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Opinión

Abajo firmantes del aborto

04 Mar 2010 - 20:23 CET
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Durante la oprobiosa, cuando el entonces llamado Príncipe de España hacia méritos de todas clases ante el invicto Caudillo para que le nombrara heredero del Régimen y del Reino, con súbditos y prebendas, Fernando Arrabal escribió un panfleto titulado “Carta al general Franco” en el que criticando las sentencias de muerte de las que el anterior Jefe del Estado se daba por “enterado” decía: ¡qué bonita firma tiene Su Excelencia!

Con ocasión del “enterado “ que heroicamente ha puesto el Jefe del Estado en esta sentencia muerte sin juicio previo ni garantías procesales que representa para cientos de miles de nasciturus la nueva Ley del Aborto ahora perpetrada, acaso habría que recordar también otro, ¡qué bonita letra tiene Su Majestad, don Juan Carlos I!

Y es que como ya suponíamos, Su Católica Majestad ha firmado la nueva Ley del Aborto como “derecho de la mujer” que han perpetrado las instituciones del Reino de España y publica hoy el BOE.

Un asunto que ha rescatado antiguas disquisiciones metafísico- religiosas sobre la responsabilidad en el Mal que aflige al mundo. Así, dentro de la carcundia ibérica muchos ditirambo alabanciosos de Palacio empiezan a hacer distingos sobre lo bueno que es el Rey pero lo rematadamente malos que son sus ministros y demás cómplices.

Por su parte, la Conferencia episcopal de la Iglesia Católica española con la desmayada languidez, por no decir acomodaticia cobardía anti-evangélica que le caracteriza en asuntos que tienen que ver con la Corona, ha indicado que todos los que aprueben la ominosa Ley son malos, y gravemente pecadores, menos Su Católica Majestad, que según la asaltada constitución semi-vigente, es irresponsable.  

La cosa nos recuerda las más viejas construcciones teológicas. Así, por ejemplo, el gnosticismo que constituye una muy hábil y sugestiva visión de lo sagrado que pretende, según Schopenhauer, “suprimir la contradicción existente entre la producción del mundo por un ser omnipotente, omnisciente, y que es la suma bondad, y la triste y deficiente naturaleza de este mundo precisamente. Introduce entre el mundo y la causa universal una serie de intermediarios por cuya culpa se ha producido una caída, y por esta después el mundo. Echa por tanto la culpa del soberano en sus ministros”.

La traducción política de esta ficción o edificio teológico se llama monarquía parlamentaria por la que el soberano es irresponsable y de sus actos responden sus ministros. Desde Palacio, el Rey ve los males que afligen a su Reino y deja que sus demiurgos lo resuelvan. Que el Mal entre nosotros se llama ZP, Rubalcaba, la abuelita presumida, Bono, Manolo el de la niña subvencionada, Moratinos, la Bibiana o el traidor Montilla, no hay duda. Que los pleromas, eones o demiurgos gnósticos, que nos han tocado en desgracia podían haber sido mejores, mucho mejores, infinitamente mejores, tampoco.    

Y es que la plasmación histórica de la teología monárquica ha sufrido algunos cambios.

Incluso entre las víctimas de la LOGSE es bien conocido que durante el siglo XIX existía una alianza entre el Trono y el Altar que apuntalaba mutuamente a ambas instituciones. Ahora, en el XXI, un binomio de esa alianza ha ido cambiando sustituyendo el Socialismo a la española a un cada vez menos influyente Cristianismo oficial como ideología legitimadora de la Monarquía, salvo quizás en las áreas separatistas clásicas, tradicionales focos de subversión carlista y antiliberal, del País Vasco, Galicia y Cataluña. Favores mutuos para legitimarse con la propaganda y hacer frente común a una realidad cada vez más lamentable para crecientes capas de la población que padece sus abusos.

Confiemos en que, al menos, las personas que sirven a la humanidad en el nobilísimo ejercicio de la medicina resistan las presiones contra su conciencia y se nieguen a practicar abortos de forma obligatoria.

Y para concluir, dentro del laicismo humanista y aconfesional en la que se quiere mantener el autor, cabe recordar las dos máximas básicas de buen gobierno que Don Quijote explicaba al Sancho Gobernador de Barataria: Respeta la Ley Moral que es inmutable y ajena al capricho del hombre. Y el famoso, conócete a ti mismo.

Ellos se conocen. No respetan la Ley moral. Deberíamos conocerlos también nosotros y actuar en consecuencia.

alfonsodelavega.com

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