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La Vuelta a España bajó hoy el telón de su 90ª edición con un espectáculo que no se quedó solo en el asfalto. Madrid vivió una jornada donde el ciclismo, la política y la protesta compartieron protagonismo. Desde su arranque en Alalpardo hasta la esperada llegada a Cibeles, la carrera viajó a ritmo de maillot rojo pero también custodiada por 2.300 efectivos de seguridad, con los ojos atentos a las calles tomadas por pancartas y banderas palestinas.
En ese pulso de ruedas y voces se movió Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad, que esta vez no estuvo en el palco institucional ni entre trajes de gala. Subió al coche del director de la carrera para seguir, desde el corazón mismo del pelotón, la última batalla de una Vuelta marcada por los incidentes. Ayuso, aficionada cada vez más visible a las citas de gran proyección deportiva, quiso dejar testimonio de cercanía con un evento que convierte a la región en escaparate mundial.
La dirigente popular ha intensificado su agenda con un marcado acento deportivo en las últimas semanas: vimos su rostro en partidos de tenis, encuentros de baloncesto y presentaciones de proyectos de infraestructuras vinculadas al deporte madrileño. Hoy, entre radios de equipo y órdenes de carrera, selló esa apuesta acompañando al pelotón por el asfalto madrileño.
La etapa del rugido madrileño
El cierre sobre un circuito urbano en el Paisaje de la Luz, iluminado por decenas de miles de aficionados, había sido diseñado como la fotografía final de la grandeza deportiva. Pero nada se escapó a la tensión. El recuerdo estaba fresco: un corte en la carretera de Becerril de la Sierra había detenido a los favoritos en la penúltima jornada y las protestas obligaron a desviar la carrera por Cercedilla.
Hoy, la organización no dejó margen a la improvisación. Desde Algete hasta Alcobendas, pasando por la simbólica “rotonda de Palestina” en San Sebastián de los Reyes, cada pedalada estuvo acompañada de concentraciones, kufiyas y pancartas. Puertos y rotondas se transformaron en graderíos improvisados donde el mensaje político se mezclaba con el aliento ciclista.
En la capital, Cibeles aguardaba como un podio natural. Desde la Gran Vía al Paseo del Prado, el rugido del público celebró cada paso por meta con la misma intensidad con la que se desplegaba el dispositivo policial, superior incluso al de la Cumbre de la OTAN en 2022.
Ayuso y el pulso entre deporte y política
El gesto de Ayuso, metida en el coche del director, fue leído también más allá del ciclismo. La presidenta se subió a la Vuelta en un momento en el que Madrid quiere marcar músculo internacional como sede de grandes eventos deportivos y culturales. Lo ha repetido en su discurso: deporte y turismo son ejes de proyección para la Comunidad. Este domingo, quiso escenificar la idea acompañando de cerca la victoria final del maillot rojo.
Más allá de las pancartas, lo cierto es que Madrid se mantuvo en pie como anfitrión de un evento que equilibra su brillo entre tensión política y fiesta popular. Cuando el reloj marcaba las 20:30, con el sol ocultándose tras la Castellana, la Vuelta selló en Cibeles su edición más convulsa y vibrante.
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