Tengo la desapacible sensación de vivir en un país irremediablemente sectario. Es una percepción que viene de antiguo. Pero no remite. Se acentúa.
Leyendo algunos textos de periodistas de larga trayetoria sobre Pep Guardiola, personaje al que he seguido y sobre el que me he documentado, me percato de la falta de rigor y ponderación de muchos comentarios. Presuntas verdades-como-puños son en realidad devaneos pseudointelectuales o pura expulsión de bilis de resentidos. El panorama es penoso.
Ante tal estado de cosas, uno da las gracias por ser personaje de bajo perfil y mínima visibilidad pública. Es tanta la estulticia que desprenden tertulias de radio, programas de televisión o libros apresurados y pedantes, que dan ganas de alejarse de este escenario pretencioso. Que se queden ellos, los preciosos y ridículos.
El sectarismo es una de las enfermedades que más ha dañado la salud moral de este país. Y esto no tiene arreglo, cuanto menos en mi ciclo de vida. Yo ya no veré un gran cambio.
La única libertad que me queda es la de escoger cómo reaccionar ante todo ello y comunicar mi escepticismo. No nos hagamos ilusiones: llevará unas cuantas décadas conseguir un cambio cultural positivo.
Mal que nos pese este país será durante mucho tiempo todavía el reino de los cantamañanas.