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José Ignacio Calleja

El drama de ébola y del silencio: Chantal Pascaline nos quitó la paz

La medida de nuestro coraje evangélico

J. Ignacio Calleja 11 Ago 2014 - 09:45 CET
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(José Ignacio Calleja).- Yo también escuché a esa mujer religiosa, Chantal Pascaline, en aquella mañana dramática desde Liberia. Con Herrera en OndaCero y, después en la COPE. En los dos casos fue un testimonio tremendo.

Me admiró que los periodistas terminaran deseándole lo mejor y un abrazo muy fuerte. Es duro, pensé, el oficio de alguien que tiene que entrevistar a un ser humano en esa situación, y seguir la mañana entre chascarrillos y comentarios banales. Me pareció que el silencio era menos cínico. Lo entendí, pero pensé de este modo.

Después, esa entrevista ayudó a lo del avión medicalizado para españoles. Lo entiendo en derecho formal, pero me pareció terrible. Ya me sé los argumentos del «realista». No hablo de personas, pienso en el hecho. Sé que ayudó a que la Organización Mundial de la Salud se tome el Ébola en serio. Es muy importante.

Y ¿que más pensé y que me afectara? Pues que yo mismo era deshonesto y que, al menos, lo quería reconocer. Vivo con un riesgo limitado y mi denuncia social tiene un riesgo también calculado. A veces me asusta ser un tanto escéptico, un creyente algo escéptico, es decir, de los que tiene miedo de proclamar, «por ti, Señor, todo, hasta la vida», porque no es verdad que lo vaya a hacer; o «en la Iglesia de los pobres, hasta el fondo», porque no es verdad que lo asuma; o » todos somos iguales y hermanos en el único Dios, Padre», porque no es verdad que lo exija como vida y derechos de los últimos; no puedo hacer todo esto verdad en mí como quisiera. Me sale un «se llega hasta donde se puede, Señor».

Comprendí, además, -y lo sabía-, que depende de qué país eres para tener unas u otras posibilidades en la vida, y tener derecho cierto a exigir esto o lo otro. Sentí que debía ser muy comprensivo con la humanidad ajena y, por supuesto, con la propia, para no ir gritando, aquí y allá, «el evangelio, el evangelio samaritano y gratuito». O hacerlo, sí, con modestia, porque ese ímpetu dura mientras no tengo (tengamos) problemas mayores.

Ese punto de escepticismo o de realismo es muy impropio de un creyente, pero lo defiendo; no lo hago de cabeza, sino por experiencia; lo confieso: es mejor conocer la medida aproximada de nuestro coraje evangélico -tan limitado, llegado el extremo de la vida en juego-, que repetir en vano la cantinela de «todo por el Reino», todo «gratis y por Amor», «vacío de interés propio, Señor», «con una fe ciega en tu Salvación»… Añádase lo que convenga. No, no puedo; no lo voy cumplir. Abusamos de estas palabras y un día viene Chantal Pascaline, y le mandamos un abrazo y una oración. ¡Dios mío, sí, pero no!

Somos humanos y la cautela es normal, pero seamos humanos también al proclamar lo que nos mueve en la vida. Esa mañana, la del clamor de Chantal Pascaline, calló casi toda la Iglesia española, europea y romana, y así sigue, casi muda. Alguna palabra menor, pero muda. No era la del Ébola una cuestión de «moral sexual» o «matrimonial». ¡Lástima! En esta materia, ¡perdón por adelantado!, el Cardenal Prefecto para la Doctrina de la Fe, sabio en Teología y Dogma, no tiene palabra definitiva (ni inicial). Es la vida. La vida sigue con sus víctimas y sus clases sociales en ellas. Me ha tocado el lado bueno, no me quejo, pero lo tendré en cuenta cada vez que dé lecciones de hombría evangélica y me reclame de la Iglesia de los Pobres.

Ya lo sabía, pero esa mañana, esta religiosa me lo recordó. Era Chantal Pascaline. Me acordé de Jesús de Nazaret y de qué hubiera hecho en mi lugar. Pensé que era complicado saber la acción concreta, pero me dio vértigo lo evidente de la respuesta en cuanto a la actitud y la opción vital.

Descansa en paz, mujer de aquella mañana cruel en las ondas, Chantal Pascaline; descansa en la paz que no nos dejaste. Gracias.

 

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