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La corrupción y la doble moral llegan a la pantalla

Las maldiciones: intriga política y secretos familiares en el nuevo thriller argentino de Netflix

La miniserie dirigida por Daniel Burman y Martín Hodara adapta la novela de Claudia Piñeiro en una apuesta arriesgada con Leonardo Sbaraglia como protagonista

Periodista Digital 13 Sep 2025 - 23:06 CET
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En la vorágine actual de estrenos, Netflix redobla su apuesta por las producciones latinoamericanas con Las maldiciones, una miniserie argentina que explora sin tapujos el lado más oscuro de la política. Con apenas tres episodios —pero una intensidad que se vive como un largometraje—, la serie se ha convertido en uno de los lanzamientos más comentados del mes. A día de hoy, 13 de septiembre de 2025, Las maldiciones ya está disponible para los suscriptores, tras su presentación mundial en la sección Gala Presentations del festival internacional.

La historia, basada en la novela homónima de Claudia Piñeiro (publicada en 2017), se distancia del texto original para situar su acción en el norte argentino. Allí, el gobernador Fernando Rovira (interpretado por un magnético Leonardo Sbaraglia) se enfrenta a una crisis cuando su hombre de confianza secuestra a su hija durante una votación clave sobre explotación de litio. Pero el secuestro es solo el detonante para una trama mucho más profunda donde se cruzan ambición, lealtades traicionadas y las heridas abiertas del pasado.

Una adaptación con sello propio

Las maldiciones no es una traslación literal del libro: los directores Daniel Burman y Martín Hodara han trasladado la acción desde Buenos Aires a un paisaje árido y hostil del norte argentino. Este entorno no solo aporta una atmósfera casi de western, sino que se convierte en un elemento narrativo clave: el aislamiento físico refleja la desconexión emocional entre los personajes y subraya la tensión moral que impregna cada escena.

Este formato exprés obliga a los creadores a condensar conflictos y matices, dando lugar a una narrativa tensa y sin rodeos. El ritmo no decae y cada capítulo suma capas al retrato de una familia atravesada por pactos secretos e intereses cruzados.

Manipulación, cinismo y traumas heredados

El gran acierto de Las maldiciones reside en cómo entrelaza dos dimensiones: la política y la familiar. Por un lado, muestra el cinismo y la hipocresía que reinan en las altas esferas del poder argentino; por otro, desvela cómo estas prácticas contaminan las relaciones más íntimas. La serie no escatima en mostrar hasta dónde puede llegar un político para conservar el control —incluso utilizar el sufrimiento personal o familiar como herramienta electoral.

El personaje de Sbaraglia, carismático pero despiadado, recuerda a figuras reales del panorama político nacional. No es casualidad: la novela original ironizaba sobre “la maldición” que pesa sobre los gobernadores bonaerenses, incapaces históricamente de alcanzar la presidencia argentina. La adaptación recoge ese mito pero lo transforma en un drama universal sobre las cadenas familiares y los sacrificios personales que exige el poder.

Estética seca para un país herido

Visualmente, Las maldiciones destaca por aprovechar al máximo el entorno natural: los planos abiertos refuerzan la sensación de desamparo y soledad. El viento seco, el sol abrasador y la inmensidad del paisaje funcionan casi como antagonistas invisibles. Es un uso poco habitual en las series argentinas recientes, acostumbradas al bullicio urbano. Aquí todo es silencio tenso, miradas cruzadas y una violencia latente que estalla cuando menos se espera.

El tono recuerda a algunos clásicos del cine nacional donde lo íntimo es político —y viceversa—. La cámara sigue de cerca a los personajes mientras negocian, manipulan o confiesan sus peores miedos. Hay ecos de western en los duelos morales; también resuenan dramas familiares universales: ¿qué significa ser padre? ¿Qué legado dejamos? ¿Hasta dónde llega nuestra responsabilidad?

Un hito para Netflix y para la ficción argentina

Con esta miniserie, Netflix confirma su interés por historias complejas, adultas y localizadas. No es casualidad que haya apostado recientemente por adaptaciones literarias sudamericanas ambiciosas: Cien años de soledad, Pedro Páramo, Las muertas. Las maldiciones se suma a esa ola con personalidad propia: ni didáctica ni complaciente, invita al espectador a mirar bajo la alfombra del poder.

Para quienes buscan thrillers políticos distintos o desean adentrarse en los claroscuros familiares más allá del folletín clásico, Las maldiciones ofrece 126 minutos intensos donde nadie sale ileso —ni siquiera el espectador—.

El resultado es un retrato áspero pero necesario sobre cómo las verdaderas “maldiciones” no provienen de brujas ni leyendas urbanas sino del peso invisible del poder sobre cada generación.

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