método preferido no es la división acorazada. Es el hecho consumado, la venganza de los vientres de sus mujeres veladas, la frontera abierta y el relato de descolonización aplicado a ciudades que eran ibéricas antes de que jamás existiera Marruecos. El sultanato alauí unificado del siglo XVII, el Marruecos independiente, de 1956. Confundir esa cronología con un contencioso colonial del XIX es aceptar el marco de quien usa la población como ariete. Los Estados no se definen por la contigüidad en el mapa. Ceuta y Melilla son territorio europeo. El monarca marroquí es a la vez Jefe del Estado, Jefe de Gobierno, Jefe de las Fuerzas Armadas y Comendador de los creyentes.

La Constitución de 2011 llama a Marruecos monarquía constitucional y democrática. La fórmula no describe el poder. Mohamed VI nombra al jefe del Gobierno, preside el Consejo de Ministros, disuelve cámaras y declara el estado de excepción. Los partidos gestionan lo que el palacio permite. El núcleo reside en el majzén y en la doble legitimidad, temporal y religiosa, de una dinastía fantástica que se presenta como descendiente de Mahoma. Hablar de democracia es más que un pleonasmo, es una hipérbole irracional. Allí las mujeres son solo vientres de alquiler y genitales para el varón. Lo sabe Mohamed VI, que necesitaba engendrar un heredero a pesar de su ambigüedad.

Hassan II dejó el molde: Constitución de 1962, disolución del Parlamento en 1965, años de plomo, cárcel, desaparición, destierro. En octubre de 1965, Mehdi Ben Barka fue secuestrado en París y nunca reapareció. Francia fue cómplice operativa de aquella maquinaria; el cadáver no ha aparecido, el hijo sigue reivindicándolo, y la diplomacia francesa archivó el asunto con la misma higiene con la que Mitterrand dispuso el hundimiento del Rainbow Warrior. El plomo no se evaporó con Mohamed VI: Betty Lachgar, una camiseta, cárcel; Nasser Zafzafi y el Hirak rifeño, veinte años. Najat El Hachmi, nacida en el Rif, lo escribe sin anestesia: el régimen vierte a los marroquíes en otros países «como se vierte la mierda en las alcantarillas». Exportar nacionales es válvula del despotismo, arma contra la frontera española. La población sometida no es un bloque árabe homogéneo. El condecorado Hammouchi con la Gran Cruz del Mérito de la Guardia Civil un agente infiltrado, un parásito en el propio vientre de España. El país vecino que destruye la cultura bereber es una satrapía alauí que esclaviza a los suyos y los empuja a la muerte. Cualquiera puede substituirse.

El informe de 55 páginas del CENIF entregado a la magistrada María Tardón describe una organización incompatible con el azar. Marlaska, una burla de la verdad y la justicia, dice enterarse por la prensa. Cruce sin bloqueos, medios de transporte, ausencia de incidentes de orden público en origen, agentes agitadores. Llamar a esto «crisis migratoria» es expresión del nominalismo socialista, la jerigonza habitual. Lo que hay es un acto de guerra, por debajo del umbral bélico, con el objetivo explícito de «eliminar la capacidad de respuesta de España». Si el coste percibido para el criminal de guerra Sánchez es mayor que el que hay que reparar, entregará las ciudades de Ceuta y Melilla. El repertorio que desplaza el centro de gravedad no es improvisado. Recorre editoriales, columnas afines y el propio hemiciclo. Cinco mecanismos, las mismas cinco coartadas de siempre.

La ultraderecha como causa, no como síntoma. Se atribuye la quiebra de Ceuta al odio, a un nacionalismo español. Primero está el asalto, el desorden, los niños sin parque, el Mercadona con soldados, las chabolas en el Trampolín. Después la rabia. Condenar la quema de chabolas y el acoso, una narrativa que no puede borrar la causa. El acoso va en la dirección contraria. Presentar la indignación como un virus inoculado por Vox es la coartada más barata: convierte a la víctima en sospechosa moral y deja intacto al criminal que le abrió el paso. El voto de ruptura —en Ceuta, en Alemania, en cualquier frontera— no lo fabrica la extrema derecha. Lo fabrica el Gobierno que pide a sus ciudadanos que se entreguen y entreguen sus riquezas a quienes su propio Estado lanza.

El plañiderismo islamo-comunista. Aina Vidal llora en el Congreso «¿hasta dónde quieren llegar, ¿hasta que maten a alguien?», y describe a quienes cruzaron como niños con flotador, no soldados, no bombas. Hay menores. Tan ridícula como corresponde a una cómplice del independentismo y la limpieza étnica. Fue un asalto coordinado, con mayoría de varones en edad militar, dispuestos a todo, durmiendo en la playa, destruyendo la ciudad, violando a mujeres propias y extrañas, robando y matando. Quien solo acoge no pregunta quién responde por la vida de los ceutíes que vivían en paz. Es la empatía suicida convertida en programa: diluir la propia riqueza y destruir la frontera para asistir a quienes el majzén expulsa, como si la caridad pudiera sustituir la fuerza.

La doctrina geopolítica. Marruecos convierte la desesperación de sus jóvenes en arma «protegido por potencias extranjeras». Las doctrinas conspiranoicas de Sánchez no explican por qué el 30 de julio la gendarmería dejó pasar la avalancha ni por qué el presidente español estaba de vacaciones. Sirven a una gramática lejana y el Gobierno se presenta como víctima de un tablero. Su mérito.

El colchón económico que no disuade. España es el 22 por ciento de las exportaciones marroquíes; Marruecos parasita España. Aun así Rabat arriesgó comercio, energía y el circuito del cannabis del Rif. El colchón de intereses no basta. Comprar la paz con un cheque no restaura la frontera. España ha alimentado, con inversión y con ceguera regulatoria el desarrollo marroquí, mientras Rabat desvía esfuerzo relativo de PIB a convertirse en el mayor importador de armas del continente entre 2021-2025. Hay densificación local para un teatro limitado. Es Sánchez, su estrategia de ruina.

La fábula de la descolonización. El último mecanismo es el más viejo: tratar Ceuta y Melilla como residuo colonial pendiente. Hay un límite que los gobiernos europeos se niegan a pronunciar: basta de ser el encargado permanente del sacrificio por el bien de la comunidad internacional, como si estuviéramos en condiciones de entregar a nuestros hijos para alimentar y cuidar los hijos ajenos. Esa es la moral de Estado que ha convertido la frontera en un confesionario. Se exige al ciudadano que pague una deuda que no contrajo. El pecado original que se le imputa es no haber hecho ricos a quienes intentan imponerse por la fuerza. Alternativa por Alemania no crece porque los alemanes hayan descubierto de pronto un pecado original; crece porque una parte del continente se niega a seguir expiando una culpa que no es suya. No hay culpa que saldar cuando lo que está en juego es la propia continuidad cultural, su propia vida. La frontera se sostiene con fuerza militar, a sangre y fuego, dispuesta incluso a una masacre masiva como ocurre en una guerra, donde desaparece la ley y la piedad, no con sermón pontifical. El Gobierno que no defiende Ceuta se presenta como el adulto moral. El resultado no es la comunión de los pueblos. Es el acoso cotidiano, la huida de quien puede llevarse a sus hijos y la rabia de quien no puede. ¿Quien se escandaliza después del voto de ruptura?

Juan Jesús Vivas describe Ceuta al borde del colapso y reclama normalidad. Ceuta se ha convertido en un gran CETI. Óscar Puente quita a la ciudad el puerto, una infraestructura crítica, cuya protección los propios sindicatos reclaman. Los mismos que alimentan el islamo-comunismo. Es la función asignada al presidente local: sostener el delirio de que todavía hay una paz que administrar, una convivencia que reparar con mando único y cheque, mientras a la sociedad se le parte el alma y la calle. Vivas es el hombre de paja que permite al Estado central fingir que el problema es de gobernanza. El PP, cómplice en estado puro. La sandez como discurso. Miles duermen en la arena y los ceutíes sin ciudad. Abdellah Mustafa avisa de la ruptura. Una parte de la población musulmana local se adapta a la cultura española; otra parte, recién llegada, empuja el conflicto, amenaza la paz.

El miedo a la respuesta y la cláusula secreta del vaciamiento. Es el marco en el que Rabat puede subir la apuesta híbrida mientras crea que Madrid no impondrá un coste visible. El Gobierno teme que una respuesta militar —cierre real, devoluciones masivas, demostración de fuerza— sea el pretexto de una ocupación o de un incidente mayor. Mejor el limbo de las playas que una crisis bilateral de consecuencias imprevisibles. La cláusula que no está en el comunicado de Moncloa es demográfica. Vaciar la ciudad de su población española no exige un tanque. Exige repetir el episodio hasta que la convivencia sea inviable. Sánchez ya formuló su premisa de empatía suicida: la diferencia de renta hará inevitable la repetición. Quien acepta esa premisa como destino ha entregado la ciudad. No hace falta un pacto secreto con el palacio. Basta con ejecutarlo, un programa orientado a no responder a la agresión territorial y a reificar la realidad: crisis migratoria donde hay actos de guerra sucia; socio fiable donde hay permisividad documentada.

Mientras tanto, el debate nacional discute si son galgos o podencos. Interior contra Defensa. Policía contra ministro. Judicatura contra Ejecutivo. Vivas contra Puente. Ultraderecha contra llanto. Gaza contra la valla. En la fábula de Iriarte, los perros se entretienen en la hidalguía de su raza mientras el conejo desaparece. Aquí el conejo es la ciudad. Los enemigos de los que el Estado dice protegerse no necesitan ganar la discusión parlamentaria. Les basta con que la narrativa sustituya a la frontera. Hay causa penal para procesar a Sánchez. Prueba de una agresión administrada por debajo del umbral y una respuesta española que consistió en impedir a Frontex la protección de la frontera.

Ceuta es una ciudad europea de cultura hispánica. Melilla espera en la misma costa. La guerra ha estallado porque la convivencia que se invocaba como escudo ya no organiza la vida de nadie. Quien siga hablando de crisis migratoria es cómplice de Sanchez. El nombre del hecho es otro: asalto a una ciudad española, ensayo de ocupación por saturación demográfica, y un Estado que prefiere el relato a la defensa. Basta ya de pagar esa defensa con nuestro propios hijos. Europa no está en condiciones de seguir siendo el hospital de quien expulsa a sus ciudadanos y los utiliza como ariete, de Turquía a Bielorrusia, armas de un crimen de guerra entre la razón y una piedad estúpida.

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