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De reparación histórica a coladero político

Pucherazo electoral: las 10 trampas de la ley de Nietos con las que Sánchez adultera el censo

La infame Ley de Memorñia Histórica, que Rajoy no quiso abolir, ha evolucionado de ser, en teoría, un acto de justicia histórica a funcionar un instrumento de ingeniería electoral al servicio de la izquierda

Manuel Trujillo 28 Jun 2026 - 09:23 CET
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La Ley de Nietos se presentó como un acto de justicia hacia los descendientes del exilio republicano.

Tenía una narrativa impecable: reparar la injusticia histórica de quienes tuvieron que abandonar España por la persecución franquista y que nunca pudieron recuperar el vínculo formal con su país de origen.

Era difícil, impopular y complicado oponerse a eso. Era, en sus términos originales, una medida razonable.

Lo que ha ocurrido después no tiene nada de razonable.

La periodista Isabel Durán ha documentado con precisión cómo esa ley de reparación histórica ha sido transformada, mediante instrucciones administrativas firmadas fuera del debate parlamentario, en la operación de ingeniería electoral más audaz que ningún Gobierno español ha intentado en democracia.

Un pucherazo legal que no altera urnas ni actas sino que reconfigura el censo desde dentro, incorporando millones de nuevos votantes desde América Latina con una discreción que contrasta con la magnitud de sus consecuencias políticas.

Las diez trampas del pucherazo

Los números que definen la magnitud

El CERA crece a un ritmo de entre 10.000 y 16.000 nuevos inscritos al mes. Si ese ritmo se mantiene hasta 2027, el censo exterior podría incorporar entre 600.000 y 800.000 nuevos votantes respecto a las elecciones de 2023. En un sistema electoral como el español, donde algunas provincias deciden su último diputado por apenas 77 votos, esa cifra no es trivial. Es potencialmente decisiva.

En recientes elecciones autonómicas, el PSOE sufrió derrotas significativas en el voto interior pero ganó gracias al voto exterior en varias circunscripciones. La combinación de un voto exterior históricamente más favorable a la izquierda y un censo exterior en crecimiento exponencial produce un efecto multiplicador que los estrategas del partido conocen perfectamente.

Algunos analistas han comparado la operación con las estrategias de Hugo Chávez en Venezuela, que utilizó la nacionalización masiva antes de referendos y elecciones para crear rápidamente un bloque electoral agradecido al poder. La comparación es incómoda pero las similitudes estructurales, concentración geográfica de nuevas nacionalidades, utilización de la identidad nacional como herramienta de movilización electoral, creación sistemática de nuevos votantes sin debate legislativo, son difíciles de ignorar.

Lo que PP y VOX no están haciendo

Aquí está la parte del problema que menos se discute públicamente y que quizás sea la más importante: la oposición no se ha tomado este asunto con la seriedad que su magnitud requiere.

VOX ha denunciado el pucherazo con energía retórica pero sin traducir esa denuncia en una estrategia parlamentaria y jurídica coherente que obligara al Gobierno a dar explicaciones concretas sobre cada instrucción administrativa, cada reapertura de plazos y cada procedimiento acelerado en consulados específicos.

El PP, que tiene los recursos y la estructura para construir esa estrategia, da la impresión de no saber exactamente qué hacer con este asunto. O de no querer hacerlo porque teme que una oposición demasiado visible a la Ley de Nietos sea interpretada como hostilidad hacia los descendientes de emigrantes, un frente comunicativo complicado de gestionar. El resultado es que el partido que debería liderar la denuncia de la mayor operación de ingeniería electoral de la democracia española la menciona en conferencias de prensa pero no la convierte en el eje de una campaña sostenida de presión institucional.

Esa ambivalencia de la oposición es, paradójicamente, uno de los activos más valiosos de Sánchez en esta operación. Si PP y VOX hubieran presionado con la misma intensidad que el asunto merece, obligando al Gobierno a defender públicamente cada instrucción, cada reapertura de plazo y cada expediente aprobado con documentación dudosa, el coste político de la operación habría sido mucho mayor.

En cambio, la maquinaria sigue funcionando en silencio, produciendo nuevos votantes a razón de miles por mes, mientras la oposición alterna entre la denuncia ocasional y la inacción sistemática.

El pucherazo que no toca las urnas

Lo más sofisticado de esta operación es precisamente lo que la hace tan difícil de combatir: no altera ningún resultado electoral directamente. No falsifica actas, no rellena urnas, no compra votos en el sentido tradicional. Simplemente cambia quiénes tienen derecho a votar, dónde se inscriben y en qué proporción favorecen al partido que ha gestionado su nacionalización.

Es un pucherazo que opera aguas arriba del proceso electoral, antes de que haya campaña, antes de que haya papeletas, antes de que nadie pueda denunciar una irregularidad concreta porque cada paso individual del proceso es formalmente legal.

Esa legalidad formal es el escudo que Sánchez utiliza cuando se le acusa de manipulación electoral. Y es también la razón por la que la oposición no sabe exactamente cómo atacarlo: no hay un acto ilegal singular que señalar sino una acumulación de interpretaciones extensivas, instrucciones administrativas y procedimientos acelerados que en conjunto producen un resultado que ninguna mayoría parlamentaria ha autorizado explícitamente.

La Ley de Nietos fue concebida bajo principios de memoria democrática. Lo que Sánchez ha construido sobre esa base es otra cosa. Y si PP y VOX no consiguen articular una respuesta que esté a la altura de la amenaza que representa, el censo de 2027 reflejará esa incapacidad con una precisión que ningún sondeo puede anticipar completamente.

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