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El caso de Ana Julia Quezada, condenada a prisión permanente revisable por el asesinato del niño Gabriel Cruz, conocido como el Pescaíto, ha vuelto a copar titulares tras revelarse que un juzgado investiga si recibió privilegios en la cárcel de Brieva (Ávila) mediante servicios sexuales a funcionarios penitenciarios.
Durante meses, la sombra de los favores y el intercambio de sexo por beneficios ha planeado sobre esta prisión. La investigación arrancó tras una denuncia formal de Patricia Ramírez, madre del pequeño Gabriel, quien advirtió sobre el uso irregular de un teléfono móvil por parte de Quezada dentro del centro penitenciario. Las pesquisas han confirmado que varios funcionarios y al menos un cocinero pudieron mantener relaciones sexuales con la interna, presuntamente a cambio de facilitarle un móvil, un bien estrictamente prohibido para las reclusas.
El móvil, el chantaje y el intento de traslado
Los testimonios aportados por reclusas, trabajadores sociales y la propia pareja actual de Ana Julia —una mujer— coinciden en relatar cómo la condenada no solo mantenía estos encuentros íntimos sino que llegó a grabarlos con la intención expresa de chantajear a la dirección de la cárcel. El objetivo: presionar para conseguir su traslado a un centro penitenciario en Barcelona.
Entre los detalles recogidos en los informes penitenciarios figura que las relaciones se producían por las noches en su celda y que el dispositivo con las grabaciones estaría actualmente en posesión de su pareja. El propio informe de la directora del centro, Laura Pérez, reconoce haber tenido “conocimiento de datos de especial relevancia sobre la interna” gracias a las revelaciones hechas por un educador del centro.
La investigación continúa abierta. Por el momento, hay al menos un funcionario detenido e investigado por cohecho y abuso de función pública. Las autoridades penitenciarias continúan recabando información para esclarecer todos los extremos del caso.
Ana Julia Quezada, una conducta infame tras un asesinato atroz
Ana Julia Quezada se hizo tristemente célebre en febrero de 2018 cuando fue hallada culpable del asesinato del niño Gabriel Cruz, un crimen que conmocionó a toda España. La sentencia le impuso prisión permanente revisable, una de las condenas más severas del ordenamiento penal español.
Desde su ingreso en prisión, su comportamiento ha estado rodeado por la polémica. Su intento fallido de participar en un documental sobre el asesinato —según alegaba para costear la responsabilidad civil— fue frenado tras detectarse irregularidades, entre ellas el uso indebido del teléfono móvil con el que contactaba con productoras audiovisuales.
Reacción social e institucional: indignación y denuncia
La familia de Gabriel Cruz, especialmente su madre Patricia Ramírez, ha manifestado reiteradamente su desamparo ante lo que considera una desprotección institucional. Ramírez ha convocado una rueda de prensa para denunciar públicamente lo que califica como “vulneración de derechos” tanto desde la perspectiva del Estatuto de la Víctima como desde la normativa europea aplicable.
En sus intervenciones públicas subraya el daño añadido que provocan los intentos mediáticos o documentales basados en crímenes especialmente graves y lamenta que estas circunstancias supongan una nueva revictimización para las familias afectadas.
El escándalo suscita preguntas incómodas sobre los controles internos en los centros penitenciarios españoles y sobre cómo pueden evitarse episodios semejantes. Instituciones Penitenciarias ha anunciado medidas adicionales para reforzar los protocolos internos y evitar que se repitan situaciones similares. Mientras tanto, la familia Cruz insiste en pedir justicia integral no solo por el asesinato sino también ante cualquier vulneración adicional derivada del comportamiento posterior de la asesina.
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