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LA MASACRE ANTICLERICAL EN LA SEGUNDA REPÚBLICA

El Cristo de Mena que saca la Legión es una copia: el original fue quemado por los ‘rojos’ en mayo de 1931

Militantes de de izquierda asaltaron la iglesia de Santo Domingo en Málaga y destruyeron la talla barroca del Cristo de la Buena Muerte, obra maestra de Pedro de Mena

Periodista Digital 05 Abr 2026 - 09:46 CET
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La Legión y el Cristo de la Buena Muerte: Un vínculo forjado en la historia y la devoción malagueña

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Hoy se venera una reconstrucción realizada en 1942.

Es lo que lleva a hombros la Legión todos los Jueves Santos.

En mayo de 1931, poco después de que se proclamara la Segunda República, Málaga fue escenario de una intensa noche marcada por la furia anticlerical.

Grupos de fanáticos forzaron la entrada en la iglesia de Santo Domingo, incendiaron el templo y atacaron con saña al Cristo de la Buena Muerte, una obra maestra del barroco creada por Pedro de Mena en 1663.

Esta imagen, admirada por su realismo y devoción, fue consumida por las llamas entre el 10 y el 13 de mayo, en una serie de ataques que devastaron numerosos conventos en toda España.

El escultor local Francisco Palma García, ferviente devoto del Cristo, no dudó en arriesgar su vida para intentar salvarla.

Se adentró en el convento envuelto en llamas, descolgó la figura ya dañada y la envolvió con un manto perteneciente a la Virgen de la Soledad, aunque no pudo evitar que se destruyera por completo.

En esos días, el anticlericalismo mostró su rostro más violento: altares destrozados, imágenes profanadas y un patrimonio artístico que se perdió irremediablemente.

El Cristo de Mena, símbolo de fe andaluza durante la Semana Santa malagueña y protector de la Legión Española, vio cómo el nuevo régimen prohibía las procesiones.

Este episodio no fue un hecho aislado. Entre 1931 y 1934, socialistas, anarquistas y comunistas asociaron a la Iglesia con el antiguo régimen, desatando oleadas de violencia. En ciudades como Madrid, Sevilla, Cádiz y Granada, templos y conventos ardieron sin compasión. La tensión se intensificó con la aprobación de una Constitución laica en 1931 y con la disolución de los jesuitas en 1932, lo que alimentó un odio que estallaría durante la Guerra Civil.

Con el estallido del conflicto en 1936, la persecución religiosa alcanzó niveles escalofriantes, siendo esta una de las etapas más oscuras en los dos mil años de historia del catolicismo. En apenas tres años, se registraron más mártires que en los primeros siglos del cristianismo romano. Las cifras son aterradoras:

En total, más de 6.800 miembros del clero perdieron su vida, además de miles de católicos laicos asesinados por motivos religiosos, con alrededor de 10.000 casos documentados. De ellos, al menos 2.154 han sido reconocidos como santos o beatos.

En Cataluña, bajo el gobierno de la Generalitat presidida por Lluís Companys, se contabilizaron al menos 2.441 eclesiásticos asesinados: 1.538 presbíteros, 824 religiosos y 76 monjas. Tres obispos fueron martirizados; uno de ellos fue Manuel Borrás, quemado tras ser ejecutado. En el monasterio de Montserrat, cayeron 23 monjes. Los maristas sufrieron una emboscada mortal: un total de 46 hermanos, incluyendo al provincial Laurentino, fueron fusilados en el cementerio de Montcada i Reixach durante octubre de 1936, con una pasividad que resulta alarmante por parte del gobierno.

Los crímenes cometidos fueron brutales. Comunidades enteras fueron aniquiladas, como ocurrió con los claretianos en Barbastro, donde se perdió el 91% del clero local. Laicos fueron fusilados simplemente por rezar o intentar proteger imágenes sagradas: médicos, campesinos y familias enteras sufrieron estas atrocidades. Se registraron profanaciones en cementerios, quema indiscriminada de crucifijos y procesiones satíricas que ridiculizaban lo sagrado. Recientemente, se han aprobado otros 124 mártires más en Jaén por parte del Papa.

Para profundizar sobre el asalto a la iglesia de Santo Domingo y conocer a fondo la historia del Cristo de Mena, puedes consultar este reportaje en Esdiario.

La imagen actual, esculpida en 1942 por Francisco Palma Burgos, desfila cada Jueves Santo junto a la Legión en Málaga, recordando no solo una profunda devoción sino también una notable resiliencia ante las adversidades sufridas a lo largo del tiempo. Un verdadero símbolo que sigue vivo en nuestra memoria colectiva.

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