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La mujer admitió que sentía placer al tener relaciones con los cuerpos desmembrados

‘La Cleopatra’: la narco que decapita a sus víctimas y se baña en su sangre

Juana dejó la prostitución para convertirse en una de las mujeres más temidas y poderosas del narcotráfico en México

Periodista Digital 09 Jun 2020 - 13:11 CET
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‘La Cleopatra’ fue una de las mujeres más peligrosas del narcotráfico mexicano.

Juana, que nació en el estado de Hidalgo, empezó en la prostitución tras quedarse embarazada a los 15 años y carecer de medios para mantener a su hijo.

En su profesión, comenzó a conocer personas relacionadas con el mundo del narco, lo que se convirtió en su ‘puerta de entrada’.

Por su corta edad, era conocida como “La Peque”. Un apodo que recibió cuando empezó a trabajar para el Cártel de Los Zetas, primero como informante (halcón), después como espía y, finalmente, como sicario.

Juana fue una de las mujeres asesinas que participó activamente contra las fuerzas del estado durante la llamada guerra contra las drogas decretada por el entonces presidente Felipe Calderón.

Un duro enfrentamiento que continuó hasta enero de 2020, cuando Andrés Manuel López Obrador la dio por terminado.

Su cara inocente era el mejor distractor para su rivales, pero pocos imaginaban que a los 20 años era considerada como de las mujeres más peligrosas de México.

No por la cantidad de hombres a los que asesinó sino por la crueldad con la que lo hacía.

Detenida en 2016, confesó haber matado al menos a cinco hombres, a los que decapitó, pero además, sentía placer al desmembrar a sus víctimas, tener relaciones con los cuerpos mutilados y luego bañarse con la sangre, la que después bebía aún estando caliente.

“Me sentía emocionada por la sangre, me frotaba con ella, me bañaba en ella después de matar a la víctima”, confesó.

Declaró además que comenzó a tener relaciones sexuales con los cadáveres decapitados, utilizando las cabezas y otras extremidades para su satisfacción.

Al momento de su detención tenía 28 años. Al relatar parte de su vida señaló que desde pequeña fue rebelde y después se volvió adicta a las drogas y al alcohol.

En una cárcel de Baja California dijo que al principio su trabajo consistía en vigilar las carreteras durante alrededor de ocho horas diarias, en las cuales tenía que reportar si pasaban patrullas.

Si hacía mal su trabajo, la amarraban y sólo le daban de comer un taco al día.

Hasta ahora no se le ha sentenciado y, mientras tanto, continúa sus estudios en prisión.

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