LA ODISEA DE LA TRIBU BLANCA DE AFRICA (XI)

Desayuno con sangre y diamantes

La fascinante historia de los blancos de Sudáfrica

Desayuno con sangre y diamantes

El descubrimiento de oro y diamantes marcó un antes y un después en la historia de Sudáfrica.

Convirtió un país agrícola en uno industrial, atrajo a las gentes del campo hacia la ciudad y cambió sus vidas para siempre.

Sudáfrica dejó de ser un refugio para los nostálgicos de la simplicidad del siglo XVII y se transformó en la meca de los buscadores de fortuna y de los fundadores de grandes imperios económicos.

El proceso ocurrió a velocidad pasmosa.

Un día de 1866, en la finca de Daniel Jacobs, cerca del lugar donde confluyen el rio Vaal y el Orange, un forastero llamado Schalk van Niekerk observó a unos niños jugando al «klip-klip», una variedad de taba local.

Le llamó poderosamente la atención lo brillantes que eran los cinco guijarros.

Exactamente veinte años después, George Walker decidió dar un paseo por la finca de la viuda de Oosthuizen, en las estribaciones de la cordillera de Witwatersrand, y tropezó con una roca que despedía pálidos destellos.

La fiebre de los diamantes más grande de la Historia y la fiebre del oro más importante de los siglos acontecieron en el espacio de dos décadas.

No fue una fiebre a la antigua usanza, con asnos, taberneras y barbudos buscadores armados de palanganas y herrumbrosas cafeteras.

El mineral, de baja riqueza y sepultado en las profundidades, solo podía sacarse mediante un sofisticado procedimiento que requería grandes inversiones y un complejo entramado empresarial.

La extracción de diamantes comenzó en 1870, primero en la confluencia de los ríos Orange y Vaal, luego en varias granjas cercanas.

Una de ellas pertenecía a un afrikáner llamado Johannes Nicolaas de Beer y tenía en su interior el mayor deposito del mundo de «kimberlita azul».

En agosto de 1871, 5.000 personas horadaban afanosamente el suelo de la finca de De Beer, que paulatinamente se metamorfoseó en un monstruoso agujero, alrededor del cual creció la ciudad de Kimberley.

Agujero de la mina de Kimberly.

Tras los trabajadores arribaron los especuladores.

El pobre De Beer, desbordado por aquella calentura, vendió su granja-agujero a uno de ellos, Alfred Ebden, quien creo la De Beers Consolidated Mines, la compañía que controla actualmente dos tercios de la industria mundial del diamante.

En 1886, cuando se descubrió oro en Witwatersrand, el plantel de empresarios codiciosos que se habría instalado en Kimberley alargó sus tentáculos hasta Johannesburgo.

Entre ellos figuraba un recién llegado, Ernest Oppenheimer, fundador de la Anglo American Corporation, quien se hizo con el control de De Beers y con la mayoría de las empresas de extracción del oro.

El oro trajo también la mayor guerra que ha conocido el continente africano, un conflicto entre blancos en el que los negros fueron meros espectadores.

Al convertirse el Transvaal en una región de riqueza incalculable, los británicos no quisieron dejar pasar la oportunidad de añadir aquella joya a su Corona.

La guerra anglo-bóer comenzó en octubre de 1899.

Los prepotentes ingleses confiaban concluirla en la Navidad de aquel mismo año, pero fue la prueba más larga, costosa y sangrienta que sufrieron sus tropas desde la época de Napoleón.

Fue una guerra total, en la que miles de familias afrikáners quedaron sin hogar y sin medios de supervivencia.

Los agobiados soldados británicos incendiaban las granjas, para impedir que los bóers recibieran apoyo y encerraban a sus familias en «campos de concentración».

Fue la primera vez en que se uso esa denominación.

La intención de las autoridades era aparentemente inocua, pero, en las condiciones en que se llevaron a cabo los internamientos, difícilmente podían coincidir los buenos propósitos con los resultados.

Más de 26.000 personas, casi todas ellas mujeres y niños, fallecieron en los campos de concentración, víctimas de la desnutrición y las numerosas epidemias.

Diamantes en Kimberley en 1872.

La victoria, sellada con la Paz de Vereeniging en 1902, fue una mera ilusión. Aunque la guerra había aplastado el mundo afrikáner, su mentalidad y su voluntad no habían hecho sino fortalecerse con el conflicto.

Unos granjeros atrasados se habían medido con los regimientos militares mas poderosos del planeta y podían decir que eran tan buenos o mejores que ellos.

La conciencia nacional de aquel pequeño pueblo de individualismo exacerbado se vio reforzada y, más que nunca, los bóers sintieron que aquellas tierras eran única patria.

Su derrota no fue interpretada más que como el punto culminante de un siglo de agravios.

Durante y después de la contienda, los afrikáners gozaron de la simpatía internacional.

Al llegar al poder en Gran Bretaña el Partido Liberal, en 1905, el nuevo gobierno de sir Henry Campbell-Bannerman decidió iniciar una política de reconciliación.

Cuatro años más tarde, en un acto de generosidad sin precedentes con un enemigo derrotado, Campbell-Bannerman concedió la independencia a la Unión formada por las dos repúblicas bóers y las dos colonias británicas.

Fue también un acto de traición sin precedentes hacia los sudafricanos negros.

La metrópoli imperial daba la independencia soberana a una minoría racial, abandonando a su suerte al resto de los habitantes de su colonia.

La revolución industrial había causado un profundo trauma social en Europa, donde se desarrolló progresivamente.

No es complicado imaginar el efecto que produjo en Sudáfrica, donde sorprendió a la «Tribu Blanca» y a las tribus negras escasamente preparadas para enfrentarse a lo que se avecinaba.

La devastación de la guerra, la endémica escasez de tierras y una serie de catástrofes naturales aceleraron el éxodo hacia las ciudades, hasta entonces dominio exclusivo de los angloparlantes.

Por primera vez, afrikáners y negros entraron en contacto directo y se vieron obligados a competir.

En la ciudad, el afrikáner se sentía extraño. Sin dinero y sin cualificación, no había sitio para él en la economía urbana.

Una vez vencida su aversión a las labores manuales —«la tarea del cafre»—, fuera donde fuera a pedir trabajo, siempre había un negro tras él.

Un negro igualmente sin oficio e igualmente extranjero, pero dispuesto a ofrecer mucho más sudor por menos salario.

En Johannesburgo crearon sopas populares para alimentar a afrikáners desnutridos.

La tercera parte de las familias, según el Informe Carneggie, sobrevivía en condiciones «inapropiadas de una existencia civilizada».

Hubo mujeres obligadas a prostituirse para alimentar a sus hijos. Por primera vez en su historia, aquellos rudos hombres de la planicie, orgullosos y libres, paladeaban el amargo sabor de la humillación.

Esta experiencia desoladora modificó profundamente a la «Tribu Afrikáner» y endureció sus actitudes racistas.

El enemigo no era ya solamente el británico, sino también el negro.

Guerra anglo-bóer.

Había desaparecido aquella seguridad de la relación amo-sirviente que se daba en las granjas, donde la autoridad del bóer sobre sus boys nunca era cuestionada y había margen para el paternalismo.

En la urbe, el blanco pobre formaba parte del proletariado igual que el negro. Su superioridad había dejado de ser automática, sentía la necesidad de demostrarla, y lo único de que disponía para hacerlo era su piel blanca, el símbolo de su status racial.

El color se convirtió en lo mas importante, aquello que le impedía hundirse hasta e1 fondo en la escala social. El mantenimiento de las diferencias raciales se volvió una necesidad perentoria.

Kimberley vio nacer la primera gran concentración de trabajadores africanos. Las minas de Witwatersrand, la segunda.

En 1890 había 14.000 mineros negros. A principios del siglo xx eran ya mas de 100.000.

La necesidad de mano de obra era tan imperiosa que los empresarios mineros decidieron recurrir a la «importación».

En el siglo XVII sus antepasados de El Cabo habían adquirido esclavos malayos. En el siglo XIX, los latifundistas de Natal habían hecho venir decenas de miles de indios para cortar caña de azúcar en sus plantaciones. Ellos trajeron chinos.

El primer contingente, compuesto por 10.000 personas, desembarcó en África del Sur en 1904. Cuatro años mas tarde, sumaban ya 80.000.

Todavía peor pagados que los negros y mas manipulables debido a su desconocimiento del idioma, los chinos llegaban con un contrato cerrado, donde se fijaba hasta la fecha de retorno a su puerto de origen.

Juzgando las condiciones demasiado duras, algunos desertaron de las minas y, sin lugar adonde ir, se convirtieron en bandidos y se dedicaron a asaltar granjas.

En 1910, la mayor parte fueron enviados de vuelta. Tan solo permanecieron en Sudáfrica unos pocos miles.

Medio siglo después, sus descendientes recibieron trato de «blancos honoríficos», cuando las aisladas autoridades del apartheid necesitaron estrechar lazos con los chinos de Taiwán.

Al igual que en las islas holandesas del Caribe, la amalgama de esclavos procedentes de sitios diversos dio origen al «papiamento», esa jerigonza hecha con retazos de varios idiomas, el abigarrado mundo de las minas produjo el «fanagalo», una lengua franca construida con vocablos zulúes, xhosas, ingleses, holandeses, alemanes y de origen inescrutable, que todavía sirve de dialecto común a capataces y mineros sudafricanos.

Los blancos pobres poseían en su arsenal un arma de la que carecían los negros: el voto.

Puesto que los afrikáners representaban la mayor parte del electorado de lo que era ya un Estado casi soberano, intentaron instrumentalizar al Gobierno para resguardarse de la competencia y elevarse cultural y económicamente, siempre en perjuicio de los negros.

Los primeros en abrir camino fueron los británicos, bajo cuyo dominio se promulgó en 1893 una ley que reservaba a los blancos la manipulación de dinamita.

En 1911, se amplió la reserva a conductor de locomotora y capataz minero.

Además de crear un «coto laboral» para los blancos, se fundaron compañías estatales para darles empleo.

La industria del acero, la electricidad y el ferrocarril fueron nacionalizados. Fuera del Bloque Soviético, ningún país del mundo tuvo nunca una porción tan grande de su sector secundario controlada por el Estado.

A los cuatro años de la Unión, el movimiento nacionalista se dividió. El general Barry Hertzog se separó de sus antiguos compañeros de armas, Botha y Smuts, para formar el Partido Nacional.

Desde el primer instante, el nuevo partido sintonizó con las reivindicaciones más vitales de la rama de la «Tribu Blanca» instalada en las minas.

En los pozos coincidían inmigrantes, encallecidos en el sindicalismo británico, y afrikáners sin nada que perder. Ambos grupos desconfiaban de sus perfumados patronos y alimentaban la fundada sospecha de que se les quería sustituir por mineros negros, mas baratos y sumisos que ellos. La prueba de fuerza era inevitable.

En enero de 1922, más de 25.000 mineros blancos desataron una huelga general para reforzar las barreras raciales en el empleo.

Los huelguistas utilizaron como lema una adaptación de la mas famosa proclama comunista: «¡Trabajadores de todo país! ¡Uníos por una Sudáfrica blanca!»

El recién fundado Partido Comunista se sumó al movimiento, a pesar de su estrafalario eslogan, y la bandera roja con la hoz y el martillo ondeo sobre los pozos ocupados.

Los comunistas intentaron atemperar el racismo de los huelguistas, pero no pudieron impedir sangrientos enfrentamientos con los mineros negros.

El Gobierno del general Smuts no vaciló un ápice e hizo entrar en acción hasta a sus aviones de guerra.

Tras cuatro días de tumultos, los huelguistas fueron arrollados. Hubo en total 153 muertos, 500 heridos graves, 5.000 arrestados y 4 condenados a muerte. Los mineros se tomaron cumplida revancha.

Unos meses después, cuando los blancos celebraron elecciones generales, el Gobierno de Smuts fue derrotado y sustituido por una coalición formada por el Partido Laborista y los nacionalistas de Hertzog.

Bajo el manto de un supuesto nacionalismo socialista, bullía un programa cuyo verdadero propósito era la protección del proletariado blanco frente a las reclamaciones del proletariado negro.

Los comunistas consideraron aconsejable  cambiar el fusil de hombro y a partir de ese momento militaron en favor de una «república indígena».

Abrieron sus filas a todos los sudafricanos e intentaron reclutar negros, organizando cursos de alfabetización en los guetos. Utilizaban como texto el ABC del comunismo de Bujarin.

A pesar de su entusiasmo proselitista, tuvieron que esperar hasta después de la II Guerra Mundial para hacerse sentir.

Dentro del clima de segregación generalizada, El Cabo aparecía como una isla de tolerancia racial.

Cuando la reina Victoria otorgó en 1853 una Constitución a la colonia, el derecho de voto no se reservó a los blancos.

Cualquier ciudadano que ganase mas de 50 libras al año o poseyese un inmueble podía participar en las elecciones.

A principios del siglo XX, los no-blancos facultados a votar suponían un buen puñado de papeletas.

Con la derrota de los bóers, los negros esperaban que el liberalismo de El Cabo se extendiera a toda Sudáfrica.

Por el contrario, la independencia impuso la línea dura de las repúblicas boers a las antiguas colonias británicas y la esperanza de una integración racial apacible se esfumó.

En 1913, a los tres años de la Unión, el nuevo parlamento soberano aprobó la Land Act, que prohibía a los negros adquirir tierras fuera de unas áreas «reservadas» que constituían el 10 % del país.

Según la ley, solo los sirvientes podían vivir en las granjas blancas. Los demás debían ser expulsados.

De golpe, la población indígena se convirtió en extranjera en su propia tierra, que ahora pertenecía exclusivamente a los blancos.

«Al despertarse la mañana del viernes 20 de junio de 1913, el indígena de Sudáfrica se ha encontrado en la posición de paria en su tierra natal.»

Fue con esa frase, escrita a bordo del navío que le transportaba a Gran Bretaña, con la que Solomon T. Plaatje, periodista y nacionalista negro, comenzó Native Life in South África.

Era el año 1914 y Plaatje se dirigía a Londres, junto a una delegación de notables, para demandar a la potencia europea que impidiese la creciente segregación racial en Sudáfrica.

Para convencer a los ingleses, este antiguo alumno  de  los  misioneros  que  actuó  como  intérprete del general Baden-Powell durante la Guerra de los Bóers aprovechó la travesía para redactar un libro dedicado en exclusiva a los perversos efectos de la Land Act.

El objetivo no confesado de esta ley era proporcionar tierras a los sudafricanos blancos y mano de obra barata para la industria y la minería.

Su aplicación ocasionó desahucios en serie. Familias completas, que llevaban generaciones residiendo en granjas donde se les permitía desde siempre criar ganado o cultivar un huerto, fueron expulsadas.

Sobre los caminos del Estado Libre de Orange, Plaatje se cruzó con negros que erraban con sus rebaños a la busca de tierra.

«Hasta que no contemplé aquellos animales famélicos —escribió en su libro- no me había venido nunca a la mente la idea de que es tan duro ser el animal de un hombre negro, como ser negro en Sudáfrica.»

Plaatje confiaba en conmover a la opinión publica británica con su prosa y que Gran Bretaña impondría su veto a «tanta iniquidad».

El periodista se equivocaba. La Unión Sudafricana era un territorio auto-gobernado, la I Guerra Mundial estaba a punto de estallar y los negros del cono sur no eran una prioridad para los parlamentarios de Westminster.

Uno de los efectos inmediatos de la Land Act fue precipitar a más de un millón de sudafricanos negros hacia las ciudades.

La sacudida que recibieron no fue menor que la que habían padecido los afrikáners. No sólo eran explotados de la manera más cruel, en los trabajos más duros y peor remunerados.

También se les impedía adquirir conocimientos o aprender nuevos oficios que supusieran su revalorización en el mercado de trabajo.

Pero si la Land Act fue el principio de la explotación sistemática, también lo fue de la resistencia organizada.

Sorprendentemente, fue la reducida comunidad india la que suministro a los negros las directrices de un movimiento político organizado y la que inicio la larga lucha por la justicia y la igualdad racial.

El artífice fue Mohandas Karamchand Gandhi, el profeta del ahisma, la no violencia.

Gandhi llegó a Sudáfrica en 1893, con 23 años, como abogado de una compañía mercantil india a la que debía representar ante el Tribunal Supremo de Pretoria.

Un desagradable incidente en el vagón de primera clase de un tren, del que fue sacado a patadas a pesar de disponer el preceptivo billete, actuó en él como un detonador.

El joven letrado aprovechó su estancia para hacer una serie de discursos sobre la injusticia racial y al llegar el momento de su marcha, la comunidad india le pidió que se quedara para liderar la campaña contra una ley que pretendía privarles de sus derechos.

Gandhi aceptó alargar su estancia un mes, que se prolongó a 21 años, durante los cuales formo el primer Congreso Indio de Natal y más tarde el Congreso Indio de Transvaal.

Movilizando a toda su comunidad, Gandhi lanzó campaña tras campaña para protestar contra la discriminación racial que sufrían los indios.

Para los sudafricanos negros, Gandhi fue una fuente de inspiración, aunque nunca hizo campaña por su causa.

En 1914, Gandhi abandono Sudáfrica para organizar su movimiento de liberación en India. Dos años antes se había formado el Congreso Nacional Nativo Sudafricano (CNNS), que en 1923 adoptaría el nombre de Congreso Nacional Africano (CNA). En cierto modo, Gandhi fue su progenitor.

El 8 de enero de 1912 se reunieron en la antigua capital bóer de Bloemfontein comerciantes, notables, eclesiásticos y profesores negros.

«Constituimos un pueblo; las divisiones y los celos representan la causa de todos nuestros problemas y de nuestra actual ignorancia», declaró Pixley Ka Izaka Seme, un joven abogado negro, graduado en las universidades de Oxford y Columbia, elegido tesorero.

Ante la amenaza que suponía la Land Act, todavía en proyecto, Seme había contactado con tres de sus colegas y juntos habían decidido organizar una conferencia nacional.

Los líderes negros llegaron de todos los rincones, incluidos los territorios vecinos de Bechuanalandia, Basutolandia y Swazilandia.

Una de las decisiones del CNNS fue enviar con toda urgencia a Londres a una delegación.

Esa fue la comitiva de la que formó parte el periodista Plaatje y a la que los estirados británicos recordaron cortésmente que Sudáfrica era un país independiente y que debían intentar solucionar sus problemas a través de su sistema político.

Eso fue lo que trataron infructuosamente durante cuarenta años los nacionalistas negros.

Por lo que respecta a los bóers, aunque la urbanización resultó una experiencia devastadora para ellos, también les brindó la oportunidad del renacimiento.

La ciudad socavó la moral del granjero blanco y violó sus tradiciones, pero en ella nació una nueva intelligentsia afrikáner, capaz de censar los agravios sufridos durante un siglo y de formular una ideología para la redención de su pueblo.

Era la época en que emergían dictaduras fascistas en Europa y estaban en auge los nacionalismos.

Hitler ponía los cimientos del III Reich, renacido tras la derrota y la depresión de la Republica de Weimar.

Los afrikáners siempre habían albergado un vinculo emocional con Alemania y algunos de los jóvenes graduados se dirigían allí para doctorarse en sus universidades.

A su regreso, se habían imbuido del idealismo mesiánico profesado por los teólogos de la Iglesia Holandesa Reformada, que también habían vuelto de Europa con nuevas ideas.

Para ellos, la estricta separación de los pueblos de Sudáfrica era política y teológicamente necesaria para la supervivencia de la nación afrikáner.

Al deseo natural de los blancos, se sumaba la voluntad de Dios Todopoderoso.

En Forster, The Man, el escritor John D’Oliveira reflejó una anécdota infantil, que tiene como protagonista al futuro primer ministro y en la que su hermano explica que el libro favorito de los niños afrikáners en esos años trataba del sufrimiento de los bóers ejecutados por los británicos.

«Cada noche, repasábamos una parte —relata Vorster—. Tras lavarnos y recitar nuestras oraciones, nos sentábamos sobre una cama grande y el mayor leía hasta que su voz se quebraba por la emoción. El siguiente cogía el libro y seguía hasta que no podía articular palabra. Y así, hasta que todos llorábamos sobre la cama. Los ingleses eran el enemigo y los bóers nuestros héroes.»

Uno de los instrumentos clave del renacimiento afrikáner fue una misteriosa organización denominada la Broederbond.

Sobre el papel, la «Fraternidad» era una simple «asociación cultural». En la practica fue el verdadero poder en la sombra.

La Broederbond comenzó en 1918 con la reunión de catorce jóvenes, entre los que había empleados de los ferrocarriles, eclesiásticos y policías, en una modesta villa de Malvern, cerca de Johannesburgo.

Los jóvenes estaban preocupados por las penosas condiciones de vida de los afrikáners en los duros años de la confusión urbana y decididos a encumbrarlos hasta el lugar de Sudáfrica que por derecho propio les correspondía.

En Malvern acordaron fundar una organización secreta, «con el fin de trabajar por la supervivencia del pueblo afrikáner y la promoción de sus intereses».

La organización se desarrolló como una ubicua mafia política, presente en todas las comunidades e instituciones sudafricanas.

En pleno auge, en los años 70, contaba con 12.000 miembros cuidadosamente seleccionados, que prometían guardar secreto y servir la causa del afrikanerdom en una ceremonia iniciática semirreligiosa.

Abogados, médicos, teólogos, profesores, periodistas, empresarios y funcionarios de la elite comprometida de la sociedad afrikáner estaban organizados en unas 800 células repartidas por todo el país.

Todos los primeros ministros nacionalistas, los comandantes militares, los altos funcionarios… salieron de la Broederbond.

Su influencia fue notable en todos los ámbitos de  la vida sudafricana. Durante más de medio siglo, ninguna idea de la política afrikáner fue expresada en público sin que antes  hubiera sido ponderada, analizada e intensamente debatida por los broeders.

Ellos fueron en realidad los verdaderos autores del apartheid.

En 1934, para romper el monopolio financiero británico —Barclays, Standars y Netherlands— impulsaron la creación del Volkskas, un banco sin un solo anglo en su plantilla.

Para soldar a la comunidad, la Broederbond alentó el simbolismo de la epopeya bóer.

El 16 de diciembre de 1938, tras meses de desfiles y agitación, decenas de miles de afrikáners, con carros de bueyes, antorchas y caballos, convergieron en la colina cercana a Pretoria, donde se había librado la batalla del Blood River contra los zulúes y plantaron los cimientos del Monumento a los voortrekkers.

En agotadoras sesiones nocturnas, con profundos y enconados debates, la Broederbond fue perfilando el diseño global del apartheid.

El esquema de lo que pretendían los broeders fue reflejado por Geoff Cronjé en su obra A Horne for Posterity.

El principal objetivo, tal como puntualizo Cronjé era garantizar una patria para la nación afrikáner, pero era preciso también que los negros y los mestizos dispusieran de patrias separadas «donde pudieran desarrollar su propia nación y crear su propia cultura».

La segregación tradicional no era suficiente, pues atosigaba a los negros constriñéndolos dentro de la estructura sociopolítica blanca.

Tenía que haber una separación completa y radical. Solo así podría preservarse la diversidad cultural y racial de Sudáfrica según la voluntad de Dios.

Una de las ideas subyacentes a esta teoría era la superioridad de los blancos —no solo cultural, sino también biológica— sobre los negros.

Para Cronjé, la segregación total era necesaria para proteger a la raza blanca de la degeneración biológica.

La completa separación racial significaba también la progresiva exclusión de la mano de obra negra, aunque ello supusiera un tremendo sacrificio para los afrikáners y para la economía sudafricana.

Durante dos décadas, Hertzog batalló para estimular a los afrikáners psicológica y económicamente, de forma que algún día pudieran enfrentarse de igual a igual a los británicos e integrarse con ellos en una nueva Sudáfrica.

Tras nueve años como primer ministro, Hertzog pensó que había llegado el momento de la reconciliación y propuso la formación de un gabinete de coalición a su antiguo adversario, Smuts.

Este aceptó, la coalición se convirtió en fusión y un nuevo Partido Unido gobernó el país con una amplia mayoría, con Hertzog como primer ministro y Smuts como viceprimer ministro.

Un año después de la fusión, los elementos mas radicales del movimiento nacionalista se separaron para formar el Partido Nacional Purificado, bajo el liderazgo de Daniel Malan, un ex pastor de la Iglesia Holandesa Reformada.

A pesar de todo, Sudáfrica parecía imbuida de un nuevo espíritu de unidad.

Hasta septiembre de 1939, reinó la calma que precede a la tempestad.

La II Guerra Mundial hizo saltar en añicos el espejismo de la serenidad.

ALFONSO ROJO

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Autor

Alfonso Rojo

Alfonso Rojo, director de Periodista Digital, abogado y periodista, trabajó como corresponsal de guerra durante más de tres décadas.

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