Bajo el cielo ensombrecido de Hiroshima, el calor abrasador fue un rugido sordo que destrozó vidas en un parpadeo.
Eran las 8:15 de la mañana del 6 de agosto de 1945 cuando el destino de miles de personas se selló con el estallido de una bomba que, en un instante, lo cambió todo. Tres días después, el cielo de Nagasaki se iluminó con un resplandor similar. El impacto fue brutal, sí, pero para aquellos que sobrevivieron, los hibakusha, lo peor apenas comenzaba.
Hoy, casi 80 años después, la organización Nihon Hidankyo, que reúne a los hibakusha de todo el mundo, ha sido galardonada con el Premio Nobel de la Paz.
Este reconocimiento no es solo un tributo a los 174.080 sobrevivientes que aún viven en Japón, Corea y otros rincones del mundo; es un homenaje a la resiliencia humana, a las voces que, con dolor y valentía, se han atrevido a contar la historia de aquellos días de horror.
Los números son difusos. Nadie sabe con certeza cuántas vidas se apagaron en esos primeros instantes. Las estimaciones más conservadoras hablan de 110.000 muertos en ambas ciudades para finales de 1945, pero hay quienes creen que la cifra real podría superar los 210.000. Más allá de los números, lo que se conoce son las cicatrices, las que quedaron grabadas en la piel y en el alma de quienes sobrevivieron.
Ser hibakusha no fue solo haber estado allí; fue cargar con las secuelas de las explosiones en cada paso.
El miedo se convirtió en una sombra persistente. El daño no era visible en todos los casos; algunos, que parecían ilesos tras la detonación, comenzaron a experimentar síntomas que desmoronaron la normalidad de sus vidas: pérdida de cabello, sangrado, diarrea.
La radiación, ese enemigo invisible, extendió su alcance por años, provocando un aumento de enfermedades como el cáncer y la leucemia. Y con estas enfermedades, llegó el temor a una muerte repentina, un miedo que sigue latente, como confiesa Yasuaki Yamashita, un sobreviviente de Nagasaki que hoy vive en México. El pánico se ha incrustado en sus días, haciéndole temer que en cualquier momento las consecuencias de la radioactividad puedan cobrar su vida.
Ese miedo, sin embargo, no solo fue un enemigo interno. Los hibakusha se encontraron enfrentando el rechazo de una sociedad que no entendía las secuelas de la radiación. La discriminación se coló en sus vidas: se les evitaba, se les negaban oportunidades de trabajo, se les trataba como portadores de una enfermedad contagiosa. “No hay que casarse con ellos, no hay que acercarse a ellos”, se escuchaba. El estigma fue tan profundo que muchos sobrevivientes decidieron ocultar su condición, vistiendo mangas largas incluso en verano para tapar las cicatrices que marcaban sus cuerpos como testigos de la tragedia.
Para las mujeres, la carga fue aún mayor. En una sociedad donde el matrimonio era casi el único horizonte de realización, las cicatrices se convirtieron en un obstáculo insalvable. Setsuko Thurlow, sobreviviente de Hiroshima, recuerda cómo las marcas visibles las despojaban de la esperanza y la fe en el futuro. Keiko Ogura, otra hibakusha, relata cómo, siendo apenas una niña, ya sabía que no debía mencionar que había estado en la ciudad el día de la bomba. Y al llegar a la edad de casarse, la sombra de la bomba seguía persiguiéndola, con hombres que la interrogaban sobre dónde había estado en aquel momento, preocupados por el pasado que podría arruinar el futuro.
Esa discriminación también fue silenciosa, como lo llama la profesora Luli van der Does, que ha investigado los efectos de la bomba en los sobrevivientes. Una discriminación que no siempre se expresaba abiertamente, pero que se sentía en las interacciones sociales, en el trato injusto a lo largo de sus vidas. Algunos hibakusha ni siquiera pudieron ir a la universidad, como Yoshiro Yamawaki, quien debió trabajar para mantener a su familia tras perder a su padre en el bombardeo.
Pero más allá del rechazo y la exclusión, muchos cargaron con un peso invisible: la culpa. La culpa de haber sobrevivido cuando otros no lo hicieron, de no haber podido ayudar a los que clamaban auxilio bajo los escombros. Keiko Ogura revive los recuerdos de ese día cuando, siendo una niña de ocho años, dio agua a dos personas heridas que murieron frente a ella. Por años se culpó, pensando que, si no les hubiera dado agua, habrían sobrevivido. Esos sentimientos de culpa se convirtieron en heridas profundas, que muchos hibakusha llevaron en silencio durante décadas.
En medio de tanto dolor, algunos hibakusha han alzado la voz. Convertidos en narradores sociales, han contado sus historias en un intento por hacer visible lo que el mundo prefirió olvidar durante mucho tiempo. La lucha por el desarme nuclear y la abolición de las armas atómicas se ha convertido en una causa compartida por muchos de ellos, que, a través de sus testimonios, buscan prevenir que otros sufran lo mismo.
La historia de los hibakusha es una historia de lucha constante. Desde las cicatrices físicas hasta las marcas invisibles en el alma, han tenido que pelear cada día por una vida digna, a pesar del dolor, la discriminación y el silencio. Hoy, con el Premio Nobel de la Paz en sus manos, su legado se convierte en un símbolo de resistencia y esperanza. Ellos, que un día fueron víctimas, se han transformado en arquitectos de un futuro más pacífico.