Resulta irónico que Mariano Rajoy tuviera que empezar su campaña electoral hacia las generales reconociendo una derrota, la sufrida en las urnas del domingo pese a que sobre el papel el PP obtuvo dos puntos de ventaja sobre el PSOE y casi 450.000 votos.
Resulta irónico pero así ocurrió este lunes. Porque lo sucedido en el Comité Ejecutivo Nacional del partido y en la posterior rueda de prensa -la primera en tres años en Génova 13- fue precisamente eso: Rajoy presentó sus credenciales para ser el candidato de un partido aún grogui por el golpe.
Lo que realmente preocupa al líder de los populares ahora es que, una vez superado el shock inicial en el que sus dirigentes siguen inmersos, comiencen a sonar los tambores de guerra pidiendo un Congreso extraordinario o cuanto menos caras nuevas, reconocen desde su entorno a El Semanal Digital.
Su obsesión, por tanto, es mantener la cohesión interna y prietísimas las filas durante el próximo medio año, consciente de que los ciudadanos castigan la división, y es lo que les faltaba. De ahí que, en un gesto muy calculado, Rajoy reconociera este lunes ante sus compañeros del Comité que los resultados no son buenos y asumiera la responsabilidad.
Con ello, con esa pequeña concesión a quienes llevan tiempo pidiendo autocrítica, detuvo el primer golpe. Tal es así que los populares, en su mayoría, salieron de la reunión con el consuelo de que su presidente ha captado el mensaje, aunque haya sido a la tercera (tras las europeas y las andaluzas). No obstante también salieron con la convicción de que no habrá cambios internos ni grandes virajes en la estrategia, más allá de ser «más cercanos» y comunicar mejor, como resumió.
Ahora bien, ¿les bastará a los dirigentes del PP y barones territoriales el golpe en el pecho de Rajoy para callar? Complicado. En contra del presidente y de su pretendida unidad interna juega el hecho de que muchos de los implicados ya tienen poco o nada que perder (sobre alguno hay rumores de retirada), como José Antonio Monago, Esperanza Aguirre, Alberto Fabra y José Ramón Bauzá. Y micrófonos delante no les van a faltar cuando quieran desahogarse.
En el lado contrario, a su favor, juega que las elecciones generales están tan cerca en el calendario que ello anula cualquier movimiento crítico serio. Entendiendo por serio algo más que unos cuantos titulares, insuficientes para hacer dudar a Rajoy. Eso y que en pocas semanas María Dolores de Cospedal desembarcará a tiempo completo en Génova 13 dispuesta a guardar el fuerte.
Así que entre los populares cunde el pesimismo porque tienen la sensación de que están enteramente en las manos del presidente. A merced de su capacidad de reacción. Si acierta en su estrategia -él y Pedro Arriola, claro- y consigue ganar las generales con solvencia estarán salvados. Si no, habrá catarsis a comienzos del año próximo.
De todas formas, por ahora nadie tiene un plan mucho mejor aparte de «hacer política», como resumía Luisa Fernanda Rudi. Pero así, en abstracto.
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