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Final tras 601 días de batalla judicial

Murió sola, como pidió: la última madrugada de Noelia Castillo

La joven de 25 años logró la eutanasia tras una dura lucha legal contra su padre y una vida marcada por el dolor y el abandono

Paul Monzón 27 Mar 2026 - 05:42 CET
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La habitación estaba en silencio. Apenas las fotos familiares en las paredes rompían la escena. Allí, sin compañía, como había decidido, Noelia Castillo Ramos puso fin a su vida este jueves en el centro sociosanitario donde residía. Tenía 25 años.

Su muerte no fue repentina ni inesperada. Llegó después de 601 días de enfrentamientos legales, recursos judiciales y una firme decisión que había repetido hasta el final: dejar de sufrir. “No puedo más”, había dicho apenas 48 horas antes.

La historia de Noelia arrastraba años de heridas invisibles. Denunció haber sufrido maltrato psicológico en su entorno familiar y vivió desde joven bajo tutela institucional. A ese pasado se sumaron dos agresiones sexuales que marcaron un punto de no retorno. Tras un intento de suicidio, quedó parapléjica. Desde entonces, el dolor físico y mental se convirtió en una constante.

En abril de 2024 solicitó la eutanasia. Lo que parecía un proceso reglado se transformó en una disputa judicial con su padre, que se opuso hasta el último instante. La batalla escaló hasta instancias europeas, pero esta misma semana el Tribunal de Estrasburgo rechazó frenar el procedimiento. Horas antes de ejecutarse, un juzgado de Barcelona desestimó también las medidas urgentes solicitadas por la familia.

Fuera del centro, la tensión también era palpable. Grupos contrarios a la eutanasia se concentraron durante la jornada, convocados por el entorno legal del padre, en una escena cargada de tensión y simbolismo.

Dentro, Noelia mantenía su decisión intacta. Rechazó la presencia de su padre y también la de su madre en el momento final, aunque permitió despedidas previas. Su voluntad fue clara hasta el último momento: morir en soledad.

Aquejada también de un trastorno límite de personalidad, describía una vida sin alivio: insomnio, dolores constantes y una sensación persistente de vacío. “Prefiero desaparecer”, llegó a decir en su única entrevista pública.

Así, sin testigos y en la intimidad de su habitación, se cerró una historia atravesada por el sufrimiento, la controversia y un debate social que volvió a quedar expuesto en su desenlace.

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