«Fíjate en la diferencia entre Fabra y Monago», destacaba el pasado lunes un alto dirigente del PP con despacho en Génova 13, en la fiesta aniversario del diario La Razón. Ciertamente. El yin y el yang, la cara y la cruz.
El presidente valenciano estaba plantado como un ninot en el abarrotado centro de la gran sala del periódico que dirige Francisco Marhuenda. Inexpresivo, silente, enrojecido, cercado por un puñado de extras. En definitiva, una figura dispuesta a ser indultada o condenada al fuego eterno.
Cerca, dándose un baño de multitudes de los que hacen época, se movía radiante de un lado para otro, como pez en el agua, María Dolores de Cospedal, seguramente la gran valedora de Alberto Fabra tras el revés de los trajes de Camps y quien tiene en su mano prender la mecha que lo haga cenizas.
A la secretaria general del PP le gusta poco dar su brazo a torcer. Sin embargo, visto lo visto, es decir, descorchada la botella y probado que era gaseosa, no es desdeñable que para sus adentros diga ya: «¡Qué error, qué inmenso error!».
Lo ocurrido con el cierre de Canal Nou es otra muestra de quién maneja el PP de la Comunidad Valenciana.
Cerrar una televisión autonómica es una decisión política que puede gustar o no. Claro.
Tener que llevarla a negro porque la directora general, nombrada para hacerla viable económicamente, no ha sabido hacer su labor y te ha dejado sin posibilidad de maniobra política, es –como apuntan fuentes populares- «la pura demostración de la inoperancia».
Más cuando hasta el vicepresidente de la Generalitat, José Ciscar, hombre fuerte del PP alicantino, ha venido advirtiendo desde hace meses sobre cuál iba a ser el final de la película.
En el edificio madrileño de la gaviota preocupa el camino autodestructivo que recorre Alberto Fabra:
«La situación le tiene desbordado», se advierte, «tiene al partido sin norte».
Ni siquiera el propio Mariano Rajoy consigue alinear a la gente con el mandamás de la Generalitat.
El presidente ha telefoneado estos días a algunos insignes dirigentes de su partido en la Comunidad Valenciana para pedir un «cierre de filas» en este «delicado momento». Pero no ha tenido demasiado éxito.
«Nadie quiere tirarse de cabeza por el barranco de la mano de Fabra», advierten fuentes populares levantinas.
La otra cara de la moneda es José Antonio Monago. Se le vio feliz el lunes en Madrid. Comedido y prudente, como es él, pero cargado de cercanía. Con todos se paraba, para todos tenía una palabra llena de sentido común.
El presidente de Extremadura, a quien en ocasiones han tildado de «barón rojo» por el apoyo que IU le dio para gobernar su región y por las medidas «sociales» que ha venido adoptando, demuestra a propios y extraños lo importante que resulta, para manejar dineros públicos en un momento de crisis, haber sufrido en las propias carnes ese no saber cómo llegar a final de mes.
«En realidad –insistía el mismo dirigente popular que resaltaba las diferencias con Fabra–, Monago es el político del PP más parecido a Manuel Fraga y el que mejor interpreta las ideas de la derecha social arraigadas en la vieja Alianza Popular».
Eran casi las diez y media de la fría noche madrileña y José Antonio Monago seguía saludando a admiradores en las puertas de La Razón, en la calle Josefa Valcárcel.
Sabía que esa noche dormiría poco. A las cinco y media de la madrugada debía partir hacia Mérida para aprobar el Anteproyecto de Ley del Estatuto de Cargos Públicos.
Monago lucha contra el despego de los ciudadanos hacia los políticos con medidas regeneradoras, como limitar el mandato del presidente de Extremadura a ocho años.
Pero, sabe bien que la mejor forma de seguir pegado a los ciudadanos es teniendo presente que los políticos son personas de carne y hueso, con sentimientos, no muñecos de cartón plantados para ser exhibidos.
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