He vuelto a la barcelonesa Ciudad de la Justicia. Me marean sus ascensores y las dimensiones paquidérmicas del complejo. Me imagino que hay que acostumbrarse.
He perdido mi primer pleito por la vía penal. El juez no atiende mis razones. Entiende que mis alegaciones no están debidamente probadas. Sobresee el procedimiento.
Se me antoja que la justicia -como institución que instruye procesos y decide- tiene un claro parangón con la política: hay que convencer de un relato. Es igual si la realidad corresponde a ese relato. La sentencia fija la realidad real. La de los papeles. La que produce efectos.
Mi consuelo: he aprendido mucho en el proceso. Y sé perfectamente de lo justo de mi reclamación. Pero es una lección de vida: en ciertos momentos lo importante no es tener la razón. Lo importante es que te la den.