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DESMEMORIA HISTÓRICA

Mientras dure la Guerra del 36, los españoles odiarán el cine español

Los cineastas patrios tendrían más de un problema para llegar a final de mes si no fuese por la recepción de las ayudas oficiales

Periodista Digital Actualizado: 03 May 2024 - 07:33 CET
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Son especialistas en poner el cazo para que caigan la tan deseada subvención.

Y es que, no nos engañemos, los cineastas patrios tendrían más de un problema para llegar a final de mes si no fuese por la recepción de las ayudas oficiales.

Los espectadores españoles están hasta las narices de que el séptimo arte hecho en España se haya convertido en un chiringuito subvencionado donde las temáticas siempre se inclinan hacia el mismo lado, machacar a la derecha, manipular la Historia a gusto y a capricho del director de turno y, por supuesto, sacar la lengua a paseo para hablar mal del propio país.

Precisamente, esas manipulaciones que hace el cine español en torno a la Guerra Civil de 1936-39 es una de las razones que lleva al público a mostrar su rechazo a las producciones patrias.

No es cine, sino sectarismo subvencionado

El cine español, salvo contadas excepciones, no es cine porque el cine como tal, más allá de ser un arte, es también un negocio, perteneciente a la muy lucrativa industria del entretenimiento, que mueve decenas de miles de millones de dólares alrededor del globo con el único fin de cautivar y agradar al público, en lugar de conformar un selecto gremio alimentado a base de subvenciones.

El cine español es, en realidad, un agujero negro por el que se tiran decenas de millones de euros todos los años, a costa, como siempre, del bolsillo del contribuyente, para enriquecer a unos pocos, sin que ello se traduzca tan siquiera en películas con un mínimo de calidad e interés.

Semejante despilfarro de recursos, ya sea vía subvenciones directas o derechos de emisión por parte de TVE, se va, directamente, por el desagüe del olvido, el ostracismo y la vergüenza, puesto que la inmensa mayoría de títulos que se producen en España no valen ni el soporte en el que se filmaron.

Basta observar la ridícula audiencia que cosecha el cine español en televisión o la aún más penosa taquilla que recauda en las salas para evidenciar que esto no tiene nada de negocio y sí mucho de chiringuito estatal.

El cine español no es cine porque, si bien todos -sin excepción- tienen derecho a expresar libremente sus convicciones ideológicas, tanto a nivel personal como profesional, una cosa es hacer política a través de la producción de películas y documentales con tu dinero, arriesgando tu propio capital o el de otros socios en la difusión de tus convicciones, a riesgo de que no gusten al siempre soberano público, y otra muy distinta que lo hagas con dinero ajeno -entiéndase público-, sin perder un solo euro en el intento por muy desastroso y ruinoso que haya resultado la proyección del filme, que es justo lo que sucede en España con su particular guerracivilismo en forma de películas.

Y el cine español no es cine porque, lejos de trabajar y esforzarse para entretener a las masas, se vanagloria de estar al servicio de las elites políticas e intelectuales, conformando así una nueva casta de privilegiados cuyo único mérito es saber manejarse en el oscuro y deleznable mundo del clientelismo político.

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