Los afrikáners siempre han sostenido que ellos son pobladores primigenios de Sudáfrica. Argumentan que blancos y negros llegaron a un país vacío, desde extremos opuestos, casi al mismo tiempo, y por tanto ambos tienen e1 mismo derecho histórico a reclamarlo. Vasco de Gama y otros navegantes portugueses, que circundaron el continente un
Obsesionados por la existencia de una montaraz población no británica, las autoridades impusieron una vigorosa política de anglicanización general. El holandés fue eliminado como lengua tanto en la Administración Publica como en la Corte de Justicia y postergado gradualmente en iglesias y escuelas. Para cerrar el circulo, el Parlamento
Como ocurre con todos los pioneros, la existencia de los afrikáners no era fácil. Los que se habían acomodado en las feraces colinas de El Cabo, disfrutaban de abundantes cosechas, buen vino, suficientes esclavos y un puerto cercano. Los retraídos trekboers, por el contrario, conducían sus carros de bueyes por tortuosos senderos de montaña,
Los hugonotes no emigraban a África Austral para hacer fortuna o atraídos por el exotismo. Su obsesión era custodiar integra su fe e impregnaron la cultura bóer de arquetipos como austeridad, intolerancia y sentido del deber. No tenían patria a la que retornar. Estaban condenados a desarrollarse o desaparecer, porque habían cortado los
La pimienta tuvo la culpa. En 1453, la toma de Constantinopla por los turcos otomanos bloqueó para los europeos el acceso a las tierras de Oriente, ricas en seda y especias. Ahora, cuando el refrigerador doméstico parece tan natural como la lluvia, es difícil apreciar lo importante que eran las especias en aquel periodo. Servían de conservante
A principios de 1647, un barco perteneciente a la Compañía Holandesa de las Indias Orientales, llamado el Nieuw Haarlem, naufrago frente al Cabo. Los supervivientes alcanzaron a nado el litoral y durante un año se vieron obligados a permanecer allí, conviviendo con los nativos. En marzo de 1648 fueron recogidos por un barco de la Compañía
Durante los años 70 y los 80, la opinión dominante en círculos académicos y periodísticos fue que únicamente una revolución violenta, precedida de una inclemente actividad guerrillera con apoyo exterior, tenia posibilidades de destruir el apartheid el Sudáfrica. Desde posiciones supuestamente muy progresistas se descartaba cualquier
En esa ocasión, la víctima inocente fue uno de esos afrikáners tradicionalistas, devoto de la Iglesia Holandesa Reformada y votante del Partido Conservador, que abogaban por el retorno al granítico y obstinado apartheid de los viejos tiempos. Sufrió un despiste en una intersección de la autopista, se metió inadvertidamente en las laberínticas