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En una América marcada por la presidencia de Donald Trump, la polarización extrema y un clima de confrontación permanente, las palabras de Maria Cooper Janis han sonado como una voz de alarma y, a la vez, como una elegía por otro modo de entender el país.
En una entrevista en exclusiva con Gustavo Egusquiza para Vanity Fair España, la hija de Gary Cooper confesaba: “Creo que mi padre se habría enfadado si pudiera ver la situación actual de Estados Unidos”.
Las declaraciones llegaban pocas semanas después de que Solo ante el Peligro hiciera su debut en los escenarios de Londres, en el Harold Pinter Theatre, en una adaptación del ganador del Óscar Eric Roth del clásico de 1952, reabriendo el debate sobre su lectura política en plena era Trump.
La película, símbolo de la integridad individual frente a la cobardía colectiva, adquiría en este contexto un eco inesperado: un sheriff solo ante el peligro en una comunidad que le da la espalda, mientras el país real se ve cada vez más dividido en bloques irreconciliables.
Aunque Gary Cooper fue un hombre de ideas conservadoras y republicano, Hollywood lo recordaba como un actor de principios, capaz de ir en contracorriente cuando sentía que se estaba cometiendo una injusticia. Durante los años del macartismo, defendió a compañeros señalados por el clima de sospecha ideológica que rodeó a la industria, entre ellos el guionista de High Noon, Carl Foreman, investigado por su pasado político.
Tal y como recordaba María, cuando el productor Stanley Kramer apartó a Foreman de la película por la presión del Comité de Actividades Antiamericanas, su padre se levantó y dijo: “Si Foreman no trabaja en la película, Cooper no trabaja en la película”. No lo hizo por adhesión a una causa política concreta, sino por una cuestión de lealtad personal, justicia y coherencia con su propia conciencia.
En un Estados Unidos en el que la conversación pública se ha convertido en una batalla permanente, con un discurso cada vez más agresivo desde la Casa Blanca y la oposición, las palabras de María sonaban casi proféticas.
“Estoy muy preocupada, inquieta y disgustada por el rumbo del país”, admitía María Cooper Janis.
Durante la entrevista, la hija del actor también se detenía en otra herida menos visible: la de los hijos de las grandes estrellas. “Ser hijo de una celebridad puede ser muy difícil”, explicaba. “Creo que sus familias no saben cómo manejar la fama. No siempre saben cómo gestionar un éxito tan grande, y eso se les sube a la cabeza. Los niños acaban muchas veces apartados al fondo de la casa con la niñera. Y creo que cuidar, querer y ser madre o padre para tus hijos es un trabajo como cualquier otro trabajo. Los actores tienden a estar muy centrados en sí mismos y creo que para muchos es muy difícil no llevarse el trabajo a casa. Yo tuve suerte: mis padres fueron cariñosos y atentos; éramos una familia unida”. Esa experiencia la llevaba a comprender por qué tantas segundas generaciones de Hollywood acababan escribiendo memorias llenas de reproches: “Creo que se sintieron defraudados desde el principio y se aferraron a ese resentimiento”.
En la entrevista, que se integraba en la serie internacional de conversaciones de Gustavo Egusquiza, también se habló del Hollywood actual. Según María en sus tiempos “la alfombra roja de los Oscar no era un desfile de moda”. Había una fiesta, ibas a la fiesta, recogías tu premio, dabas las gracias y volvías a tu asiento. Era algo completamente distinto. Hoy todo es excesivo, desmesurado, y creo que ese tipo de exceso habría avergonzado muchísimo a mi padre.”
Para muchos cinéfilos, el reestreno de High Noon en Londres ha funcionado como un espejo del presente: un recordatorio de que la integridad individual sigue siendo incómoda en tiempos de miedo, y de que defender tus principios —aunque vayan contra tu propio entorno ideológico— es quizá el gesto más auténticamente americano que queda. Para Egusquiza: “Gary Cooper no era perfecto, pero tenía una brújula moral muy clara. Hoy, en una América tan dividida, se echa de menos a personas así”.
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