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Clima tenso en el cierre de una temporada gris del Real Madrid

El Bernabéu dicta sentencia: victoria sin alma y silbidos que apuntan a Mbappé

El equipo ganó al Oviedo, pero la grada convirtió el partido en un juicio público marcado por la indiferencia y el castigo selectivo

Paul Monzón 15 May 2026 - 01:24 CET
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El Real Madrid cumplió en el marcador, pero fracasó en lo esencial: reconectar con su gente. El 2-0 ante el Oviedo, resuelto con goles de Gonzalo y Bellingham, apenas tuvo valor en una noche donde el protagonismo lo acaparó el ambiente en el Santiago Bernabéu, más cercano al desencanto que a la celebración.

El penúltimo partido de Liga en casa evidenció el desgaste de un equipo sin pulso competitivo. Con una alineación de circunstancias y varias ausencias llamativas en el once inicial, el conjunto blanco ofreció una imagen plana, sin chispa ni ambición, que terminó por desconectar a una afición ya hastiada tras una temporada decepcionante.

Desde antes del pitido inicial, el estadio marcó territorio. Hubo silbidos dirigidos a varios nombres propios, con especial insistencia en Tchouaméni, Camavinga y, sobre todo, en Mbappé, que comenzó el encuentro en el banquillo. Vinicius, en cambio, fue de los pocos que esquivó el reproche.

Sobre el césped, el partido discurrió sin tensión. El Real Madrid dominó sin intensidad ante un Oviedo descendido y sin objetivos, en un duelo de ritmo bajo y escasas emociones. Solo algunos intentos aislados de Vinicius y Brahim rompieron la monotonía de una primera mitad que parecía condenada al olvido.

El gol de Gonzalo, al borde del descanso, llegó más por insistencia individual que por juego colectivo. El canterano aprovechó un robo en zona alta para definir con precisión y dar ventaja a los blancos en uno de los pocos momentos de claridad ofensiva.

La segunda parte mantuvo el mismo tono apagado, aunque el foco se desplazó definitivamente hacia la grada. La entrada de Santi Cazorla fue el único instante de unanimidad emocional, con todo el estadio en pie para homenajear a un futbolista respetado más allá de colores.

Muy distinto fue el recibimiento a Mbappé. Cuando saltó a calentar y, posteriormente, al terreno de juego, el francés fue recibido con una pitada contundente que se repitió en cada intervención. No era una crítica a su talento, sino a su actitud reciente, cuestionada por una afición que empieza a perder la paciencia.

Bellingham cerró el encuentro con el segundo tanto tras una acción individual, pero ni siquiera el gol alteró el clima. No hubo celebración, ni comunión. El inglés, consciente del contexto, optó por la sobriedad.

El Bernabéu ya había empezado a vaciarse mucho antes del final, en una imagen que resume el momento del equipo: ni enfado ni pasión, simplemente distancia. Porque si algo quedó claro en la noche es que, más allá del resultado, el mayor castigo del madridismo fue la indiferencia.

Una indiferencia que, sin embargo, no alcanzó a todos. Hubo aplausos para Gonzalo, para el esfuerzo de Brahim y para la profesionalidad de algunos veteranos. Pero también un mensaje nítido para Mbappé, convertido en símbolo de un malestar que amenaza con ir a más.

El Real Madrid ganó, sí. Pero el Bernabéu habló más alto que el marcador. Y lo que dijo no fue precisamente alentador.

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