LA ODISEA DE LA TRIBU BLANCA DE AFRICA (XV)

Uno de los nuestros

La fascinante historia de los blancos de Sudáfrica

Uno de los nuestros
Un padre afrikáner entrenando a sus hijos para defenderse. PD

El 2 de febrero de 1990, en una intervención de apenas una hora, De Klerk legalizó el Congreso Nacional Africano, prohibido durante treinta años.

Suspendió la aplicación de la pena de muerte y manifestó su disposición a negociar, para hacer una nueva Constitución en la cupieran todos.

Tenía 54 años cuando tomó todas estas trascendentales decisiones, orientadas a compartir el poder con los 30 millones de negros.

Era un típico apparatchik. Conservador, pero pragmático.

Descrito como uno de los más aventajados alumnos del presidente P. W. Botha, no dudó en acariciar los tímpanos del ala liberal del partido con un discurso reformista pero lo suficientemente ambiguo como para no asustar al sector conservador, cuando calibró que había llegado el momento de la jubilación para el «viejo cocodrilo».

En febrero de 1989, De Klerk logró auparse al liderazgo máximo del Partido Nacional, aprovechando la enfermedad de Botha.

El 15 de agosto de 1989, sucedió al «viejo cocodrilo» en la Presidencia de la Republica.

Apenas instalado en el cargo, desmanteló la «segurocracia» puesta en pie por su predecesor.

Reestructuró el ejecutivo, dándole un estilo más colegial.

Reforzó la autoridad del Gabinete y retiró al «Consejo de Seguridad del Estado» la exclusividad sobre la seguridad nacional.

El nuevo estilo, menos autoritario que el anterior, contaba con el respaldo de la poderosa Broederbond, que desde 1983 y bajo la dirección de su nuevo jefe, Pieter Lange, hacia circular un documento sobre las condiciones mínimas para la supervivencia de los afrikáners, que culminaba con la idea: «el riesgo mayor es no asumir riesgos».

Las iniciativas del nuevo presidente en este periodo fueron sobre todo gestos simbólicos, destinados a crear un clima de confianza susceptible de facilitar el dialogo con la comunidad negra.

En esta estrategia se inscribieron la liberación sin condiciones de siete dirigentes históricos del CNA, entre ellos el anciano Walter Sisulu, y la autorización de mítines públicos.

En noviembre de 1989 De Klerk anunció el inminente fin de la «Separate Amenities Act», que establecía baños, mingitorios, bancos, autobuses, taxis, cines y playas separadas para las distintas razas, y la entrada en vigor de una ley autorizando las zonas residenciales «grises».

El 2 de febrero de 1990 tuvo lugar por fin la histórica intervención ante el Parlamento.

«El Discurso» no fue obra de la improvisación. De Klerk no estaba tirando piedras sobre su propio tejado.

Uno de los mejores dramaturgos sudafricanos, Athol Fugard, lo formuló en palabras escuetas: «No estamos hablando de que Saulo se caiga de un caballo, sino de un poli- tico que lee avisos del cielo.»

Los «avisos del cielo» indicaban que la situación se agravaba sin remedio.

Que los pilares sobre los que se asentaba el apartheid no habían dado el resultado deseado.

La rica economía de los cinco millones de privilegiados blancos necesitaba para su funcionamiento diario de la mano de obra negra.

No podía sobrevivir sin los obreros negros, sin los consumidores negros, sin los técnicos medios negros.

De Klerk.

De Klerk y los dirigentes de su generación, fieles afrikáners como él, sabían que había que actuar de prisa.

El desplome del bloque comunista les brindó una ocasión de oro.

Con genial perspicacia, a los cinco meses de ser nombrado presidente, decidió que era imprescindible vadear el temido Rubicón racial cuando la «Tribu Blanca» todavía estaba en su esplendor.

Los movimientos de liberación negros habían fracasado en derrocar el régimen por la fuerza.

Los blancos aun podían desafiar el aislamiento internacional. No temían una revolución de las masas oscuras, a las que siempre habían controlado.

«El Discurso» fue una decisión calculada. Como en una partida de ajedrez, era el movimiento apropiado de un jugador inteligente que sabe interpretar los signos.

Uno de los hechos mas relevantes fue la sorprendente cohesión de que hizo gala el Partido Nacional.

Muchos observadores veteranos vaticinaron secesiones. Pronosticaron defecciones en masa hacia las filas del Partido Conservador.

A la hora de la verdad, el partido respaldo casi unánimemente la decisión de De Klerk.

Un apoyo especialmente llamativo, si se tiene en cuenta que muchos altos dirigentes nacionalistas fueron mantenidos en la ignorancia sobre el contenido preciso del «Discurso».

Las cruciales consultas del ultimo minuto no tuvieron lugar entre De Klerk y sus electores blancos, sino entre el presidente y un viejo opositor negro encerrado en prisión desde hacia 27 años.

La posibilidad de una coalición multirracial y la idea de un gobierno de unidad nacional surgieron en ese momento.

El secreto de la creciente aprobación a De Klerk entre la «Tribu Blanca» residió en la esperanza del grupo a seguir dominando Sudáfrica sin los abrumadores costes que solía llevar aparejados.

El abandono formal del apartheid permitía participar en los Juegos Olímpicos de Barcelona, ampliar e1 radio de acción de South African Airways o acceder a merca- dos hasta entonces cerrados.

Elegantemente, sin traumas, los sudafricanos blancos dejaban de ser unos proscritos.

Para explicar to que estaba ocurriendo, los sesudos analistas y los «progres» columnistas que llevaban años sosteniendo que solo una sangrienta revolución pondría término al apartheid, porque el monolítico régimen no podía efectuar la menor apertura sin desmoronarse, elaboraron inmediatamente un nuevo mito: La «Tribu Blanca» no había tenido otra opción que capitular en e1 interior de Sudáfrica, porque había sido derrotada militarmente en Angola y vencida económicamente por las sanciones.

Irónicamente, a los ojos de De Klerk y los suyos fue el triunfo bélico de las tropas del apartheid  y no su derrota, lo que condujo a la apertura y la negociación con e1 adversario.

«Los éxitos de la SADF en Angola al final de la década de los 80 pavimentaron el camino para un reparto de poder en Sudáfrica», declaró el general Magnus Malan, el vitriólico ex comandante en jefe de las fuerzas especiales.

Aunque los sudafricanos no perdieron la guerra en sentido estricto, la realidad es que habían dejado de tener superioridad aérea y el coste del conflicto, tanto en vidas como en dinero, amenazaba con dispararse.

El fin de la Guerra Fría, de la enconada disputa entre soviéticos y norteamericanos en los conflictos regionales y la desintegración del Bloque del Este actuaron como un aldabonazo.

Con el CNA debilitado por la desaparición de sus mecenas financieros e ideológicos, surgió la oportunidad de legitimarse internacionalmente.

Namibia, donde Sudáfrica seguía siendo un poder colonial en claro desafío a la comunidad internacional, era un obstáculo. El grotesco apartheid era otro.

De Klerk se desembarazó de la rémora Namibia el 21 de marzo de 1990.

En el estadio de Windhoek no cabía ni una cerilla. La multitud no paraba de danzar y de gritar «abajo, abajo» mientras la bandera sudafricana era arriada.

El presidente blanco seguía atentamente el acontecimiento con la mano derecha sobre el corazón.

Un atleta negro encendió la llama de la libertad en una pila situada sobre unos peldaños, ante la mirada atenta del secretario general de la ONU.

Sam Nujoma, el primer presidente de la Namibia independiente y líder de la Organización del Pueblo de África del Sudoeste (SWAPO).

Nujoma juró respetar la Constitución y se comprometió a asegurar la justicia a todos los namibios.

Después de 30 años de colonización alemana y 75 de «tutela administrativa» sudafricana, los dos millones de namibios repartidos en un territorio desértico tan extenso como Alemania y España juntas fueron declarados independientes.

El acto sirvió también para acabar con el aislamiento del régimen del apartheid, uno de los objetivos del nuevo presidente sudafricano.

La descolonización de Namibia fue un complejo proceso en el que coincidieron el interés de las dos superpotencias, la URSS de Mijail Gorbachov y los EEUU de Ronald Reagan, por acabar con los «conflictos regionales», con el ansia sudafricana de dejar de ser un paria en el concierto internacional.

Desde 1945 Pretoria se mantenía ilegalmente en Namibia violando descaradamente todas las disposiciones aprobadas por la ONU.

Esta organización reconoció en 1973 a la SWAPO como «único y auténtico representante del pueblo namibio», considerado por las autoridades racistas como «un movimiento terrorista».

Con su proverbial tozudez, los sudafricanos ignoraron a la ONU.

Dentro de la «Estrategia Total» de Botha, Namibia era una pieza esencial, cuyo territorio servía de cortafuegos a las penetraciones guerrilleras de Umkhonto we Stowe y de base avanzada para sacudir de vez en cuando a los 50.000 cubanos aliados del Ejército angoleño.

La situación todavía se complicó más, cuando los radicales negros de Robert Mugabe accedieron al poder en Zimbabue, en 1980.

A pesar de que la Unión Soviética era cada vez mas reacia a las intervenciones exteriores, sobre todo a partir de la traumática experiencia de la invasión de Afganistán, la rivalidad entre las dos superpotencias era todavía un fenómeno real.

En el teatro de operaciones de África Austral los combates eran crueles.

Los soldados «internacionalistas» de Fidel Castro batallaban sin cuartel contra los guerrilleros de la Unión Total para la Independencia de Angola (UNITA) y las de la Resistencia Nacional de Mozambique (RENAMO), que recibían asistencia habitual de los militares sudafricanos.

La guerra sorda que se libraba en la sabana angoleña y en la frontera namibia era cada vez menos comprendida en el interior de Sudáfrica.

Cada vez eran más numerosos los que manifestaban reticentes a cumplir dos años de peligroso servicio militar en una guerra absurda.

Cada vez que se recibía la noticia de un recluta mas caído en acción, crecían las protestas.

En mayo de 1988 Sudáfrica decidió coger el toro por los cuernos.

Delegados de Angola, Cuba y Sudáfrica aceptaron en Londres el «Compromiso Constructivo» preconizado por el norteamericano Chester Croker, responsable de Asuntos Africanos en el equipo de Reagan.

En diciembre de ese mismo año, en Brazzaville, pactaron la independencia de Namibia.

Se trataba de una serie de cláusulas, planificadas por Reagan en colaboración con Moscú, por las que la descolonización y retirada sudafricana se ligaba a la retirada de los 50.000 soldados cubanos y el cese de las hostilidades con Angola. Sudáfrica conservaba el control de Walvis Bay, el único puerto con aguas profundas de Namibia, y de las compañías mineras.

Un detalle esencial que paso casi inadvertido debido al huracán de declaraciones y crónicas periodísticas que rodearon la proclama del 2 de febrero fue la reiteración con la que los dirigentes blancos puntualizaron que la futura negociación no tenia nada que ver con una rendición.

Su objeto, dijeron, era esencialmente la forma de compartir el poder.

Las palabras de De Klerk no dejaban resquicio a la duda:

«A aquellos que arrogantemente equiparan el concepto de una nueva Sudáfrica con la Roma del poder, es preciso transmitir alto y claro el mensaje de que la nueva Sudáfrica no caerá victima de un sector de la población a expensas del resto».

Su electorado, afirmó De Klerk, no estaba dispuesto «a abandonar a hurtadillas el escenario de la Historia».

Los blancos, predijo el presidente, iban a seguir jugando «un papel clave».

No había percepción de derrota. Ni siquiera se admitió públicamente que la apertura había sido adoptada para reentrar en la economía mundial y eludir las sanciones internacionales.

La tesis oficial fue que el cambio en la URSS había animado al Gabinete a legalizar el Congreso Nacional Africano, porque sin el apoyo de Moscú el CNA era una fuerza «contenible».

ALFONSO ROJO

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Autor

Alfonso Rojo

Alfonso Rojo, director de Periodista Digital, abogado y periodista, trabajó como corresponsal de guerra durante más de tres décadas.

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