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La historia del papel moneda que cambió el mundo

Marco Polo: ¿Sabes cuál fue el invento chino que más sorprendió al explorador?

El chaval (1254-1324) partió con sus tíos de Venecia para el Lejano Oriente en 1271

Mario Lima Actualizado: 03 May 2026 - 11:20 CET
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En algún momento entre 1271 y 1295, un joven mercader veneciano de poco más de veinte años cruzó el corazón de Asia en una travesía que duraría casi un cuarto de siglo y lo llevaría hasta la corte del emperor más poderoso del mundo.

Lo que Marco Polo vio en China lo dejó sin palabras en muchas ocasiones.

Pero hubo un invento en particular que lo desconcertó de una forma que él mismo reconoció que superaba su capacidad de descripción.

«No importa de qué manera lo cuente, no lograría convencerlos de que lo que digo está dentro de los límites de la verdad y la razón», escribió en El libro de las maravillas del mundo, la crónica que dictó a un escritor de romances llamado Rustichello de Pisa mientras ambos compartían celda en una prisión de Génova después de que Polo fuera capturado en una batalla naval en 1298.

Ese detalle biográfico importa: Las maravillas del mundo no fue escrita por un aventurero en la cima de su gloria sino por un hombre preso que recordaba, que quizás ya empezaba a dudar de sus propios recuerdos, y que necesitaba convencer a quienes lo escuchaban de que sus experiencias habían sido reales.

Lo cual explica en parte el tono defensivo de algunos de sus pasajes más extraordinarios.

Lo que anonadó a Marco Polo no fue ninguna maravilla arquitectónica ni ninguna costumbre exótica. Fue el papel moneda.

Quién era Marco Polo

Marco Polo nació en Venecia en 1254 en el seno de una familia de mercaderes. Su padre Niccolò y su tío Maffeo eran comerciantes de joyas que ya habían viajado hasta China antes de que Marco naciera, y que habían llegado hasta la corte del Gran Kan Kublai en Pekín. Cuando regresaron a Venecia en 1269, Marco tenía 15 años y no había conocido a su padre, que estaba de viaje cuando él nació.

Dos años después, en 1271, los tres Polo emprendieron el viaje de regreso a China llevando consigo al joven Marco, de 17 años, junto a cartas del Papa y aceite de la lámpara del Santo Sepulcro que Kublai había solicitado. El viaje duró cuatro años. Cruzaron Persia, Afganistán, el Pamir y el desierto de Gobi antes de llegar a la corte imperial.

Marco Polo permaneció al servicio de Kublai Kan durante aproximadamente 17 años, ocupando cargos administrativos en distintas regiones del Imperio y viajando como emisario del emperador. Era, según su propio relato, un observador extraordinariamente curioso y dotado de una memoria privilegiada para los detalles concretos: precios, distancias, costumbres, sistemas de gobierno, monedas.

Esa capacidad de observación práctica, más cercana a la del hombre de negocios que a la del intelectual, es lo que hace de sus descripciones documentos únicos. Marco Polo no entendía todo lo que veía. Pero lo veía todo y lo recordaba.

El invento que no podía creer

Lo que lo desconcertó en China no fue el papel en sí mismo. Los billetes modernos tampoco están hechos de papel sino de fibras de algodón o de plástico, y el dinero chino que fascinó a Polo tampoco era papel convencional: estaba fabricado con una lámina derivada de la corteza del moral, llevaba la firma de varios funcionarios y tenía el sello rojo del propio emperador.

Lo revolucionario era otra cosa: el valor de esos billetes no venía del material del que estaban hechos sino de la autoridad que los respaldaba. El Gran Kan declaraba que esa corteza de árbol con el sello imperial era dinero, y así era. En latín, fiat significa «que así sea»: de ahí que el papel moneda sea llamado en economía dinero fiat.

Marco Polo quedó fascinado con la genialidad del sistema. Y la pregunta que inevitablemente surgía: ¿dónde estaba todo el oro y la plata que no circulaba? Bajo el cuidado férreo del emperador, por supuesto.

Los orígenes: el problema de las monedas de hierro

El papel moneda chino no había surgido por decreto imperial sino por necesidad comercial tres siglos antes de que Polo llegara a China, alrededor del año 1000, en la provincia de Sichuan.

Sichuan era una región fronteriza y los gobernadores chinos temían que las valiosas monedas de oro y plata cruzaran las fronteras hacia territorios extranjeros. La solución fue prohibir el uso de metales preciosos en la provincia y obligar a los comerciantes a usar monedas de hierro. El resultado fue un desastre logístico: si querías cambiar 50 gramos de plata, recibías a cambio una cantidad de monedas de hierro que superaba tu propio peso corporal. Ir al mercado significaba que tu bolsa pesaba más a la ida, cargando el dinero, que a la vuelta, cargando las compras.

Los mercaderes de Sichuan encontraron la solución inevitable: los jiaozi, o billetes de intercambio. En lugar de cargar toneladas de hierro, un mercader conocido y de confianza emitía un pagaré prometiendo pagar en otro momento. Lo inesperado fue que esos pagarés empezaron a circular libremente entre personas que no eran ni el emisor ni el receptor original. Si el señor Zhang era de confianza, su pagaré tenía valor en sí mismo y podía usarse como pago en cualquier transacción. Era dinero sin serlo formalmente.

El señor Zhang, por su parte, descubrió que si su pagaré seguía circulando indefinidamente, él nunca tenía que pagar. Era, en términos prácticos, un préstamo sin intereses que quizás nunca habría que devolver.

Las autoridades chinas reconocieron inmediatamente el potencial del sistema y su lógica fue impecable: si el pagaré del señor Zhang podía circular como dinero, el pagaré del estado podía hacerlo con mucha más autoridad. Prohibieron los jiaozi privados y se hicieron cargo del negocio. El jiaozi oficial circuló por todo el país y fuera de sus fronteras, tenía más valor que las monedas de hierro y era incomparablemente más fácil de transportar.

La tentación que ningún gobierno ha podido resistir

El sistema fue un éxito hasta que dejó de serlo. La Dinastía Song emitió demasiados jiaozi. La falsificación empezó a ser un problema. En pocas décadas el jiaozi se había devaluado hasta valer el 10% de su valor nominal.

Es el patrón que la historia del papel moneda ha repetido con una regularidad perturbadora. La Alemania de Weimar en los años veinte, cuando los precios se duplicaban cada pocos días y la gente llevaba el dinero al mercado en carretillas. Zimbabwe en los años dos mil, con billetes de cien billones de dólares que no alcanzaban para comprar el pan. Y el récord absoluto de hiperinflación documentada: Hungría en 1946, donde los precios se triplicaban cada día. Si entrabas a un café en Budapest ese año, convenía pagar la cuenta nada más llegar porque al terminar el café ya habría subido el precio.

El dinero que nunca puede cobrarse

El paso más moderno y más desconcertante de la historia del papel moneda es el que las autoridades chinas dieron cuando decidieron que los jiaozi viejos que llevabas al Tesoro a canjear te serían devueltos no en metal sino en jiaozi nuevos. El dinero cuya única garantía era reemplazar dinero viejo por dinero nuevo.

Es exactamente el sistema que usamos hoy. Los billetes que circulan en cualquier país del mundo son emitidos por bancos centrales y no están respaldados por ningún metal precioso desde que Nixon abandonó el patrón oro en 1971. Son, en términos estrictos, la promesa de un gobierno de seguir emitiéndolos.

Tras la crisis financiera de 2008, la Reserva Federal americana volcó billones de dólares en la economía sin encender ninguna máquina impresora: fueron dígitos introducidos en el sistema bancario global por ordenador. Dinero creado de la nada con una orden informática.

Marco Polo, que se quedó sin palabras ante una corteza de árbol con el sello del Gran Kan, no habría sabido ni por dónde empezar a explicar eso.

Quizás habría titulado el capítulo: «Cómo el Gran Banco Central hace que dígitos introducidos en una hoja de cálculo, convertidos en algo similar al dinero, circulen por el mundo entero».

La tecnología cambia. El asombro ante lo que funciona como dinero no deja de ser el mismo.

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