LA ODISEA DE LA TRIBU BLANCA DE AFRICA (XII)

La Pirámide del Apartheid

La fascinante historia de los blancos de Sudáfrica

La Pirámide del Apartheid
Apartheid; cuidado con los nativos PD

Lunes, 4 de septiembre de 1939: el primer ministro Hertzog propone al Parlamento que Africa del Sur, dominio del Imperio Británico, permanezca neutral en la guerra iniciada tres días antes entre Inglaterra y Alemania.

Pronuncia un brillante discurso, pero este afrikáner, que tanto había laborado para reconciliar a los dos bandos de la Guerra de los Bóers, se equivoca de registro: en lugar de subrayar que la neutralidad ahondaría la independencia de Sudáfrica, prorrumpe en una apología de Adolfo Hitler.

Es demasiado para varios diputados y su moción es rechazada por 80 votos contra 67.

Su sucesor, el general Smuts, para quien el conflicto mundial aparece como la ocasión dorada de realzar el papel de Sudáfrica e integrarla en la comunidad de naciones, declara la guerra a Alemania.

Fue el fin de la fusión. Hertzog rompió con Smuts y se pasó con 40 diputados al Partido Nacional Purificado.

De golpe y porrazo, la bancada de la oposición nacionalista se había doblado. Lo lógico era que Hertzog se hubiera convertido en su nuevo líder, pero los radicales le repudiaron.

El moderado ex primer ministro se retiró a su granja en el Orange Free State. Falleció poco después en Pretoria, en un hospital cuyos recepcionistas ni siquiera le reconocieron, cuando se presentó en la madrugada para que le atendieran.

Bastantes afrikáners se resistían a alinearse con los que consideraban verdugos de sus padres.

En vísperas de la II Guerra Mundial, un grupo de nacionalistas fundó la Ossewa-Brandvuag (OB): «La Banda de los Centinelas del Carro de Bueyes.»

La OB estaba estructurada sobre el modelo de los comandos de voortrekkers del siglo anterior. Su jefe era Johannes van Rensburg, bajo cuya batuta se reagrupaban 300.000 personas, entre las que había personajes como Balthazar Johannes Vorster, quien llegaría a primer ministro con el nombre de John Vorster.

Van Rensburg, jurista, militar y admirador sin complejos de la cultura germánica, dirigía también el movimiento semiclandestino de los Stromjaers: «Los Cazadores de la Tempestad.»

Cuando estalló la II Guerra Mundial, los miembros mas exaltados de la OB y un puñado de strornjaers constituyeron una «quinta columna» favorable a la Alemania nazi.

Volaron varios puentes y tramos de vía férrea para frenar la contribución de Sudáfrica a la causa aliada. Deseoso de marcar distancias, Daniel Malan, jefe del Partido Nacional, prohibió a sus seguidores afiliarse a la OB y a cualquiera de las organizaciones afines.

Muchos afrikáners le obedecieron. Otros, como John Vorster, se negaron.

En 1940, Vorster, por aquel entonces un joven abogado de Port Elizabeth, fue elegido jefe de la OB en el este de la provincia de El Cabo.

Vorster siempre insistió en que jamas había sido pro-nazi, sino un enemigo acérrimo del imperialismo británico, pero el 23 de septiembre de 1942 fue detenido acusado de espiar para los alemanes.

Pasó mas de un mes en aislamiento total y fue internado en un campo de concentración. Allí conoció a algunos de los «halcones» que integrarían posteriormente su equipo, entre ellos Hendrik van den Berg, futuro jefe del BOSS, el enigmático servicio secreto sudafricano.

Vorster salió del campo en 1944 y permaneció bajo arresto domiciliario hasta el fin de la contienda.

Durante la II Guerra Mundial, como había ocurrido entre 1914 y 1918, el racismo se mantuvo incólume.

En la I Guerra Mundial, fueron movilizados 25.000 sudafricanos negros. En la II Guerra Mundial, el numero de negros sudafricanos integrados en las tropas aliadas ascendió a 77.000. En ambos casos, se les regateó el armamento.

Para prevenir «contagios», las autoridades de Pretoria presionaron a los británicos para evitar que armasen a los reclutas de Bechuanalandia y Basutolandia.

Al llegar al frente egipcio, los voluntarios de estos dos protectorados británicos descubrieron con horror que en lugar de fusiles les facilitaban lanzas.

En la batalla de Sidi Rexegh, en Egipto, encontraron la muerte numerosos soldados de la Unión, incluidos varios camilleros negros.

Cuando el cuartel general sudafricano se enteró de que habían sido enterrados en una fosa común, exigió la exhumación de los cadáveres y su sepultura en tumbas separadas: una para blancos y otra para negros.

En Time Longer than Rope, el escritor Edward Roux cuenta que en septiembre de 1945, una  vez finalizada la guerra, el general Smuts retornó a Sudáfrica, donde le aguardaba una considerable multitud.

«Poco antes de la llegada del general, la policía militar dispersó a los negros  a  porrazo  limpio»   —testimonia Roux—. «Quedó claro que, aunque la guerra había sido librada por la libertad del mundo, las mujeres y hombres negros no debían olvidar cual seguía siendo su sitio».

Tampoco el sur de Estados Unidos se transformó inmediatamente en un jardín de rosas para los negros, pero en pocos rincones del planeta el mensaje fue tan diáfano.

Los soldados negros, retornados de los frentes de Europa y Africa del Norte, advirtieron irritados que las pensiones de desmovilización no eran iguales para todos: cinco libras para los blancos, tres libras para los mestizos y dos libras para los «indígenas».

En mayo de 1948, para sorpresa de todos, Jan Smuts, general bóer y mariscal inglés, fue derrotado en las urnas por Daniel Malan y su Partido Nacional.

La victoria de Malan brindó a los nacionalistas afrikáners la oportunidad de reestructurar el país según su visión de la sociedad ideal, intensificando y codificando el sistema segregacionista y articulando el racismo como filosofía nacional.

El futuro primer ministro Hendrik Verwoerd, en aquellos días director del diario Die Transvaler, celebró el triunfo de Malan con un comentario editorial inequívoco:

«Sudáfrica es el país del hombre blanco  y es él quien debe permanecer como su dueño; estamos dispuestos a dejar que los indigenas manden en sus reservas, pero en las zonas europeas, los blancos debemos ser los únicos dueños.»

Para despejar cualquier duda, en un congreso celebrado en 1947, la Iglesia Holandesa Reformada había explicitado los fundamentos teológicos del apartheid.

Entre las pruebas bíblicas aportadas estuvo la Torre de Babel. En opinión de los teólogos, la confusión de lenguas introducida por el propio Dios fue la demostración inequívoca de su voluntad contraria a la integración de las razas.

Una vez en el poder y con la religión a su espalda, los nacionalistas iniciaron un extraordinario programa legislativo, que convirtió a Sudáfrica en el único estado del mundo moderno, donde el racismo estaba codificado hasta en sus mas mínimos detalles.

El apartheid no fue solo una cuestión de compartimentos de trenes, salas de cine, autobuses, bancos o aseos reservados para una raza u otra.

El apartheid se refería al modo en que toda la sociedad estaba organizada.

Lo ocurrido en Sudáfrica a partir de 1948 representó uno de los ejemplos mas formidables de ingeniería social de los que ha sido testigo la Humanidad.

Era un sistema perverso, tan obviamente injusto que fue mundialmente reprobado, aunque muchos de los países que criticaron a Sudáfrica practicaban una discriminación brutal contra sectores de su población.

El apartheid contó con vitales complicidades internas. Los anglosajones dominaban a los afrikáners económicamente y los habían derrotado militarmente, pero fueron vencidos en el ámbito político.

A partir de las elecciones de 1948, formaron una comunidad casi patética, amorfa, incapaz de definir su papel entre racistas blancos y nacionalistas negros.

Obligados a elegir entre dos alternativas poco atractivas, optaron por retraerse a su mundo privado de negocios y vida familiar.

En parte fue un problema numérico. Eran la mitad que los prolíficos afrikáners.

También fue una cuestión de identidad. No ardían con un sentimiento de agravio o alimentaban el sueño de una misión divina. No tenían un credo, ni verdadera cohesión. Ni siquiera poseían un nombre apropiado: «sudafricanos de habla inglesa» es una denominación vaga, sin parangón con el magnetismo del término «afrikáner».

Los colonos británicos nunca quemaron sus naves ni cortaron sus lazos con su país de origen en la forma en que lo hicieron los afrikáners.

Su compromiso con Africa nunca fue tan total e irrevocable. Seguían siendo miembros de una gran familia internacional a la que siempre, in extremis, podían regresar.

Por encima de todo, los sudafricanos de habla inglesa estuvieron paralizados por su propio conservadurismo. Su tradición pragmática, su filosofía del vive y deja vivir, los incapacitó para competir con los nacionalistas afrikáners en el despiadado juego de la dominación racial.

Casi desde el principio, se consolaron con la excusa de que la política era algo sucio —particularmente en una situación que requería la subyugación constante de la gran mayoría de población negra— que era mejor dejar en manos de gente con pocos escrúpulos, capaz de hacer el trabajo sucio y repartir latigazos con el sjambok sin apenas pestañear.

Durante  décadas, ingleses  sudafricanos  fueron presentados como el paradigma de la moderación y la cordura, pero basta analizar lo ocurrido en la vecina Rodesia para llegar a una conclusión muy diferente.

Rodesia fue una colonia establecida a mediados del siglo XIX por un sudafricano de habla inglesa y fantasías imperiales llamado Cecil John Rhodes. La mayoría de su población blanca procedía de Sudáfrica.

Los  rodesianos  nunca  implantaron  un apartheid. Lo consideraban cruel y de mal gusto.

Hablaban de asociación, antes que de dominación y de mantener estándares, antes que de identidad racial, pero el sistema que impusieron era segregacionista, discriminatorio y estaba diseñado para mantener el control total sobre la mayoría negra.

Era menos dogmático, menos severo, menos publico y mucho mas hipócrita que el sudafricano.

Al final demostró ser igualmente inflexible: hubo 35.000 muertos, antes de que Ian Smith y sus granjeros blancos aceptasen que los negros tenían derecho a votar.

El entramado legal del apartheid se instaló en Sudáfrica como una pirámide.

Las leyes de discriminación racial existían mucho antes de 1948. La South Africa Act, aprobada por el Parlamento británico en 1909, había privado a los negros de derechos políticos.

El Natives Land Act de 1913 había creado las reservas nativas.

Otras leyes de los años 20 establecieron áreas segregadas en las ciudades y limitaron el numero de negros que podían trabajar en ellas. Pero estas medidas fueron solo la base de la pirámide.

Antes de llevar a cabo cualquier política basada en las razas, era preciso un mecanismo  que determinara a cual de ellas pertenecía cada individuo.

La Population Registration Act (1950) estableció las pautas para clasificar a cada persona y distinguió tres grandes categorías formadas por blancos, nativos y mestizos, esta ultima dividida a su vez en numerosas subcategorías.

La aplicación de esta ley sembró la desesperación en numerosas familias, que de la noche a la mañana se vieron separadas a causa de los criterios raciales.

Resulta asombroso que todo un organismo oficial se dedicara exclusivamente a catalogar a la gente pero, sin él, el sistema se habría colapsado.

La clasificación racial era un factor decisivo en cualquier área y en cualquier aspecto de la vida cotidiana que determinaba donde podía uno residir, estudiar, trabajar, viajar e incluso orinar.

Cada año, en un ejercicio surrealista, el ministerio de Ley y Orden publicaba estadísticas sobre cambios de raza.

En 1984, ocho «mestizos» se convirtieron en «chinos», nueve «chinos» se transformaron en «blancos», quince «indios» se hicieron «malayos», sesenta «africanos» se volvieron «mestizos», tres «blancos» fueron degradados a «indios» y setenta «mestizos» fueron  promocionados a la sagrada  categoría de «blancos».

La mayor parte de los cambios se efectuaban a demanda de los interesados, pero en ocasiones la iniciativa partía de las autoridades.

Una de las pruebas mas corrientes era la del peine: si se deslizaba por los cabellos, el interfecto era «blanco», si se quedaba prendido, era «mestizo».

La ascendencia, la aceptación por la comunidad afectada y el aspecto exterior —forma de la nariz, espesor de los labios, uñas…— constituían elementos orientativos.

Para responder a las exigencias diplomáticas, se creó la categoría de «blanco honorífico», estatuto conferido a los empresarios japoneses y a unos cuantos miles de chinos apadrinados por el régimen de Taiwan.

Una vez encasillada la población en categorías, estas debían convertirse en compartimentos estancos.

La Prohibition of Mixed Marriages Act (1949) y la Immorality Amendment Act (1950) proscribieron los matrimonios e incluso las relaciones sexuales entre blancos y no blancos.

Algunos incidentes podían haber servido como inspiración para una desternillante comedia si no hubieran tenido consecuencias tan dramáticas.

Los policías encargados del cumplimiento de estas leyes irrumpían en las habitaciones donde se sospechaba que personas de raza distinta mantenían relaciones sexuales y comprobaban con un termómetro la temperatura de las sabanas o husmeaban a la busca de rastros de semen.

En una ocasión, un joven oficial de la ciudad de Brits, en el Transvaal, sorprendió a un hombre blanco y a una mujer negra justo cuando acababan de fornicar.

El casto agente los forzó a acostarse de nuevo y los obligó a posar desnudos ante una cámara fotográfica, para dejar constancia de la actitud en que los había encontrado.

A finales de los años 70, un blanco y su novia negra se suicidaron tras ser condenados por el Immorality Act.

En 1982, un granjero fue sentenciado a morir en la horca, por asesinar a su sirviente negra tras descubrir que iba a tener un hijo suyo.

A pesar de las tragedias, la búsqueda del orden perfecto seguía adelante.

La Group Areas Act (1950) y la Resettlement of Natives Act (1954) establecieron la segregación total de las zonas de residencia y los reasentamientos de comunidades negras enteras.

Fueron abundantes los ejemplos como el de District Six o Sophiatown. Entre 1930 y 1950, Sophiatown era un suburbio de Johannesburgo, habitado por una comunidad variopinta, dinámica y vibrante, donde vivían negros como la familia del arzobispo Desmond Tutu, pero que atraía incluso a blancos de talante liberal o artístico.

Para el Gobierno, el «punto negro» de Sophiatown representaba la antítesis de sus ideales sociales.

En 1954, decidió enviar sus excavadoras y sus camiones transportaron a sus 60.000 habitantes negros hacia nuevos hogares, a una distancia prudencial de Johannesburgo.

Los expulsados fueron reinstalados en un barrio dormitorio llamado South Western Townships, mas tarde conocido por el acrónimo SOWETO.

Tras fumigar la zona, en los solares de Sophiatown se construyó un barrio blanco de clase media baja, que desde entonces se conoce como Triomf.

Aunque las instalaciones separadas en lugares públicos eran, desde hacia mucho tiempo, moneda corriente en Sudáfrica, los planificadores del apartheid insistieron en fijarlo todo por escrito y promulgaron la Reservation of Separate Amenities Act (1953).

Legalmente, eI propietario o encargado de un parque, un tren o una piscina, que dispusiera de instalaciones separadas para cada raza, incurría en delito si permitía su uso mixto.

Después de archivar los grupos, prohibirles que cruzaran la barrera racial hasta en la intimidad y separarlos en todas las circunstancias en que inevitablemente acababan encontrándose, el siguiente paso fue regular el numero de negros autorizado a vivir en los aledaños de las ciudades blancas.

Los indigenas fueron rebautizados como «trabajadores temporales», a los que se les permitía residir en zona blanca mientras se requiriera su trabajo.

De otro modo debían permanecer en las bantustanes. Aunque otras normas habían limitado anteriormente la libertad de movimientos de los negros, fue la Abolition of Passes and Coordination of Documents Act (1952), en contradicción con su propio nombre, la que impuso definitivamente el sistema de «salvoconductos internos».

Ningún negro podía permanecer mas de 72 horas en un área blanca, incluidas ciudades satélite como Soweto, a no ser que residiera allí continuadamente desde su nacimiento o que hubiera trabajado allí durante mas de diez años.

El derecho a permanecer en la ciudad era estampado en el pass book, símbolo del apartheid que los negros debían llevar consigo en todo momento.

El pass book incluía detalles sobre su portador y sobre su puesto de trabajo, así como el nombre y la firma de su patrón.

Ningún negro obtenía empleo sin presentar su pass book. Era un instrumento de control absoluto, destinado a limitar el flujo de africanos procedente de las reservas tribales.

La revolución afrikáner alcanzó su climax con la creación de los bantustanes negros, núcleo del sistema de apartheid.

El plan comenzó a fraguarse poco después de que los nacionalistas llegaran al poder, con un informe de 64 tomos elaborado por el profesor F. R. Tomlinson sobre el desarrollo de las áreas bantúes.

Tomlinson recomendaba que las 260 zonas tribales dispersas por todo el territorio sudafricano fueran englobadas en un pequeño número de homelands, cada uno poblado con una tribu negra predominante: zulúes, xhosas, tswana, etc.

Estos bantustanes debían convertirse en pequeños estados con sus propios gobiernos e incluso podrían formar una especie de commonwealth negra ligada a los antiguos protectorados británicos de Swazilandia, Basutolandia —ahora Lesotho— y Bechunalandia, la actual Botswana.

El artífice de los bantustanes fue Hendrik Frensch Verwoerd, ministro de Asuntos Nativos desde el fin de la II Guerra Mundial y primer ministro desde septiembre de 1958.

Verwoerd sucedió a Johannes Gerhardus Strijdom, quien había accedido al puesto de primer ministro en 1954, tras la retirada de Daniel Malan.

Hasta 1958, el Gobierno blanco se había dedicado a acentuar los aspectos puramente segregacionistas del apartheid. Verwoerd sentó las bases para alcanzar el objetivo final del plan diseñado por Cronjé: una separación racial absoluta y permanente.

Daniel Malan había sido un soñador. Verwoerd era un consumado ideólogo, inteligente, obsesivo y doctrinario.

Había ejercido como ministro de Asuntos Nativos a las ordenes de Malan y durante esa etapa elaboró sus propias tesis sobre el apartheid, partiendo del libro de Cronjé.

Solo esperaba poder llevarlas a la practica. Si Cronjé era el Marx del apartheid, Verwoerd fue su Lenin.

Tal vez no hubiera llegado tan lejos como lo hizo de no ser por la presión de los acontecimientos.

Un año antes de convertirse en primer ministro, Ghana obtuvo la independencia nacional. Era la primera colonia africana en dar ese trascendental paso.

El tiempo de los imperios tocaba a su fin. La Yugoslavia de Tito, la Indonesia de Sukarno y la India de Nehru parecían modelos admirables.

La fiebre por la liberación de los pueblos del Tercer Mundo se apoderaba del planeta.

La Asamblea General de la ONU, dominada por los soviéticos y la amalgama tercermundista, aprobaba una tras otra resoluciones condenando a los racistas sudafricanos.

A principios de 1959, en el discurso conocido como «La Nueva Visión», Verwoerd anunció que las reservas tribales negras, que él denominó bantustanes, estaban facultadas para acceder al autogobierno e incluso a la independencia total.

Así, en un intento de presentar el apartheid como una forma de descolonización dentro de Sudáfrica, Verwoerd emprendió la segunda fase del plan de Cronjé.

El hecho de que Verwoerd no naciera afrikáner explica en parte su fanatismo de «converso».

Era hijo de un contratista holandés que deseaba ser misionero y encontró una oportunidad para realizar su sueño entre los mestizos de El Cabo.

Verwoerd desembarcó en Sudáfrica a la edad de dos años y hasta los 16 fue educado en un ambiente predominantemente británico.

Estudio teología y mas tarde psicología, viajó a Alemania para completar su educación, obtuvo una cátedra y fundo un diario afrikaans en Johannesburgo.

En Asuntos Nativos, Verwoerd había trabado amistad con el secretario del ministerio, Werner Eiselen, un antropólogo con firmes ideas sobre la necesidad de proteger la cultura tribal negra de los efectos de la occidentalización.

Las teorías de Eiselen casaban a la perfección con sus propios conceptos. Ya desde la cartera de Asuntos Nativos, Verwoerd y Eiselen comenzaron a esbozar los bantustanes con las leyes sobre residencia y trabajo de 1952.

El Partido  Nacional no inventó los bantustanes. En 1854, los ingleses de Natal ya  habían  confinado  a los zulúes en ocho reservas indigenas.

El leonino reparto jurídico de tierras entre blancos y negros se remontaba a las leyes de 1913  y 1936, que atribuyeron el 13,7 % del país a  los  indigenas.

Lo  que  aportaron los nacionalistas afrikáners, tras  su  victoria de 1948, fue una dimensión suplementaria. A sus  ojos  no  existía una «mayoría negra», sino una serie de «minorías tribales»: zulúes, xhosas, tswanas, sothos…

La tesis era que las poblaciones bantúes no constituían un pueblo homogéneo, sino que formaban unidades nacionales separadas cultural y lingüísticamente.

Cada «nación» debía disponer de un «hogar nacional», al que estaban vinculados todos los africanos de la misma etnia, incluidos los de las ciudades.

En 1951, la Bantu Authorities Act legalizó las instituciones políticas sobre una base étnica.

En 1959, con la Promotion of Bantu Self-Government Act, quedaron definidos los diez bantustanes: Bophuthastswana para los tswanas, Ciskei para los xhosas, Gazankulu para shangaans y tsongas, KaNgwane para los swazis, KwaNdebele para los ndebeles, KwaZulu para los zulúes, Lebowa para los shotos del norte, Qwa Owa para los sothos del sur, Transkei para los xhosas y Venda para los vendas.

La obsesión de preservar las mejores fincas para los blancos hizo que no se delimitaran entidades homogéneas.

Observando el mapa, la impresión era que alguien había arrojado confeti sobre él: 22 trozos importantes y 42 secundarios salpicados por todo Natal para KwaZulu, siete parcelas regadas en tres provincias para Bophuthastswana, cuatro para Lebowa

Verwoerd intentó reforzar las instituciones tradicionales, concediendo poderes limitados de administración local a una red de autoridades bantu, basada en las antiguas y casi desintegradas jefaturas tribales.

El sistema era una copia de la vieja técnica británica colonial de gobierno indirecto.

En 1961, tras abandonar con un portazo la Commonwealth y proclamar la República Sudafricana, el duro Verwoerd ofreció la independencia a los bantustanes.

Pensando equivocadamente que eso contribuiría a apaciguar a los extranjeros que reprochaban al Gobierno blanco su negativa a conceder derechos políticos a la mayoría, Verwoerd propuso a los negros que asumieran el «poder» sobre el 13,7 % del país.

Transkei, el primero en entrar por esa vía, aceptó el estatuto de self governing homeland en 1963 y en 1969 se proclamo independiente.

Bophuthastswana, Venda y Ciskei no tardaron en imitar el ejemplo.

El proyecto de Verwoerd era absurdo, pero operaba sobre una lógica aplastante: el día en que los diez bantustanes fueran totalmente soberanos, no habría un solo ciudadano negro en la República de Sudáfrica.

Los negros empleados en el 86,3 % del territorio perteneciente a los blancos serian trabajadores inmigrantes «como los argelinos en Francia o los turcos en Alemania».

En una maniobra paralela, iniciada ya por Malan, se trató de adecuar la educación de los negros a la nueva política y de sustraerla de la influencia de los misioneros británicos.

El Gobierno se hizo cargo de todas las escuelas establecidas por las misiones así como de la Universidad de Fort Hare, la primera universidad para negros de Africa, fundada en 1916 por misioneros escoceses.

Mas tarde, una ley denominada con salvaje ironía Extension of University Education Act (1953) prohibía a los negros asistir a las principales universidades británicas de Witwatersrand, Ciudad de El Cabo y Natal.

Los negros no tardaron en darse cuenta de que se los formaba para ser subalternos, sobre todo teniendo en cuenta la disparidad de los gastos en educación según la raza.

Esta inferioridad calculada, lejos de ser aceptada, convirtió la educación en uno de los motivos de queja mas explosivos. Fue la chispa de numerosas revueltas, como la protesta estudiantil de Soweto en 1970 e incluso de la gran convulsión nacional de la década de los 80.

Aunque los bantustanes existían mas en la imaginación política que en la realidad, el Gobierno hizo un tremendo esfuerzo para dotarlos de contenido: se establecieron consejos de desarrollo, se construyeron capitales con sus parlamentos, se diseñaron banderas y se compusieron himnos.

Las reservas, supuestos reductos de la vida tradicional africana basada en una agricultura de subsistencia, se convirtieron en miseros lugares superpoblados, desfigurados por enormes «campos de reasentamiento» donde eran instalados los cientos de miles de personas que habían quedado sin trabajo a causa de las leyes segregacionistas y donde difícilmente podían encontrar medios para subsistir.

En las afueras de las ciudades crecieron gigantescos complejos de precarios barracones, sin apenas servicios, como para acentuar la transitoriedad, para albergar al ejército de trabajadores.

El ascetismo de la Iglesia Holandesa Reformada, muy influyente desde el punto de vista político, se hizo sentir en la organización de la sociedad.

Durante años, las competiciones deportivas estuvieron vedadas los domingos en la provincia de Transvaal y a las mujeres se les impidió la entrada en los bares. La televisión, considerada como una influencia particularmente corruptora hasta su descubrimiento como arma propagandística, no funciono hasta 1972.

Los juegos de azar también estuvieron prohibidos, hasta que las autoridades cayeron en la cuenta de que la única manera de financiar los miniestados tribales y sus gobiernos-marioneta era con la ayuda del sexo, la codicia y el espectáculo.

Como los bantustanes no eran legalmente parte de Sudáfrica, no estaban sometidos a sus leyes, y así, junto con la independencia, adquirieron mesas de juego y cines porno, al mismo tiempo que banderas, himnos, parlamentos y otros signos de su soberanía artificial.

Sun City, Thaba N’chu, Bisho, Wild Coast y Thohoyandou, eran una versión selvática de Las Vegas, una constelación de casinos donde acudían miles de sudafricanos blancos a correrse juergas o a disfrutar de un fin de semana de promiscuidad sexual.

Sun City, con tres hoteles, la ruleta mas grande del mundo y una sala de fiestas con capacidad para 6.000 espectadores donde actuaban Frank Sinatra, Liza Minnelli o Rod Stewart, recibía anualmente mas de dos millones de visitantes.

La propensión del Gobierno sudafricano hacia el eufemismo formo parte del mismo síndrome.

Cuando las llamadas universidades abiertas cerraron sus puertas a los negros en 1959 y se construyeron centros especiales para ellos, la base legal se denominó Ley de Extension de la Educación Universitaria.

El apartheid también experimento cambios de nombre: se llamo «desarrollo separado», «libertades separadas» y, mas recientemente, «democracia multirracial».

En parte, estos eufemismos eran una añagaza para mejorar la imagen externa del país.

El principal propósito, sin embargo, fue el autoengaño. Los gestos para legitimar el sistema eran necesarios para aliviar la tensión interna.

Pese a la extrema brutalidad de su régimen y a lo grotesco del proyecto, Sudáfrica nunca se convirtió en un Estado totalitario.

Estaba gobernada por una oligarquía racial que no podía permitirse la desunión.

Los lideres afrikáners siempre tuvieron presente que si utilizaban el poder de forma demasiado cínica, sin molestarse en justificar mínimamente sus acciones, los propios blancos harían estallar el sistema. Por eso hacían concesiones y, a diferencia de dictaduras como la argentina, la brasileña o las implantadas por los comunistas en Europa del Este, siempre aceptaron operar con limitaciones.

El cuerpo legal estaba sesgado. Por violar a una mujer blanca, un negro iba derecho a la horca y un blanco podía salvar el cuello, pero el sistema judicial conservó su independencia.

El Partido Nacional, constante vencedor en las urnas, aplicaba el rodillo parlamentario, pero desde los bancos de la oposición algunas voces blancas clamaron durante años contra las injusticias.

La prensa sufría presiones y censuras sin cuento, pero en los medios de comunicación angloparlantes se podía denunciar a los torturadores.

ALFONSO ROJO

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Autor

Alfonso Rojo

Alfonso Rojo, director de Periodista Digital, abogado y periodista, trabajó como corresponsal de guerra durante más de tres décadas.

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