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El divorcio entre las dos principales instancias del fútbol mundial vuelve a hacerse visible. Mientras la FIFA insinúa una apertura hacia Rusia, la UEFA endurece su discurso. Aleksander Ceferin, presidente del organismo europeo, dejó claro este jueves en Bruselas que la exclusión de los clubes y de la selección rusa seguirá vigente hasta que termine la guerra en Ucrania.
“La posición de la UEFA es clara y no ha cambiado”, sostuvo el dirigente esloveno durante una rueda de prensa posterior al 50º Congreso del organismo. Rechazó además “interferir en las conversaciones emprendidas por otras partes”, en aparente alusión a las declaraciones del presidente de la FIFA, Gianni Infantino, quien días atrás se mostró partidario de reconsiderar el veto.
Desde febrero de 2022, cuando comenzó la invasión a gran escala de Ucrania, la UEFA ha mantenido una política firme: sin paz, no hay retorno. Esa coherencia le ha valido el reconocimiento de las federaciones occidentales y el respaldo político de Bruselas, pero también ha generado fricciones con la FIFA, más proclive a un enfoque «inclusivo» del deporte.
Ceferin evitó confrontar abiertamente con Infantino, aunque sus palabras dejaron entrever una diferencia de fondo. “No puedo comentar lo que hace la FIFA o lo que dicen los gobiernos. El mundo cambia, veremos qué nos depara el futuro”, señaló con visible prudencia, consciente de que cualquier gesto podría tener repercusiones más allá del terreno de juego.
Las divergencias se hicieron públicas tras una entrevista concedida por Infantino a Sky News el 3 de febrero, donde respondió afirmativamente cuando se le preguntó si era el momento de levantar el veto a Rusia. “Tenemos que considerarlo, sin duda”, dijo entonces el presidente de la FIFA, rompiendo el silencio que mantenía desde el inicio del conflicto.
El dirigente suizo argumentó que la exclusión no ha contribuido a reducir las tensiones geopolíticas, sino que “solo ha generado más frustración y odio”. Propuso que los jóvenes futbolistas rusos puedan competir en torneos júnior internacionales, siguiendo las recomendaciones más recientes del Comité Olímpico Internacional (COI), que sugiere permitir la participación de atletas rusos y bielorrusos bajo bandera neutral.
Infantino fue más allá al sugerir que la FIFA debería impedir futuras suspensiones políticas, defendiendo que “nunca deberíamos prohibir a un país jugar al fútbol por los actos de sus líderes”.
Esta afirmación, celebrada con entusiasmo en Moscú por el portavoz del Kremlin, Dmitri Peskov, fue interpretada por analistas como un intento de reabrir canales diplomáticos a través del deporte, una estrategia que algunos califican de “realismo pragmático”.
En contraste, la UEFA mantiene un perfil más alineado con las posturas europeas sobre las sanciones. En los despachos de Nyon consideran que una rehabilitación prematura de Rusia supondría un descrédito ético y político para el fútbol continental, además de una herida simbólica en plena guerra.
La diferencia entre ambas instituciones refleja, en el fondo, la pugna por definir el papel del deporte ante los conflictos internacionales. Para la FIFA, el balón debe ser un punto de encuentro; para la UEFA, un símbolo de responsabilidad moral. Entre ambas visiones se dibuja un nuevo frente: el de la diplomacia deportiva en tiempos de crisis.
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