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Un viaje entre teleféricos, bazares y cumbres heladas en el corazón del gigante asiático

Almaty en 48 horas: Crónica de una escapada exprés a la antigua capital de Kazajistán

Invitado por el Gobierno de Kazajistán, y tras visitar Astaná, Turkestán y Shymkent, aterrizo en Almaty cargado de expectativa ante un destino del que sabía muy poco y que anhelaba descubrir

Paul Monzón 08 Feb 2026 - 08:52 CET
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El avión desciende entre montañas nevadas y, mientras las alas se aproximan a la pista, intuyo que esta ciudad no se entiende sin ese telón blanco que la rodea y la protege. Apenas pongo un pie en la terminal, el alfabeto cirílico convive con anuncios modernos y me recuerda que estoy en una frontera invisible entre Europa y Asia, donde los extremos se dan la mano en cada esquina.

Camino por las primeras avenidas sin rumbo fijo, dejando que la ciudad me elija a mí antes de que yo intente entenderla. Los edificios de corte soviético se alternan con cafés de diseño y escaparates luminosos que podrían estar en cualquier capital contemporánea. Sin embargo, hay algo distinto en el aire: una calma que desarma, una forma pausada de vivir la ciudad que me obliga a bajar la velocidad y mirar mejor.

Muy pronto descubro que Almaty se saborea a pie. Aquí la vida transcurre entre terrazas, artistas callejeros, puestos de comida y familias paseando sin prisa. Me dejo tentar por un café, por un dulce desconocido, por un aroma que no sé nombrar, y de repente me descubro siendo parte del paisaje, como si hubiera vivido aquí toda la vida.

Es importante mencionar que la ciudad ha sido designada oficialmente como sede de los Juegos Asiáticos de Invierno 2029, marcando el regreso de uno de los principales eventos multideportivos de Asia a Kazajistán.

Almaty. Catedral de la Ascensión. Foto: Paul Monzón

Catedral de la Ascensión

Uno de mis primeros refugios es el Parque Panfilov (del cual habaremos más adelante), ese pulmón verde donde la historia y el ocio se abrazan sin complejos. Recorro sus senderos bajo los árboles altos, siguiendo el eco de las risas de los niños y el crujido de la grava bajo mis zapatillas. En medio del parque se alza la Catedral de la Ascensión, un prodigio de arquitectura en madera, considerada uno de los edificios más altos del mundo en este material, con una altura de 56 metros y cinco cúpulas doradas que brillan bajo el sol kazajo. una construcción de madera pintada en colores suaves que parece sacada de un cuento. La contemplo un buen rato, rodeado de turistas y feligreses, sintiendo esa mezcla de intimidad y solemnidad que solo tienen los lugares sagrados.

Esta catedral ortodoxa rusa, terminada en 1907 sin un solo clavo gracias a una innovadora técnica antisísmica de su diseñador Andrei Zenkov, sobrevivió milagrosamente al devastador terremoto de 1911, con solo una leve inclinación en su cruz superior.

En su interior, frescos vibrantes, un iconostasio exquisito y candelabros opulentos crean un ambiente de fe luminosa y artesanía ucraniana, atrayendo tanto a fieles como a visitantes maravillados por su resistencia y belleza.

Almaty – Parque Panfilov (Foto: Paul Monzón)

Parque Panfilov: Corazón Verde de Almaty

El Parque Panfilov, conocido como Parque de los 28 Guardias de Panfilov, es un oasis de 18 hectáreas en el centro de Almaty, ideal para turistas que buscan historia y naturaleza. Fundado en el siglo XIX sobre un antiguo cementerio cosaco, ofrece senderos sombreados por robles, abedules y pinos Tian Shan.

Destaca la Catedral de la Ascensión (Zenkov), la iglesia de madera más alta del mundo a 56 metros, con cúpulas doradas y diseño antisísmico que sobrevivió el terremoto de 1911. Rodeándola, el Memorial de la Gloria con su Llama Eterna, relieves como «El Juramento» y «Trompetas de la Gloria», y el busto de Ivan Panfilov honran a los héroes de la Segunda Guerra Mundial.

No te pierdas el Museo de Instrumentos Nacionales con más de 1.000 piezas folklóricas ,ni la Casa de Oficiales. Perfecto para fotos, patinaje invernal o relax, es un must para entender el alma kazaja

Estación de esquí, Shymbulak. Foto: Paul Monzón

Shymbulak, la «Joya oculta» de Asia Central

Situada en las majestuosas montañas de Tian Shan, a tan solo 25 kilómetros de Almaty, Kazajistán, Shymbulak ofrece una experiencia única e inolvidable.

Desde la base de Medeu, famosa por su pista de patinaje sobre hielo, un teleférico panorámico nos lleva en un impresionante recorrido de 20 minutos hasta la estación de esquí de Shymbulak, a una altitud de 2,260 metros sobre el nivel del mar.

Subiendo en el teleférico rumbo a Shymbulak

Las vistas durante el trayecto son simplemente espectaculares, con picos nevados y valles profundos que se extienden hasta donde alcanza la vista.

La estación cuenta con más de 20 kilómetros de pistas bien cuidadas, aptas para esquiadores y snowboarders de todos los niveles. Desde principiantes hasta expertos, hay algo para todos. ¿Buscas un reto?

La pista más larga, de 3,500 metros, te espera. Y para los más aventureros, hay áreas designadas para freeride donde puedes disfrutar de la nieve virgen y descensos llenos de adrenalina.

Además del esquí, Shymbulak ofrece una amplia gama de actividades. En verano, las montañas se transforman en un paraíso para el senderismo y el ciclismo de montaña. También puedes probar el parapente y volar sobre los picos y valles, disfrutando de vistas panorámicas inigualables.

Las instalaciones de Shymbulak son de primera clase. Desde acogedores chalets de montaña hasta hoteles de lujo, hay opciones de alojamiento para todos los gustos. Y después de un día lleno de acción, nada mejor que relajarse en uno de los restaurantes del resort, disfrutando de la deliciosa cocina local e internacional.

No importa la temporada, Shymbulak siempre tiene algo emocionante que ofrecer.

Así que, si buscas un destino que combine aventura, naturaleza y comodidad, Shymbulak en Kazajistán es el lugar ideal para ti. ¡Ven y descubre la magia de Shymbulak, donde las montañas de Tian Shan te esperan con los brazos abiertos!

El Bazar Verde (Zelyony Bazar o Kök Bazar). Foto: Paul Monzón

Zelyony Bazar: El Corazón Pulsante de Almaty

El Bazar Verde (Zelyony Bazar o Kök Bazar), el mercado más vibrante e imprescindible de Almaty, condensa la esencia nómada de la Ruta de la Seda en un laberinto de aromas y colores. Famoso por especias picantes, frutos secos crujientes, kurt salado, carne de caballo fresca y las legendarias manzanas de Almaty —cuyo nombre significa «padre de las manzanas»—, transforma cada visita en una inmersión sensorial inolvidable.

Quise comprar un tarro de caviar negro reluciente a precio irrisorio —una ganga—, pero me quedé con las ganas: sin tenge local en el bolsillo, y con Visa rechazada en todos los puestos, solo aceptan efectivo kazajo, nada de tarjetas ni euros.

Aunque su estructura constructivista soviética data de los años 70, el comercio bulle aquí desde 1875, justo en el corazón de la ciudad, a pasos del Parque Panfilov y la Catedral Zenkov.

Consejo clave: Cambia euros por tenge antes de entrar —cierra los lunes, llega entre semana con billetes listos para regatear tesoros auténticos.

Gastronomía

El autor con el equipo de Turismo de Almaty

En cada viaje hay un momento en que la comida se convierte en protagonista, y en Almaty ese momento llega muy rápido. Entro en un restaurante sin pretensiones y pido beshbarmak, el plato nacional kazajo, sin saber muy bien qué esperar. Me sirven una fuente humeante de pasta, carne y caldo que, más que un plato, parece un abrazo caliente. A su lado, el plov huele a hogar, a tradición, a historias contadas alrededor de una mesa grande. Entre bocado y bocado, entiendo que la gastronomía aquí no es solo alimento: es identidad, memoria y orgullo.

Los bazares son otra puerta a la vida cotidiana de la ciudad. Me pierdo entre montones de frutas, especias, frutos secos y dulces que colorean los puestos. Regateo torpemente, sonrío, señalo, pregunto por nombres que olvido a los cinco minutos, pero la experiencia queda grabada. Me voy con una bolsa llena de cosas que no necesito y la sensación de haber atravesado una parte íntima del alma de Almaty.

De regreso a la ciudad, ya no la miro con ojos de recién llegado. Cada esquina que antes era anónima ahora me parece familiar, cada recorrido tiene un sabor, una luz, una anécdota. Almaty deja de ser un nombre exótico en un billete de avión para convertirse en un lugar al que sé que, algún día, querré volver. No sé si es por sus montañas, por sus parques, por su mezcla de pasado soviético y modernidad, o simplemente por esa sensación de calma que me acompaña desde que llegué.

¡I´ll be back!

Al despedirme, mientras el coche de un representante de la Oficina de Turismo de Almaty se aleja hacia el aeropuerto, tengo la impresión de irme de una ciudad que todavía no ha dicho su última palabra.

Me voy con la pena de no haber visitado -dado el escaso tiempo- el Cañón de Charyn, llamado también el «hermano pequeño del Gran Cañón» debido a sus espectaculares formaciones de arenisca roja de 12 millones de años, destacando el «Valle de los Castillos» y que situado a 200 km al este de la ciudad, ofrece senderismo, impresionantes vistas panorámicas y acceso fácil durante todo el año, siendo un destino destacado de la región. ¡Para la próxima!

Almaty se queda atrás, empequeñeciendo a medida que ganamos velocidad, pero en mi memoria se expande como un mapa lleno de colores, aromas y voces. Es el tipo de ciudad que te permite contarte a ti mismo de otra manera, y por eso, cuando el avión despega, sé que no solo he viajado a Kazajistán: también he viajado un poco hacia mí.

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