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El 40% de los españoles creen que la crisis empeorará

Antonio Papell: «Los españoles, de la angustia y el miedo, al desamparo»

Barómetro del CIS: El 89% de la población define la situación económica como "mala o muy mala"

Periodista Digital 06 Ago 2012 - 14:52 CET
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El pesimismo de los españoles ante la crisis aumentó en julio y cuatro de cada diez considera que la situación económica va a empeorar, según el barómetro de julio del 2012 del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS).

El paro sigue siendo el principal problema para los españoles, citado por el 78,6%, seguido de los problemas de índole económica para el 46,5%, mientras que la clase política sigue como tercer problema, y aumenta el número de ciudadanos que la mencionan, hasta el 25,4%.

Para una amplia mayoría (el 89,4%), la situación económica del país es «mala» o «muy mala» y sólo el 0,6% la considera «buena«, mientras que el 40,5% augura que empeorará, frente a sólo un 18,2% que espera que mejore y un 30,2% que estima que no cambiará.

En la lista de los principales problemas, tras el paro, la situación económica y la clase política la cuarta inquietud de los ciudadanos es la corrupción y el fraude, que mencionan el 12,2%, seguida de la sanidad (10,4%) en el quinto puesto.

Los bancos, que antes no figuraban entre los diez primeros problemas para la ciudadanía y entraron en el sexto lugar en el anterior barómetro, siguen en ese puesto y son ahora mencionados por más encuestados: un 8,2% los cita como problema.

La educación (7,1%), los recortes (5%), la inmigración (4,5%) y la inseguridad ciudadana (4%) completan la relación de los diez problemas más citados por los encuestados.

UN BRILLANTE ANÁLISIS

Con ese telón de fondo, pero antes de conocer los datos de la encuesta del CIS de julio de 2012, Antonio Papell escribe una brillante columna, cuyos párrafos esencial reproducidos.

Merece la pena leerla, comentarla y hasta votar en la encuesta. Sale en ‘El Economista’ y se titula «Los españoles, de la angustia y el miedo, al desamparo»:

De un tiempo a esta parte, los sondeos nos entregan respuestas insólitas: parecería que el sistema político y social ha entrado en crisis irreversible, que cambian los valores, que pierden peso venerables instituciones que parecían firmes como rocas, que los viejos partidos se han desacreditado, que la democracia no ofrece las respuestas que demandan los ciudadanos.

 

Cómo explicar la gran desafección

Como en todas las democracias, las encuestas sociológicas han sido utilizadas en España por los políticos para desentrañar las preferencias de los ciudadanos, un ejercicio peligroso porque si se practica en exceso conduce al populismo.

También han servido, lógicamente, para pronosticar, prever y ponderar resultados electorales.

Pero de un tiempo a esta parte, los sondeos nos entregan respuestas insólitas: parecería que el sistema político y social ha entrado en crisis irreversible, que cambian los valores, que pierden peso venerables instituciones que parecían firmes como rocas, que los viejos partidos se han desacreditado, que la democracia no ofrece las respuestas que demandan los ciudadanos.

En cierto sentido, parecería que el cuerpo social se siente irremisiblemente defraudado, frustrado por una crisis que no parecía previsible y que, de un plumazo, ha derruido todas las certezas anteriores, de forma que los individuos, desagregados y faltos de referentes, están buscando nuevas ideas y propuestas, partiendo de la nada, con una gran desconfianza hacia lo ya establecido.

El espejo de las encuestas

Una de las últimas encuestas políticas publicadas es la de Metroscopia, el barómetro de verano aparecida el 29 de julio. La conclusión más llamativa es que PP y PSOE tan sólo reúnen el 54,7% de la intención de voto (el PP cae desde el 20N 14,6 puntos y el PSOE, 4).

En las elecciones de 2008, ambos partidos reunieron el 83,8% del electorado que fue a las urnas. En el 2011, el 73,3% (la fuerte bajada se debió a la fortísima caída del voto socialista, que apenas alcanzó el 28,7% de los votos emitidos).

Cuando apareció el movimiento del 15-M, claramente desvinculado de los partidos políticos a pesar de los reiterados intentos de manipulación que se produjeron desde algunas organizaciones, surgió el temor en círculos intelectuales y políticos de que decayeran los cauces de representación política habituales -los partidos políticos, que tienen un papel constitucional (Art. 6 CE), el sistema mediático- en beneficio de otras entidades más o menos inorgánicas y asamblearias.

De momento, el temor no se ha confirmado, pero no porque los partidos hayan mantenido su consistencia sino porque se ha creado un gran vacío, que por fuerza se tendrá que llenar por el simple efecto de las leyes físicas.

Falta de confianza en los líderes

Con todo, la desafección no es irracional: se expresa mediante críticas objetivas y tiene por tanto causas, que los propios sociólogos políticos se han cuidado de desentrañar. De la mencionada encuesta de Metroscopia, se desprende que Rajoy inspira poca/ninguna confianza al 80% de la muestra, frente al 19% que dice tener mucha/bastante.

En el caso de Rubalcaba, los porcentajes respectivos son 86 y 13. La impresión de conjunto sobre el actual gobierno es positiva para el 23% de los encuestados y negativa para el 71%.

El presidente de Metroscopia explicaba así la situación a mediados de julio de 2012: «Hemos ido pasando, gradualmente, de la preocupación a la angustia (que ahora dice sentir la mayoría de los españoles) y de ésta empezamos a transitar hacia la situación de desamparo: es decir, empezamos a sentir que no hay ninguna institución, de las que deberían canalizar, reconducir o paliar la situación, que esté a la altura de las circunstancias.

Pero no hemos caído, por ahora al menos, en la desesperanza absoluta ni hemos perdido -ni parecemos dispuestos a perder- los modos y hábitos democráticos, ni la fe en el actual sistema político. Sólo estamos decepcionados con sus gestores. Un estado de ánimo, en suma, que combina la serenidad con la percepción clara de lo grave que es el momento».

El modus operandi

Más adelante aclaraba: «Los españoles no cuestionan el sistema democrático, como, por cierto, tampoco lo hace el 15-M. La insatisfacción se refiere específicamente al modo en que actualmente está organizado y funciona.

Por ejemplo, tres de cada cuatro ciudadanos piensan que tal y como ahora están organizados y funcionan nuestros partidos, es muy difícil que puedan atraer a las personas más preparadas y con motivaciones más elevadas.

Los políticos, en general, son conscientes del problema, pero están atrapados en un engranaje partidista ineficiente y no logran saber (o no acaban de atreverse) a reorganizarlo. Cambios profundos en el sistema electoral actual (que encorseta en excesivo a nuestra democracia) ayudarían sin duda a ello».

Rebelión cívica pendiente, falta de soberanía

Finalmente, declara que a su juicio estamos muy lejos de revueltas al estilo griego, «incluso en su versión más descafeinada».

Aunque reconoce que «hay una rebelión cívica pendiente: la rebelión contra el que nadie parezca ser responsable de nada de lo que pasa, como si todo lo que ocurre se debiera al puro azar».

Efectivamente, falta transparencia, sentido de responsabilidad y capacidad de escrutinio, no sólo por parte el poder judicial sino también de los medios de comunicación, que vertebran y encarnan la opinión pública.

Por su parte, José Miguel de Elías, director adjunto de la empresa de investigación de mercados y opinión pública Sigma 2, efectúa un diagnóstico y un pronóstico aún más duros.

El miedo, el desasosiego y la ira contenida de la ciudadanía son consecuencia de «las dudas del Gobierno en el manejo de la crisis, la falta de ejemplaridad de la clase dirigente; de que el ciudadano no ve al Gobierno controlando la situación ni dando soluciones; de que «se acentúa la percepción de que España ya no es un país soberano, ha perdido el control de su destino. Poderes externos no elegidos democráticamente condicionan totalmente el rumbo de la nación.

Desafección política

Ello genera una gran desafección, un rechazo intenso a los dos grandes partidos. «Los políticos, la política, PP y PSOE como partidos mayoritarios, son valorados como ‘un todo negativo’, causante de la crisis y culpable de su gestación y desarrollo.

Por vez primera desde la transición todos los políticos suspenden como clase social. Nadie se libra del voto de censura de la población, nadie supera el 4.

Política y finanzas son visualizados como sectores causantes de la crisis, beneficiarios, cómplices y encubridores de sus responsabilidades. El Estado de las Autonomías es el destinatario de esas críticas porque «ese sistema administrativo se asocia claramente, en el imaginario colectivo, con amiguismo, clientelismo, despilfarro, derroche, ruina y déficit público».

En definitiva -continúa diciendo De Elías- «el electorado ha interiorizado muy fuertemente el síndrome de ‘la traición del voto’.

El PP gobierna con un programa no votado, que traiciona las expectativas e intereses de sus votantes. Esta perversión del mandato electoral lleva a la radicalización y al rechazo de la clase política en su conjunto. Los ciudadanos no tragan el grosero sofisma de que ‘la crisis es culpa de todos'».

La ciudadanía sabe «que las élites políticas y financieras provocaron la crisis, fueron los beneficiarios de ella, son cómplices en su desarrollo y encubrimiento, y ahora tratan de eludir responsabilidades».

En estas circunstancias, De Elías presagia un estallido social: «Se acerca un escenario a la griega: partidos extremistas y fuerte conflictividad social. Una reacción social a la griega, o a la argentina, ya no es una hipótesis sino una posibilidad muy próxima de violencia social y radicalización política. En España se dan todas las condiciones de grave deterioro social, necesarias y suficientes para el estallido social: altísimo paro juvenil y de larga duración, población inmigrante en paro y/o exclusión social creciente, marginación ascendente, exclusión en alza, precariedad laboral en ascenso, falta de mínimos personales vitales en nuevos sectores sociales, incluida la clase media». Además, «Tenemos una población ‘carencial’ de más de un tercio de la ciudadanía: es una masa crítica más que suficiente para el estallido».

Una burla social

En conclusión, la crisis está afectando gravemente al sistema de representación de que nos dotamos al erigir la democracia en la década de los setenta del pasado siglo.

La sociedad civil se siente burlada por unos poderes fácticos que, amparados por el sistema establecido -el conjunto de los partidos políticos que ha actuado en nombre de los españoles-, ha cometido una colosal estafa que no tiene padres (ya se sabe que el infortunio es siempre huérfano).

Y se produce un cuestionamiento airado de la realidad actual, en que no brilla una clase política potente sino al contrario: se ha producido una notoria decadencia que ha dado lugar a una notabilísima falta de liderazgo en todo el espectro ideológico.

Así las cosas, es improbable un escenario a la griega porque aquí existen unas redes de solidaridad potentes, nutridas durante un largo período de prosperidad; y porque el alto nivel cultural impide las expansiones violentas y resta posibilidades a los planteamientos políticos utópicos y radicales.

Prueba de ello es que en España, vacunada contra la dictadura por su propia historia, ni siquiera ha hecho fortuna una formación de extrema derecha. Todos estos elementos probablemente darán vida en última instancia a aquella afirmación conocida de Winston Churchill: «La democracia es el peor sistema de gobierno con excepción de todos los demás» (1).

Una de las tareas más urgentes en esta coyuntura es la reconstitución de los partidos. A la mayor brevedad, deben buscar con fundamento nuevas ideas ajustadas a la coyuntura histórica, a las vivencias de la crisis y a la demanda social, a la vez que se dotan de modos de organización más ágiles, activas y que mejor permitan la competencia interna y la libre circulación de elites.

(1).- «Democracy is the worst form of government, except for all those other forms that have been tried from time to time.» (de un discurso en la Cámara de los Comunes el 11 de noviembre de 1947).

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