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CRACKS DEL FUTBOL

Messi vs Maradona: ¿Quién ha sido mejor futbolista?

Periodista Digital Actualizado: 26 Nov 2020 - 09:01 CET
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Todo el mundo termina comparando a Diego Armando Maradona con Lionel Messi; todo el mundo menos (por supuesto) Diego Armando Maradona y Lionel Messi.

Algunas semejanzas en sus carreras hacen pensar que la comparación es plausible, comenzando por la más evidente de las coincidencias (que ambos son futbolistas), pero hay más: Messi y Maradona debutaron muy jóvenes, los dos son delanteros y centrocampistas, ambos son zurdos, los dos han usado el número diez en la selección argentina de fútbol y en sus respectivos equipos, ambos han jugado en Newell’s Old Boys y en el FC Barcelona, los dos han convertido goles extraordinarios (algunos muy parecidos entre sí, lo que es muy raro), ambos son juguetes de la sociedad argentina, para la que la discusión sobre su rendimiento (o la comparación entre ellos) es uno de los pasatiempos favoritos.

Allí parecen acabar las coincidencias, sin embargo. Entre las diferencias que parecen más evidentes se encuentran las que siguen:

No son diferencias poco relevantes, pero empalidecen ante la que es la divergencia principal entre Maradona y Messi: su significado para los argentinos, que está estrechamente vinculado a las épocas que les ha tocado vivir a ambos jugadores.

Más allá de su talento, que es enorme, Messi no representa para los argentinos lo mismo que Maradona, y esto por varias razones: a diferencia de Maradona, cuyo talento es natural y surgió en circunstancias notablemente adversas de pobreza y desprotección.

Messi fue formado en la mejor escuela de fútbol del mundo, lo que (a ojos de algunos argentinos) lo convierte en un producto espurio o ajeno; su falta de inventiva verbal, el hecho de que su vida privada no se caracterice por los altibajos, su falta de ansiedad, lo convierten en una pésima superficie reflectante de los argentinos (no de lo que los argentinos somos, sino de lo que queremos creer que somos: creativos pese a la adversidad, espontáneos, heroicos, pasionales).

Argentina ama a sus cracks, pero los cracks son aquellos que, por definición, poseen un talento innato cuya adquisición no ha requerido ningún esfuerzo y acabará condenándolos: en Messi hay (y es evidente) demasiado trabajo, demasiado esfuerzo y demasiado compromiso con su disciplina para que los argentinos lo consideremos seriamente un crack, además de una grisura personal que lo mantiene al margen del peligro de acabar como Maradona.

Quizás ese sea el problema, pienso ahora: los argentinos amamos a Maradona debido a que sus excesos, accidentes y caídas nos reflejan, o reflejan lo que deseamos creer: que la posesión de un talento lleva a la condenación del sujeto que lo posee, y que, por consiguiente, es mejor no esforzarse, es mejor no desear jamás tener un don y contemplar a los que lo poseen a la espera de que caigan también ellos.

Maradona reflejó con sus altibajos (detenciones, lesiones, suspensiones, retornos) los altibajos propios de la Argentina de la década de 1980, que tuvo todo eso y mucho más.

Messi refleja un período que, con sus inevitables turbulencias, es uno de los más saludablemente pacíficos y prósperos de la historia argentina de los últimos sesenta años.

Maradona mereció la creación de una religión para adorarlo por sus goles a los ingleses (que algunos consideran aún hoy una revancha de la derrota en la guerra de Malvinas, como si un partido de fútbol pudiese devolverle la vida a tantos jóvenes muertos), por haberle dado una Copa del Mundo a Argentina, por haber encarnado como nadie la excepcionalidad de ese país.

Messi posiblemente no consiga ni siquiera que alguien le ponga una capillita. No es un problema de talento individual ni de méritos personales: es el resultado de que los tiempos (siempre lo hacen) han cambiado, y que Argentina es mucho más normal ahora que en la época de Maradona y que, por consiguiente, su mejor jugador también lo es.

Comparar a Messi con Maradona, participar de esta especie de competición popular sobre la que todos parecen tener algo que decir, es como comparar la Argentina de 1986 (con su austral devaluado, sus cicatrices de la aún reciente dictadura, sus «carapintadas» inminentes, su próxima Ley de Obediencia Debida) con la actual, que (entre todas las cosas que tiene) no tiene precisamente esas. (Lo que no significa que Messi sea mejor que Maradona, ni viceversa, sino que la comparación es absolutamente imposible).

Qué bueno para Lionel Messi y para los argentinos que así sea.

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